– Por supuesto. Estaré preparada.
Aquella noche no se presentó a cenar, con la excusa de que aún tenía mal el estómago por la travesía marítima, y Antonio estaba cansado del grupo habitual que lo rodeaba, siempre buscando su atención, forzándole a adoptar una bonhomía que no sentía. De hecho, el único por el que se sentía atraído era Fonteio, a quien invitó a cenar, los dos solos.
Astuto a la manera de un diplomático natural y porque sentía más aprecio por Antonio que por sí mismo, Fonteio aceptó agradecido. Hacía tiempo que había adivinado que Antonio no era feliz, y quizá esa noche tendría la oportunidad para sondear en la herida de Antonio, a ver si podía encontrar el dardo envenenado.
Era una noche ideal para una conversación íntima; las llamas de las velas se movían como tentáculos con el viento que soplaba en el exterior, la lluvia golpeaba contra las persianas, un pequeño torrente gorgoteaba mientras bajaba por la colina. Las brasas resplandecían con fuerza en los varios braseros que quitaban el frío de la habitación, y los sirvientes se movían como lémures entrando y saliendo de las sombras.
Quizá por la atmósfera o quizá porque Fonteio sabía cómo buscar las respuestas correctas, Antonio se descubrió a sí mismo descargando sus temores, horrores, dilemas, ansiedades con poco orden o lógica.
– ¿Dónde está mi lugar? -le preguntó a Fonteio-. ¿Qué quiero? ¿Soy un verdadero romano o algo me ha pasado para hacerme menos romano de lo que era? Todo está en las puntas de mis dedos, un gran poder, y, sin embargo, parece que no tengo ningún lugar que pueda llamar propio. ¿O es «lugar» la palabra equivocada? No lo sé.
– Podría ser que cuando dices lugar te refieres a función -manifestó Fonteio, que buscó su camino con cautela-. Te gusta divertirte, estar con hombres a los que consideras tus amigos y con las mujeres que deseas. El rostro que muestras al mundo es atrevido, descarado, sin complicaciones. Pero yo veo muchas complicaciones detrás de ese exterior. Uno de ellos te llevó a una participación periférica en el asesinato de César. ¡No lo niegues! No te culpo, culpo a César. Él también te mató al hacer a Octavio su heredero; sólo puedo imaginar lo profundo que te hirió. Habías pasado tu vida hasta ese momento al servicio de César, y un hombre de tu temperamento no podría ver por qué César condenó algunas de tus acciones. Después dejó un testamento donde ni siquiera te mencionaba. Un golpe cruel que destruyó del todo tu dignitas. Porque los hombres se preguntaron por qué César dejó su nombre, sus legiones, su dinero y su poder a un niño bonito más que a ti, su primo y un hombre en su plenitud. Ellos interpretaron el testamento de César como una señal de su colosal desagrado por tu conducta. Eso no hubiese importado de no haber sido César, el ídolo del pueblo; ellos lo han hecho un dios, y los dioses no toman decisiones equivocadas. Por lo tanto, tú no eras digno de ser el heredero de César. Tú nunca podrías convertirte en otro César. César hizo que eso fuese imposible, no Octavio. Te despojó de tu dignitas.
– Sí, lo veo -dijo Antonio con voz pausada y los puños apretados-. El viejo me escupió.
– Tú no eres por naturaleza introvertido, Antonio. Te gusta tratar con hechos concretos, y eres propenso, como Alejandro Magno, a utilizar la espada en los problemas difíciles. No tienes la habilidad de Octavio para meterte debajo de la piel de la sociedad, para susurrar difamaciones como verdades de una manera que la gente llega a creerlas. La fuente de tu dilema es la mancha en tu reputación que César puso allí. ¿Por qué, por ejemplo, escogiste Oriente como parte de tu triunvirato? Sin duda crees que lo hiciste por las riquezas y por las guerras que podías llevar a cabo allí. Pero yo no creo que sea eso en absoluto. Creo que era una manera honorable de salir de Roma e Italia, donde tendrías que haberte mostrado a ti mismo ante las personas que sabían que César te despreciaba. ¡Busca dentro de ti mismo, Antonio! ¡Busca la herida y descubre a qué se debe!
