– ¡Oh, deja de llorar! -exclamó ella, y le arrojó una servilleta como un plutócrata podría arrojarle una moneda a alguien que acaba de hacerle un enorme servicio-. ¡Sécate los ojos! Es hora de ponerse a negociar.
– No creía que Egipto desease más territorios -dijo Antonio, carente de cualquier argumento razonable.
– ¿De verdad? ¿Qué te ha llevado a esa suposición?
El dolor estaba comenzando: ella no lo amaba en absoluto.
– Egipto es tan autónomo. -La miró con lágrimas en los ojos. «Piensa, Antonio, piensa»-. ¿Qué harías con Cilicia Tracheia? ¿Creta? ¿Rodas? ¿Incluso Cyrenaica? Gobiernas una tierra que tiene grandes dificultades para mantener un ejército que defienda sus propias fronteras. -Hablar contuvo sus lágrimas, lo ayudó a encontrar cierta compostura. Pero no su autoestima, perdida para siempre.
– Añadiré esas tierras al reino que heredará mi hijo, las usaré como su campo de entrenamiento. Las leyes de Egipto están escritas en piedra, pero en otros lugares claman por tener las manos de un sabio gobernante, y Cesarión será el más sabio de los sabios.
¿Cómo responder a eso?
– Chipre lo comprendo, Cleopatra. Tienes toda la razón. Siempre ha pertenecido a Egipto. César te la dio de nuevo, pero cuando él murió volvió a Roma. Me sentiré feliz cediéndote Chipre. En realidad, tenía la intención de hacerlo. ¿No has visto que lo retuve de todas mis otras concesiones?
– Muy amable de tu parte -replicó ella con tono cáustico-. ¿Qué pasa con Cyrenaica?
– Cyrenaica es parte del suministro de trigo de Roma. Ni hablar.
– Rehúso regresar a casa con menos que tus alcahuetes y serviles.
– No son alcahuetes ni serviles, son hombres decentes.
– ¿Qué pides por Fenicia y Filistea?
¡Vaya con la codiciosa meretriz! Una vez que había comprendido que sus cuarenta mil talentos de plata del botín de Sexto Pompeyo tardarían años en llegar se había inquietado. Mientras que allí tenía a la reina de Egipto, preparada y capaz de pagar. Ella no lo amaba ni un ápice; ¡qué pena! Pero ella podía darle aquel espléndido ejército en ese momento. Bien, ahora se sentía un poco mejor, al menos de la cabeza.
– Hablemos de los pagos. Tú quieres la completa soberanía y todos los beneficios. A lo largo del tiempo, cien mil talentos de oro cada una. Pero aceptaré el uno por ciento como anticipo. Mil talentos de oro por Fenicia, Filistea, Cilicia Pedía, Calcis, Mesa, el río Eleutero y Chipre. No entran Creta, Cyrenaica o Judea. El bálsamo y el bitumen, gratis.
– Un total de siete mil talentos de oro. -Ella se desperezó y soltó un suave ronroneo-. Trato hecho, Antonio.
– Quiero los siete mil ahora, Cleopatra.
– A cambio de los títulos oficiales, firmados y sellados por ti en tu función como triunviro a cargo de Oriente.
– Cuando tenga el oro y lo haya contado, tendrás tus títulos. Con el sello de Roma, además de mi sello de triunviro, incluso pondré mi sello personal.
– Eso es satisfactorio. Enviaré un correo rápido a Menfis por la mañana.
– ¿Menfis?
– Es más rápido, créeme.
Esto los dejó sin más ideas de qué hacer a continuación. Ella había venido a conseguir lo que pudiese, y había conseguido más de lo que esperaba; él había necesitado de su fuerza y guía con desesperación y no había conseguido nada. El vínculo físico era frágil; el mental, inexistente. Pasó un largo momento mientras se miraban el uno al otro sin encontrar nada más que decir. Entonces, Antonio suspiró.
– No me amas en absoluto. Has venido a Antioquía como cualquier otra mujer a comprar.
– Es verdad que he venido a conseguir la parte del botín que le toca a Cesarión -respondió, sus ojos ahora lo bastante humanos para parecer un poco tristes-. Sin embargo, debo amarte. Si no lo hiciera, hubiese continuado con mi tarea de manera diferente. No lo ves, pero te he perdonado.
– ¡Los dioses me preserven de una Cleopatra que no me haya perdonado!
– Oh, lloras, y eso significa para ti que te he emasculado, nadie puede emascularte, Antonio, excepto tú mismo. Hasta que Cesarión crezca (como mínimo diez años más).
