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Ella, consciente de todo eso, se tomaba su tiempo para obtener sus necesidades, que no eran de la carne y el espíritu. Cayo Fonteio, Poplicola, Sosio, Tito y el joven Marco Emilio Escauro estaban en Antioquía, pero ese nuevo Marco Antonio apenas si se fijó en ellos más de lo que lo hizo en Gneo Domitio Ahenobarbo cuando se presentó, su gobernación de Bitinia demasiado lejos de los entresijos para un hombre tan entremetido. Cleopatra siempre le había caído mal, y lo que vio en Antioquía sólo reforzó su desagrado. Antonio era su esclavo.

– No como un hijo con su madre -le comentó Ahenobarbo a Fonteio, en quien intuyó un aliado-, sino como un perro con su amo.

– Lo superará -señaló Fonteio, seguro de que Antonio lo haría-. Está más cerca de los cincuenta, ha sido cónsul, imperator, triunviro, todo excepto el indisputado Primer Hombre de Roma. Desde su desperdiciada juventud con Curio y Clodio ha sido un mujeriego, sin dar nunca su esencia a una mujer. Ahora eso ya ha pasado, y, por ese motivo, ahí está Cleopatra. ¡Afróntalo, Ahenobarbo! Ella es la mujer más poderosa del mundo, y fabulosamente rica. Ha de poseerla y conservarla contra viento y marea.

– Cacat! -replicó él intolerante-. ¡Ella lo guía, no él a ella! ¡Se está volviendo tan blando como un pastel esponjoso!

– Una vez que salga de Antioquía y esté en el campo de batalla, el viejo Marco Antonio volverá -manifestó Fonteio, seguro de estar en lo cierto.

Para gran sorpresa de Cleopatra, cuando Antonio le dijo a Cesarión que era hora de marchar a Alejandría para gobernar como rey y faraón, el chico se marchó sin un murmullo de protesta. No había pasado tanto tiempo con Antonio como había deseado, pero había conseguido salir de Antioquía varias veces, en una de las cuales pasó todo un día dedicado a cazar lobos y leones, que hibernaban en Siria antes de regresar a las estepas de Escitia. Tampoco se había dejado engañar.

– No soy un idiota, sabes -le dijo a Antonio después de abatir su primera pieza, un león macho.

– ¿A qué te refieres? -le preguntó Antonio, sorprendido.

– Este es un país poblado, demasiado para que haya leones. Lo has traído aquí desde las regiones selváticas para que pudiéramos cazarlo.

– Eres un monstruo, Cesarión.

– ¿Gorgona o cíclope? raza nueva.

Las últimas palabras que le dijo Antonio antes de marchar a Egipto fueron más serias.

– Cuando tu madre regrese, asegúrate de ocuparte mejor de ella. Ahora mismo tú te impones a sus opiniones y deseos. Ése es el padre que está en ti. Pero de lo que careces es de su percepción de la realidad, que él comprendía que era algo más allá de su propio ser. Cultiva esa cualidad, joven César, y, cuando crezcas, nada te detendrá.

«Y yo -pensó Antonio- seré demasiado viejo para que me importe lo que haces con tu vida. Aunque he sido más que un padre para ti de lo que he sido para mis propios hijos. Claro que tu madre me importa muchísimo, y tú eres el centro de su mundo.»

Ella esperó cinco nundinae para atacar. Para entonces, casi todos los nuevos reyes y potentados habían visitado Antioquía para presentar sus respetos a Antonio. Ella no. ¿Quién era ella, excepto otro rey cliente? Amintas, Polemón, Pitodoro, Tarcondimoto, Arquelao Sisenes y, por supuesto, Herodes. ¡Tan pagado de sí mismo!

Ella comenzó con Herodes.

– No me ha pagado el dinero que me debe, ni mi parte de las ganancias del bálsamo -se quejó a Antonio.

– No sabía que te debiese dinero o los beneficios del bálsamo.

– ¡Claro que sí! Le presté cien talentos para que llevase su caso a Roma. El bálsamo era parte del pago.

– Se lo recordaré por carta mañana.

– ¡Recordarle, nada! No se ha olvidado; sencillamente no pretende hacer honor a sus deudas. Aunque hay una manera de forzar el pago.

