– El setenta por ciento -dijo Antonio-. Soy el socio principal.
– ¿En qué? Desde luego no en la guerra contra Sexto Pompeyo -replicó Octavio-. El cuarenta por ciento, Antonio. Lo tomas o lo dejas.
El regateo continuó durante un mes, al final del cual Antonio ya tendría que haber estado camino de Siria. Que se quedase donde estaba se debía enteramente al botín de Sexto, porque estaba decidido a salir de las negociaciones con lo suficiente para equipar veinte legiones al máximo y a veinte mil soldados de caballería. Muchos centenares de piezas de artillería, un enorme tren de equipajes capaz de transportar toda la comida que necesitaría su inmenso ejército. Nadie como Octavio para insinuar qué quedaría del porcentaje para él. No lo haría, como bien sabía Octavio. Significaba el mejor ejército que Roma hubiese tenido nunca. ¡Oh, y el botín al final de la campaña! Haría que el botín de Sexto Pompeyo pareciese monedas.
Por fin se acordaron los porcentajes: cincuenta para Octavio y Roma, cuarenta para Antonio y Oriente, y el diez para Lépido, en África.
– Hay otras cosas -dijo Octavio-. Hay cosas que se deben resolver ahora, no más tarde.
– ¡Oh, Júpiter! -protestó Antonio-. ¿Qué?
– El pacto de Puteoli o Misenum o como quieras llamarlo le dio a Sexto e] imperio proconsular sobre las islas además del Peloponeso, y será cónsul de aquí a dos años. Todas éstas son cosas que se deben detener de inmediato. El Senado debe modificar su decreto de hostis, prohibirle a Sexto el fuego y el agua en un radio de mil millas de Roma, despojarlo de sus así llamadas provincias, y retirar su nombre de los fasti, no puede ser cónsul, nunca.
– ¿Cómo puede ser algo de esto inmediato? El Senado se reúne en Roma -objetó Antonio.
– ¿Por qué cuándo el tema es la guerra? Cuando se discute la guerra, el Senado debe reunirse fuera del pomerium. Tarentum está claramente fuera del pomerium. Aquí ahora mismo hay más de setecientos de tus obedientes senadores, Antonio, que no dejan de lamerte el culo con tanta asiduidad que sus narices se han vuelto marrones -señaló Octavio con un tono agrio-. También tenemos aquí al pontífice máximo, tú eres un augur, y yo soy un sacerdote y augur. No hay ningún impedimento, Antonio, ninguno en absoluto.
– El Senado debe reunirse en un edificio consagrado.
– Estoy seguro de que Tarentum tiene alguno.
– Te has olvidado de una cosa, Octavio -dijo Lépido.
– Por favor, ilústrame.
– El nombre de Sexto Pompeyo ya está en los fasti-, eso es lo que ocurre cuando escogemos los cónsules por años adelantados, y después sencillamente fingimos que han sido electos. Tacharlo sería nefas.
Octavio se rió.
– ¿Por qué tacharlo, Lépido? No veo la necesidad. ¿Te has olvidado de que hay otro Sexto Pompeyo de la misma familia que se pasea por Roma? No hay razón para que él no sea cónsul de aquí a dos años; fue uno de los sesenta pretores que sirvieron el año pasado.
En los rostros de todos aparecieron grandes sonrisas.
– ¡Brillante, Octavio! -exclamó Lépido-. Conozco al tipo; el nieto del hermano de Pompeyo Estrabo. Se morirá del orgullo.
– Esperemos que no sea para tanto, Lépido. -Octavio se desperezó, bostezó, consiguió parecer un gato ahíto-. ¿Supones que esto significa que podemos concluir el pacto de Tarentum y regresar a Roma para dar a conocer la feliz noticia de que el triunvirato ha sido renovado por otros cinco años y que los días de Sexto Pompeyo el pirata están contados? Debes venir, Antonio, ya es demasiado tarde para una campaña este año.
– ¡Oh, Antonio, qué maravilla! -exclamó Octavia cuando él se lo dijo-. Podré ver a mamá y visitar a la pequeña Julia, Livia Drusilia es indiferente a su sufrimiento, no se esfuerza en lo más mínimo para convencer al pequeño… César Octavio, quiero decir, a mantenerse en contacto con su hija. Tengo miedo por la pequeña.
– Estás embarazada de nuevo -dijo Antonio, que al fin cayó en la cuenta.
