Выбрать главу

Aquél no fue más que el primer asalto de una incesante batalla que duró hasta marzo, primavera en Antioquía. Una lucha titánica librada en la oscuridad de sus emociones mezcladas, en el silencio de sus dudas y desconfianzas no dichas. El secreto era urgente y completo: si Ahenobarbo, Poplicola, Fonteio, Furnio, Sosio o cualquier otro romano en Antioquía hubiese adivinado que Antonio estaba vendiendo para siempre y sin tributo lo que pertenecía a Roma a perpetuidad y sólo era alquilado a los clientes-reyes a cambio de tributos, entonces hubiese habido una convulsión tan grande que Antonio quizá se hubiese visto encadenado y enviado de regreso a Roma. Los textorios recibidos por Cleopatra tenían que parecer cedidos sin segundas hasta que el poder de Antonio fuese mucho más fuerte. De forma tal que lo que era de conocimiento público de una manera, sólo era conocido para Antonio y Cleopatra de otra. Para sus compañeros romanos tenían que parecer como simples cesiones para conseguir el oro destinado a financiar su ejército. Una vez que fuese invencible en Oriente ya no importaría que se supiese. Había intentado convencer a César que se hiciese rey de Roma, y había fracasado. Antonio era mucho más maleable, sobre todo en su actual estado mental. Oriente ansiaba un rey fuerte. ¿Quién mejor que un romano, formado en las leyes y el gobierno y no dado a los caprichos o a las locuras asesinas? Antonio Magno convertiría Oriente en algo formidable capaz de enfrentarse a Roma por la supremacía mundial. Ése era el sueño de Cleopatra, muy consciente de que aún tenía un largo camino por recorrer, y más todavía antes de que pudiese aplastar a Antonio Magno en favor de Cesarión, Rey de Reyes.

Antonio consiguió engañar a sus colegas. Ahenobarbo y Poplicola fueron testigos de los documentos de Cleopatra, pero sin leer su contenido, y se burlaron de su ingenuidad. ¡Tanto oro!

Pero el peor conflicto de Antonio no se lo confió a nadie. La reina se oponía férreamente a su campaña parta, y se quejaba de que su oro sirviese para financiarla. Temía ver al ejército reducido por los ataques partos, temía ver a su ejército demasiado debilitado para hacer lo que ella pretendía hacer: ir a la guerra contra Roma y Octavio. Unos planes que sólo había revelado a Antonio en parte, pero que estaban siempre presentes en su mente. Cesarión debía reinar el mundo de César, además de Egipto y Oriente, y nada, incluido Marco Antonio, iba a impedirlo. Para horror de Antonio, se enteró de que Cleopatra terna la intención de marchar con él a la campaña, y esperaba tener voz y voto en los consejos de guerra. Canidio lo esperaba en Carana, después de un exitoso golpe en el norte, en el Cáucaso, y ella miraba con ansia encontrarse con él, y no dejaba de repetirlo. Por mucho que lo intentó, Antonio no pudo convencerla de que no sería bien recibida, que sus legados no la tolerarían.

Así pues, en el espacio de un nundinum se libró de los hombres que, probablemente, se rebelarían contra su presencia. Envió a Poplicola a Roma para animar a sus setecientos senadores y a Furnio a gobernar la provincia de Asia. Ahenobarbo fue de nuevo a gobernar Bitinia y Sosio debía continuar en Siria. Entonces, el más natural e inevitable de los acontecimientos lo salvó: un embarazo. Aliviado a más no poder, pudo decirle a sus legados que la reina viajaba con las legiones sólo hasta Zeugma, en el Eufrates, y de allí regresaría a Egipto

Admirados y divertidos, los legados asumieron que el amor de la reina por Antonio era tan grande que apenas si podía soportar verse alejada de él.

En esas circunstancias, una satisfecha Cleopatra le dio un beso de despedida a Marco Antonio en Zeugma al comenzar el largo viaje por tierra a Egipto; aunque podía haber navegado, tenía una razón para no hacerlo: Herodes, el rey de los judíos. Cuando se enteró de la pérdida del bálsamo y el bitumen, había acudido a todo galope desde Jerusalén hasta Antioquía. Nada más ver a Cleopatra sentada junto a Antonio en la sala de audiencias, se dio media vuelta y regresó a casa. Una acción que enseñó a Cleopatra que Herodes prefería esperar hasta conseguir ver a Antonio a solas. También significaba que Herodes había visto aquello que no habían visto los romanos: que ella dominaba al triunviro al mando en Oriente, como una arcilla en sus manos ocupadas y entremetidas.