– ¡Suerte! -replicó Antonio para asombro de Fonteio. Después más fuerte-: ¡Suerte! La suerte de César era proverbial, era parte de su leyenda. Pero cuando me dejó fuera de su testamento, le pasó su suerte a Octavio. ¿Cómo sino hubiese sobrevivido el pequeño gusano? ¡Tiene la suerte de César, por eso! Mientras que yo he perdido la mía. ¡La he perdido! Y ahí está el núcleo del problema, Fonteio. Todo lo que hago es desafortunado. ¿Cómo se puede enfrentar alguien a eso? Sé que no puedo.
– Pero ¡tú puedes, Antonio! -gritó Fonteio, que se recuperó de aquella extraordinaria exposición que había desarrollado-. Si escoges considerar tu presente melancolía como una pérdida de suerte, entonces haz tu propia suerte en Oriente. No es una tarea que te supere. Recupera tu reputación con los caballeros creando un Oriente perfecto para las oportunidades comerciales. Llévate un consejero oriental, alguien de Oriente y para Oriente. -Hizo una pausa y pensó en Pitodoro de Tralles, ligado a Antonio por vínculos matrimoniales. Un consejero con poder, influencia, riqueza-. Tienes cinco años más como triunviro gracias al pacto de Tarentum; úsalos. Crea un pozo de suerte sin fondo.
Antonio sufrió unos temblores de excitación que acabaron con su melancolía. De pronto vio su camino claro, cómo recuperar su buena fortuna.
– ¿Considerarías emprender un largo viaje por mí en los mares invernales? -le preguntó a Fonteio.
– Lo que tú quieras, Antonio. Estoy preocupado de todo corazón por tu futuro, que no está en armonía con la Roma de Octavio. Ése es otro factor que causa la melancolía: que la Roma que Octavio pretende hacer es ajena a los hombres romanos que valoran Roma como era. César comenzó a manipular con los derechos y las prerrogativas de la primera clase, y Octavio está decidido a continuar con ese trabajo. Creo que, cuando encuentres tu suerte, tendrías que llevar a Roma de nuevo a lo que solía ser. -Fonteio levantó la cabeza, escuchó los sonidos del viento y la lluvia y sonrió-. La tempestad se agota. ¿Adónde quieres que vaya? -Era una pregunta que no pedía respuestas: sabía que era a Tralles y con Pitodoro.
– A Egipto. Quiero que veas a Cleopatra y la convenzas para que se encuentre conmigo en Antioquía antes de que acabe el invierno. ¿Podrás hacerlo?
– Es mi placer, Antonio -respondió Fonteio, que disimuló su desilusión-. Hay un barco anclado aquí en Corcira que puede navegar por el océano Libio. Iré de inmediato. -Una mirada triste apareció en su rostro-. Sin embargo, mi bolsa no es abundante. Necesitaré dinero.
– ¡Tendrás el dinero que necesites, Fonteio! -afirmó Antonio, su rostro transfigurado por la felicidad.
– ¡Oh, Fonteio, gracias por enseñarme lo que debo hacer! ¡Debo utilizar Oriente para forzar a Roma a que rechace las maquinaciones de César y al heredero de César!
Cuando Antonio pasó junto a la puerta de la habitación de Octavia camino a la suya, aún estaba rebosante de excitación y Heno de una nueva urgencia para llegar a Antioquía. ¡No, no se detendría en Atenas! Navegaría sin escalas a Antioquía. Tomada la decisión, abrió la puerta de Octavia y al entrar la encontró acomodada en la cama. Se sentó en el borde del lecho y apartó un mechón de cabello de su frente con una sonrisa.
– ¡Mi pobre muchacha! -dijo con ternura-. Tendría que haberte dejado en Roma y no someterte al mar Jónico cerca del equinoccio.
– Estaré mejor por la mañana, Antonio.
– Posiblemente, pero te quedarás aquí hasta que puedas conseguir un pasaje a Italia. ¡No, no protestes! No quiero ninguna discusión, Octavia. Regresa a Roma y ten a nuestro hijo allí. Echas de menos a los niños que están en Roma. No voy a Atenas, voy directamente a Antioquía, que no es lugar para ti.
La tristeza apareció en el rostro de la mujer; miró a aquellos ojos enrojecidos con dolor en los propios. Cómo lo sabía, no tenía idea, pero esa vez sería la última vez que vería a Marco Antonio, su amado marido. Adiós en la isla de Corcira. ¿Quién podría haberlo adivinado?