– ¡Lo has adivinado! ¡Qué sorprendente! Apenas si es un hecho, y estaba esperando a estar segura para decírtelo. Espero que sea un niño.
– Niño, niña, ¿qué más da? Tengo muchos de ambos.
– Así es -asintió Octavia-. Más que cualquier hombre distinguido, sobre todo si incluyes a los mellizos de Cleopatra.
Brilló una sonrisa.
– ¿Molesta, querida?
– Ecastor, no! Mejor dicho, orgullosa de tu virilidad, creo -dijo ella con una sonrisa-. Confieso que algunas veces me pregunto por ella, por Cleopatra. ¿Está bien? ¿Su vida es agradable? Se ha borrado de la conciencia de la mayoría de Roma, incluido mi hermano. Es una pena en cierta manera, dado que tiene un hijo de Divus Julius además de tus mellizos. Quizá algún día regrese a Roma. Me gustaría verla de nuevo. Él le cogió la mano y se la besó.
En Roma, a Antonio le esperaban dos cartas, una de Herodes y otra de Cleopatra. Consideró la de Cleopatra como menos urgente, y rompió el sello de la de Herodes.
¡Mi querido Antonio, por fin soy rey de los judíos! No fue fácil, dada la ineptitud militar de Cayo Sosio. ¡No Silo, A! Un buen gobernador para la paz, pero no a la altura de la tarea de disciplinar a los judíos. Sin embargo, me hizo un gran humor al entregarme dos buenas legiones de tropas romanas y dejarme que las llevase al sur, a Judea. Antígono salió de Jerusalén para encontrarse conmigo en Jericó, y lo derroté.
Luego escapó a Jerusalén, que sufrió el asedio. Cayó cuando Sosio me envió otras dos buenas legiones. Vino ñ con ellas. Cuando cayó la ciudad quiso saquearía, pero k convencí para que no lo hiciese. Lo que yo quería y Roma necesitaba, fe dije, era una Judea próspera, no un desierto arrasado. Al final, estuvo de acuerdo. Pusimos a Antígono con cadenas y b enviamos a Antioquía. Una vez que estés tú en Antioquía puedes decidir qué hacer con él, pero yo recomiendo vigorosamente la ejecución.
He liberado a mi familia y a la familia de Hircano de Masada y me he casado con Mariamne. Está embarazada de nuestro primer hijo. Dado que no soy judío, no me he nombrado a mi mismo sumo sacerdote. Ese honor le ha correspondido a un zadoquita, Ananeel, que hará todo lo que yo le diga. Por supuesto, tengo oposición, y hay algunos que conspiran para levantarse en armas contra mí, pero nada de eso prosperará. Mi pie está ahora bien firme en el cuello judío, y no se levantará nunca mientras haya vida en mi cuerpo.
¡Por favor, te lo ruego, Marco Antonio, devuélveme una Judea entera y contigua en lugar de estos cinco lugares separados! Necesito un puerto de mar, y me sentiría feliz con Joppa. Gaza está demasiado al sur. La mejor noticia es que he conseguido arrebatar los yacimientos de bitumen de Malcus de Nabatea, que se alió con los partos y me rechazó a mí, su propio sobrino, que fue a auxiliarle.
Acabo dándote las gracias más profundas por tu apoyo. Estate seguro de que Roma nunca lamentará haberme hecho rey de los judíos.
Antonio dejó que el pergamino se enrollase y permaneció sentado un momento con las manos detrás de la cabeza, sonriente al pensar en el sapo semítico. Mecenas con disfraz oriental, pero con un salvajismo y una crueldad que éste no tenía en absoluto. La cuestión era, ¿qué beneficiaría más los intereses de Roma en el sur de Siria? ¿Un reino judío reunido o uno fragmentado? Sin aumentar sus límites geográficos ni una milla, Herodes se había enriquecido muchísimo al adquirir los jardines de bálsamo de Jericó y los yacimientos de bitumen de Palus Asphaltites. Los judíos eran guerreros y excelentes soldados. ¿Roma necesitaba una Judea rica regida por un hombre muy inteligente? ¿Qué pasaría si Judea abarcaba toda Siria al sur del río Orontes? ¿Hacia dónde miraría después su rey? A Nabatea, que le daría una de sus grandes flotas que hacían el comercio con la India y Taprobane. Más riqueza. Después de eso miraría a Egipto, un riesgo menor que cualquier intento de expansión hacia el norte en una de las provincias romanas. Humm…