– ¿De verdad? ¿Cuál? -preguntó Antonio con desconfianza.

– Cédeme a mí los jardines de bálsamo de Jericó y los yacimientos de bitumen en el Palus Asphaltites. Limpio y claro, todo mío.

– ¡Por Júpiter! ¡Eso equivale a la mitad de las ganancias de todo el reino de Herodes! Déjalos a él y al bálsamo en paz, amor mío.

– ¡No, no lo haré! No necesito el dinero y él sí, eso es verdad, pero no se merece que lo dejen en paz. ¡Es un gusano rechoncho!

Un pensamiento momentáneo provocó su diversión; los ojos de Antonio comenzaron a brillar.

– ¿Hay alguna otra cosa que quieras, mi pequeño gorrión.

– La absoluta soberanía sobre Chipre, que siempre perteneció a Egipto hasta que Catón lo anexó a Roma. Cyrenaica, otra posesión egipcia robada por Roma. Cilicia Tracheia. La costa siria hasta el río Eleutero ha sido casi siempre egipcia. Calcis. De hecho, todo el extremo sur de la Siria egipcia me vendría muy bien, así que lo mejor que puedes hacer sería cederme toda Judea. Creta no me vendría mal. También Rodas.

Él la miró boquiabierto y con los pequeños ojos como platos, sin saber muy bien si reírse o rugir de furia.

– Bromeas -acabó por decir.

– ¿Bromeo? ¿Bromeo? ¿Quiénes son tus nuevos aliados, Antonio? ¡Tus aliados, no Roma! Le has dado la mayor parte de Anatolia y una buena parte de Siria a un grupo de rufianes traidores y bergantes. ¡De hecho, Tarcondimoto es un bergante! ¡Le has dado las Puertas Sirias y todo el Amanus! Le has regalado al hijo de tu amante la Capadocia y entregado Galacia a un vulgar escribiente. ¡Has entregado a tu hija con una doble dosis de sangre juliana a un gordo usurero griego asiático! ¡Has puesto a un liberto a gobernar Chipre! ¡Oh, cuánta gloria has desparramado a lo largo y a lo ancho a tan maravilloso grupo de aliados! -Ella estaba montando en cólera con una precisión magistral; los ojos habían adquirido el resplandor fiero de un gato, los labios entreabiertos, el rostro, una máscara de puro veneno-. ¿Dónde está Egipto en todas estas brillantes disposiciones? -siseó-. ¡La has pasado por alto! ¡Ni siquiera la has mencionado! ¡Cómo se debe de estar riendo Tarcondimoto! En cuanto a Herodes, ese sapo repugnante, ese rapaz hijo de una pareja de nulidades.

¿Qué se había hecho de su cólera? ¿Dónde estaba su fiel herramienta, el martillo con el que había aplastado las pretensiones de oponentes más poderosos que Cleopatra? Ni una chispa del viejo fuego calentaba sus venas, convertidas en hielo bajo su mirada de Medusa. Confuso y asombrado como estaba, aún conservaba un poco de su astucia.

– ¡Me hieres hasta la médula! -jadeó él, y agitó las manos como alguien que se ahoga-. No pretendía insultarte.

Ella permitió que su aparente furia se calmase, pero no con Piedad.

– Oh, sé lo que debo hacer para conseguir los territorios que he pedido -continuó ella con un tono normal-. Tus paniaguados han conseguido sus tierras gratis, pero Egipto tiene Pagar. ¿Cuántos talentos de oro vale Cilicia Tracheia? El bálsamo y el bitumen son deudas, me niego a pagar por ellas.

Pero ¿Caléis? ¿Fenicia? ¿Filistea? ¿Chipre? ¿Cyrenaica? ¿Creta? ¿Rodas? ¿Judea? Las bóvedas de mi tesoro están a rebosar querido Antonio, como bien sabes. Ésa ha sido tu intención desde el primer momento, ¿no es así? ¡Hacer que Egipto pague miles sobre miles de talentos de oro por cada plethron de tierra! ¡Lo que otros paniaguados menos merecedores han recibido a cambio de nada, Egipto lo tendrá que comprar! ¡Eres un hipócrita! ¡Un miserable y mezquino intrigante!

Él se vino abajo y lloró, siempre una buena herramienta política.