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El rostro de Polemón era conocido; había bailado de muchacho al son de la música de Antonio en Atenas. Ahora tenía su recompensa, una muy grande.

– Arquelao Sisenes, hijo de Glafira, sacerdote-rey de Ma, en nombre de Roma te designo rey de Capadocia, que comienza al este del gran meandro del río Halys e incorpora todas las tierras de la orilla sur desde aquel punto hasta la costa tarsia y de Cilicia Pedia. Tu límite oriental es el río Éufrates por encima de Samosata. Puedo designar algunas pequeñas zonas dentro de tu reino que estarán mejor gobernadas por algún otro, pero a todos los efectos son tuyas.

«Otro joven muy complacido -pensó Fonteio-, ¡y mira a su madre! Los rumores decían que ella había succionado a Antonio con la vagina. Era muy astuto escoger hombres jóvenes. Clientes durante décadas.»

A continuación vinieron los nombramientos menores: Tarcondimoto y otros. Pero de inmediato aparecieron las ejecuciones, algo con lo que Fonteio no había contado. Lisanias de Calcis, Antígono de los judíos, Ariarates de Capadocia. «¡Oh, no soy un guerrero!», gritó Fonteio para sí mismo, y contuvo el contenido de su estómago mientras el hedor de la sangre ascendía en el sol ardiente y las pegajosas moscas venían como nubes. Antonio presenció la carnicería, indiferente; Sosio se desmayó. «Me niego a hacer eso», pensó Fonteio, y agradeció a todos los dioses que había cuando finalmente pudo salir del palacio del gobernador. Por supuesto, Antonio se quedó atrás. Ofrecía una fiesta a los nuevos reyes y a sus hordas de seguidores allí mismo en el ágora, porque el palacio no tenía grandes habitaciones o espaciosos patios. Si Fonteio no hubiese estado enterado, hubiese dicho que el palacio del gobernador en Antioquía había sido una vez una caravanera especialmente vil, no el hogar de reyes como Antíoco o Tigranes.

Por la mañana conoció al primer parto auténtico, un refundo llamado Monaeses, de la corte del nuevo rey, Fraates. Llevaba rizos, una barba postiza sujeta con hilos de oro enganchados por detrás de las orejas, una falda con volantes, una chaqueta a rayas y enormes cantidades de oro.

– Estoy pensando en hacerlo rey de los árabes esquenitas -dijo Antonio, complacido con sus disposiciones. Al ver la expresión de Fonteio, pareció sorprenderse-. ¿A qué viene la desaprobación? ¿Porque es un parto? ¡Me gusta! Fraates asesinó a toda su familia excepto a Monaeses, que fue lo bastante listo como para escapar.

– ¿No será que lo ayudaron a escapar? -preguntó Fonteio.

– ¿Por qué lo iban a ayudar? -preguntó a su vez Antonio.

– Porque todo el mundo sabe que estás planeando invadir el reino de los partos. Por eso. No importa lo obsesionado que un rey pueda estar ante la posibilidad de que su propia carne y su sangre lo depongan, sería estúpido si no salvase a un heredero. Creo que Monaeses está aquí como un espía parto. Además, es muy orgulloso y altivo. No puedo creer que le entusiasme reinar sobre un puñado de árabes del desierto.

– Gerrae! -exclamó Antonio, poco impresionado con esta información-. Creo que Monaeses es un buen hombre, y te apuesto lo que quieras a que tengo razón. ¿Un millar de denarios?

– ¡Hecho! -dijo Fonteio.

La principal razón por la que Cleopatra se había tomado su tiempo para viajar a Antioquía no tenía nada que ver con buscar a un regente o a un consejo; aquella alternativa siempre estaba preparada. Quería tiempo para pensar y tiempo para llegar en el momento adecuado. Ni demasiado pronto, ni demasiado tarde. ¿Qué iba a pedir cuando llegase a Antioquía? Aquella llamada había venido de un hombre muy diferente a Quinto Delio; Fonteio era un aristócrata y estaba dedicado a Antonio; no estaba en esto por dinero. Demasiado sofisticado para ser pillado, y sin embargo transmitía la impresión de estar asustado; no, preocupado. ¡Eso era, preocupado! Aunque la vida durante los últimos cuatro años había pasado sin incidentes, el faraón no había relajado su vigilancia ni un ápice. Sus agentes en Oriente y Occidente informaban con regularidad; había muy poco que ella no supiese, incluido quién esperaba conseguir qué de Antonio cuando llegase el momento de tomar sus disposiciones. En el momento en que Fonteio dijo que Antonio ya estaba en Antioquía comprendió por qué desea que estuviese allí a toda prisa: pretendía tener a la reina Egipto al pie de su estrado junto con un montón de sucios campesinos y no recibir nada. Sólo quería estar allí como una confirmación de que Egipto también estaba debajo del paraguas romano. A la sombra.