Sin embargo, pese sus sentimientos privados, Herodes no tuvo más elección que darle la bienvenida a la reina de Egipto a su capital y albergarla con todo lujo en su nuevo palacio, un magnífico edificio.

– La verdad es que veo edificios nuevos que se levantan por todas partes -le comentó Cleopatra a su anfitrión durante la cena, mientras pensaba que la comida era espantosa y que la reina Mariamne era fea y aburrida. Pero, sin embargo, era fecunda, ya que tenía dos hijos-. Uno se parece sospechosamente a una fortaleza.

– Oh, eso es una fortaleza -dijo Herodes, imperturbable-. La llamaré Antonia en honor a nuestro triunviro. También estoy construyendo un nuevo templo.

– También he escuchado decir que hay algunas nuevas estructuras en Masada.

– Fue un cruel exilio para mi familia, pero un lugar muy conveniente. Estoy construyendo nuevas casas, más graneros, depósitos de alimentación y cisternas de agua.

– Es una pena que no lo pueda ver. La carretera de la costa es más cómoda.

– Sobre todo para una dama embarazada. -Le hizo un gesto a Mariamne, que se levantó y se marchó en el acto.

– Tienes un ojo muy agudo, Herodes.

– Y tú un insaciable apetito de territorios, según los informes de Antioquía. ¡Cilicia Tracheia! ¿Para qué quieres ese rocoso trozo de costa?

– Entre otras cosas, para devolverle Olbia a la reina Aba y a la dinastía de los Teucro. Sin embargo, no recibí la ciudad.

– Cilicia Seleucia es demasiado importante estratégicamente para los romanos, mi querida y ambiciosa reina. De paso, no puedes disponer de mis ingresos por el bálsamo y el bitumen. Los necesito mucho.

– Ya tengo el bálsamo y el bitumen, Herodes, y aquí -añadió, y sacó un papel del bolso de redecilla de oro con recamado de joyas- están las indicaciones de Marco Antonio que te ordenan recoger los beneficios en mi nombre.

– ¡Antonio no puede hacerme esto a mí! -gritó Herodes mientras leía.

– Antonio puede y lo ha hecho. Aunque fue mi idea que tú te encargases del cobro. Tendrías que pagar tus deudas, Herodes.

– Yo duraré más que tú, Cleopatra.

– Tonterías. Eres demasiado codicioso y demasiado gordo. Los gordos mueren antes.

– ¿Con eso quieres decir que las mujeres esqueléticas viven para siempre? No en tu caso, reina. Mi codicia no es nada comparada con la tuya. No estarás contenta con menos de todo el mundo. Pero Antonio no es el hombre que lo conseguirá para ti. Está perdiendo el control sobre la parte del mundo que ya tiene, ¿no lo has visto?

– ¡Bah! Si te refieres a su campaña contra el rey de los partos, eso es algo que sólo necesita sacarse de dentro antes de que dedique sus energías hacia objetivos más accesibles.

– ¡Objetivos que tú has inventado para él!

– ¡Tonterías! Él es muy capaz de verlo por sí mismo.

Herodes se echó hacia atrás en su diván y entrelazó los gordos dedos enjoyados sobre la barriga.

– ¿Cuánto tiempo llevas planeando lo que creo que estás planeando?

Los ojos dorados se abrieron como platos, lo miraron con ingenuidad.

– ¡Herodes! ¿Yo urdiendo complots? A veces tu imaginación se desborda. Lo próximo que harás será delirar. ¿Qué complots podría preparar?

– Con Antonio con un anillo en la nariz y con un gran número de legiones detrás, mi querida Cleopatra, creo que lo que intentas es derrocar Roma en favor de Egipto. ¿Qué mejor momento para atacar mientras Octavio es débil y las provincias occidentales necesitan a sus mejores hombres? No hay límite para tus ambiciones, para tus deseos. Lo que me sorprende es que nadie parezca despertar a tus designios excepto yo. ¡Pobre Antonio cuando lo haga!