Egipto necesita un consorte, y sólo tengo un nombre en mi mente: Marco Antonio. No eres débil, pero careces de objetivos. Lo veo con tanta claridad como Fonteio debió de verlo.
Marco Antonio frunció el entrecejo.
– ¿Fonteio? ¿Habéis estado comparando notas?
– No, en absoluto. Sólo intuí que estaba preocupado por ti. Ahora veo por qué. Veo que no amas Roma como lo hizo César, y tu rival en Roma es veinte años más joven que tú. A menos que lo maten, debe de vivir más que tú, y no veo a Octavio muriendo joven, a pesar del asma. ¿Asesinato? Una respuesta ideal, si se pudiera hacer, pero no se puede. Entre Agripa y los guardias germanos es invulnerable. ¿Octavio despedir a sus lictores como hizo César? ¿No? Ni siquiera si le ofrecen a Sexto Pompeyo en una bandeja de oro. Si fueses mayor, te sería más fácil para ti, pero veinte años no son suficientes, aunque parezcan demasiados. Octavio hará veintiséis este año. Mis agentes me dicen que es más hombre ahora que se le ha pasado el rubor de la juventud. Tú tienes cuarenta y seis y yo he cumplido treinta y dos. Tú y yo estamos mejor emparejados por la edad, y haré que Egipto recupere su viejo poder. A diferencia del reino de los partos, Egipto pertenece a tu Mare Nostrum. Contigo como mi consorte, Antonio, piensa en lo que podríamos hacer en los próximos diez años.
¿Lo que ella proponía era factible? No era romano, pero Roma estaba escapándose de su mano, hilillos de humo en el perfumado aire oriental. Sí, él estaba confuso, pero no tanto como para no comprender lo que ella le proponía y cuáles eran los problemas. Estaba perdiendo el poder sobre sus partidarios en Roma: Pollio se había marchado, y Ventidio, Salustio y todos los grandes generales, excepto Ahenobarbo. ¿Durante cuánto tiempo más podría contar con sus setecientos clientes-senadores, a menos que hiciese largas visitas a Roma a intervalos frecuentes? ¿Valía la pena el esfuerzo? ¿Podía aceptar más esfuerzos cuando Cleopatra no lo amaba? Como era un hombre poco racional, no podía entender lo que ella le había hecho; sólo que la amaba. Desde el día que ella había llegado a Antioquía, estaba derrotado, y ése era un misterio que superaba su capacidad para resolverlo.
Ella hablaba de nuevo.
– Con Sexto Pompeyo por derrotar, pasarán algunos años antes de que Octavio y Roma estén en condiciones de mirar lo que está pasando en Oriente. El Senado no es más que un grupo de viejas gallinas cluecas, impotentes de arrebatarle el gobierno a Octavio, o a ti; a Lépido no lo tomo en cuenta.
Ella se levantó de su diván y fue a tenderse junto a él, su mejilla apoyada en uno de sus musculosos antebrazos.
– No estoy abogando por la sedición, Antonio -dijo con una voz suave y almibarada-. Ni por asomo. Lo único que digo es que, en concierto conmigo, podrás hacer de Oriente un lugar mejor y más fuerte. ¿Cómo puede ser eso injurioso para Roma? ¿Cómo puede disminuir a Roma? Todo lo contrario. Por ejemplo, evitará la aparición de otro Mitrídates o Tigranes.
– Sería tu consorte en un abrir y cerrar de ojos, Cleopatra, si de verdad creyese que algo de todo esto era por mí. ¿Hasta la última mota ha de ser para Cesarión? -preguntó con la boca contra su hombro-. Por fin he llegado a comprender que, antes de morir, quiero estar solo como un coloso al pleno resplandor del sol. ¡Sin sombras de ninguna clase! Sin la sombra de Roma, ni la sombra de Cesarión. Quiero acabar mi vida como Marco Antonio, ni romano ni egipcio. Quiero ser alguien verdaderamente singular. Quiero ser Antonio Magno. Tú no me lo ofreces.
– ¡Sí que te ofrezco la grandeza! No puedes ser egipcio, eso por descontado. Si eres romano sólo tú puedes quitártelo. Es sólo una piel que se quita con la misma facilidad que una serpiente quita la suya. -Su boca rozó un costado de su rostro-. ¡Antonio, lo comprendo! Ansias ser más grande que Julio César, y eso significa conquistar nuevos mundos. Pero con los partos estás mirando al mundo equivocado. Vuelve tu cabeza hacia el oeste, no vayas más lejos hacia el este. César nunca conquistó en realidad Roma, sucumbió ante Roma. Antonio puede ganarse el nombre de Magno sólo con la conquista de Roma.