La furia la dominó. Se estremeció de ira, apenas si podía respirar. «¿Me quiere allí para ser testigo de sus actos de señor? Bueno, por Serapis, no lo haré. Que me mate si quiere, pero no lo haré. ¿Ver cómo nombra a este palurdo rey y a aquel patán príncipe? ¡Nunca! ¡Nunca, nunca, nunca! Cuando llegue a Antioquía, Marco Antonio, te pediré más de lo que puedes darme. Pero ¡me lo darás, tengas poder o no de dármelo! Fonteio está preocupado por ti, por lo tanto has desarrollado un punto débil lo bastante peligroso para hacer que Fonteio crea que te pone en peligro.»

A medida que transcurrían finales de noviembre, la reina ya sabía todas las disposiciones de Antonio en Antioquía. Parecían lógicas, sensatas, incluso previsoras. Excepto, claro está, su última decisión: hacer a Monaeses el Parto el nuevo rey de los árabes esquenitas. «¡Antonio, Antonio, Antonio, tonto! ¡Idiota! No importa si el hombre es un verdadero refugiado del hacha de su tío, nunca hagas a un ariano arsácida rey de ningún árabe. Está por debajo de él. Es un insulto. Un insulto mortal. Si resulta que es un agente del tío Fraates, lo reforzará en su enemistad. Puedes gobernar Oriente, pero eres de Occidente. No sabes ni por dónde empezar a comprender a los orientales, cómo sienten, cómo piensan.»

Decidió que no se podía permitir una guerra con los partos. ¿Sólo tenía que averiguar cómo convencer a Antonio de eso? No iba a Antioquía por ninguna otra razón. Roma era una amenaza para su trono, pero si ganaban los partos, lo perdería, y Cesarión sufriría el mismo destino que todos los jóvenes prometedores: la ejecución. Antonio estaba removiendo un avispero.

En esa época del año tendría que viajar por tierra, un complicado proceso porque Egipto debía asombrar a los pueblos de todas las tierras por las que ella y Cesarión atravesasen. Pesados carretones de suministros y parafernalia real, un millar de soldados de la guardia real, carros de mulas, caballos y, Para la reina, su litera con los porteadores negros. Un mes en la hetera; saldría en las nonas de diciembre, ni un día antes.

En todo este proceso, Marco Antonio el hombre, el amante, nunca apareció en los pensamientos superficiales de Cleopatra, demasiado ocupada en urdir complots y tramas para conseguir lo que quería y cómo conseguirlo. En algún lugar muy profundo tenía algunos vagos recuerdos de que él había sido una agradable diversión, pero, al final, un tanto aburrido; nunca había llegado a amarlo. Lo había descartado como un medio: se había quedado embarazada, el Nilo había inundado las tierras, Cesarión tenía una hermana para casarse y un hermano para darle apoyo. En esa etapa, todo lo que Antonio podía darle era poder, algo que ella necesitaba arrebatarle al menos un poco. Una tarea muy difícil para Cleopatra.

IV LA REINA DE LAS BESTIAS

Del 36 al 33 a. J. C.

XV

Cleopatra y Cesarión entraron en Antioquía en las nonas de enero y atrapados por las garras de un invierno especialmente duro. Con la doble corona y en su litera, la reina iba sentada como la muñeca que había visto Fonteio: el rostro pintado, con un vestido de lino blanco plisado, el cuello, los brazos, los hombros, la cintura y los pies resplandecientes debido al oro y las joyas. Con la versión militar de la doble corona, Cesarión montaba un brioso caballo rojo -por ser el rojo el color de Montu, el dios de la guerra-, el rostro pintado de rojo, su cuerpo cubierto con la armadura faraónica egipcia de lino y escamas doradas. Las túnicas rojas, las armaduras plateadas de los mil guardias reales, el resplandor de los caballos enjaezados de los oficiales y los burócratas y la litera real, con Cesarión cabalgando a un lado, ofrecían a Antioquía un desfile que no veía desde que Tigranes fue proclamado rey de Siria.