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– Si eres prudente, Herodes, te guardarás tus pensamientos para ti, y no dejarás que lleguen a la punta de tu lengua. Son una locura sin ninguna base.

– Dame el bálsamo y el bitumen, y guardaré silencio.

Ella se levantó del diván y se puso las chinelas.

– ¡No te daré ni el olor de un trapo sucio, ser abominable!

Y se marchó, sus prendas haciendo ruidos sibilantes como suaves voces que susurran hechizos.

XVI

Al día siguiente en que Cleopatra dejó Zeugma con rumbo a Egipto, Ahenobarbo se presentó feliz y sin disculparse.

– Se supone que tendrías que estar camino de Bitinia -le dijo Antonio con expresión insatisfecha y sintiéndose muy alegre.

– Ése fue tu plan para librarte de mí cuando tú pensabas que la arpía egipcia iba a ir de campaña contigo. Ningún hombre romano toleraría eso, Antonio, y me sorprende que creyeras que yo podría; a menos que hubieses renunciado del todo a ser un hombre romano.

– No, no lo he hecho -replicó Antonio, irritado-. Ahenobarbo, tienes que comprender que la voluntad de Cleopatra de prestarme enormes cantidades de oro es lo único que mantiene esta expedición en marcha. Ella parece creer que el préstamo le da derecho a participar en la empresa, pero en el momento en que llegamos hasta aquí se sintió feliz de marcharse a casa.

– Pues yo me sentí feliz de abandonar mi viaje a Nicomedia. Por lo tanto, amigo mío, ponme al corriente de los últimos acontecimientos.

«Antonio tiene buen aspecto -pensó Ahenobarbo-, mejor del que le he visto desde Filipos. Tiene que hacer algo digno de su acero, y ésa es la gratificación de un sueño. Por mucho que yo odie a la arpía egipcia, le estoy agradecido por el préstamo de su oro. Él se lo devolverá con lo que consiga de una corta campaña.»

– He obtenido una fuente de información de los partos -dijo Antonio-. Un sobrino del nuevo rey parto, llamado Monaeses. Cuando Fraates mató a toda su familia, Monaeses consiguió escapar a Siria porque en aquel momento no estaba en la corte. Estaba en Nicephorium tratando de resolver una disputa comercial con los esquenitas. Por supuesto, no se atreve a regresar a casa; han puesto precio a su cabeza. Al parecer, el rey Fraates se casó con la hija núbil de alguna casa arsácida menor e intenta criar un nuevo lote de herederos. La familia de la novia fue pasada por la espada, o decapitada con un hacha, o lo que sea la costumbre entre los partos. Esta nueva carnada de hijos tardará años en crecer, y, por lo tanto, estarán a años de convertirse en un peligro para Fraates. Mientras que Monaeses es un hombre crecido y tiene seguidores. Son despiadados estos monarcas orientales.

– Espero que lo recuerdes cuando trates con Cleopatra -manifestó Ahenobarbo con un tono seco.

– Cleopatra -replicó Antonio, un tanto altivo- es diferente.

– Y tú, Antonio, estás enamorado -dijo el otro con un tono brusco sin comprometerse-. Confío en que tu juicio del tal Monaeses sea más sensato.

– Sólido como un bronce de Bryaxis.

Pero cuando Ahenobarbo conoció al príncipe Monaeses, sintió un súbito vacío en el estómago. «¿Confiar en este hombre? ¡Nunca! Es incapaz de mirarte a los ojos, por mucho que hable un magnífico griego e imite los modales griegos.»

– ¡No le des ni la punta del meñique! -gritó Ahenobarbo-. ¡Hazlo y te arrancará el brazo del hombro! No ves que es él a quien el rey Fraates guardó en reserva, educado en los modos occidentales, por si acaso fuese necesario poner un espía en nuestro seno. Monaeses no escapó a la muerte, fue perdonado para hacer su deber parto: atraernos hacia la ruina y la derrota.

La réplica de Antonio fue una carcajada; nada de lo que Ahenobarbo o cualquier otro de los que dudaban pudiesen decir le harían cambiar de opinión de que Monaeses era tan bueno y puro como el oro de Cleopatra.

La mayoría del ejército esperaba en Carana con Publio Canidio, pero Antonio trajo con él otras seis legiones además de diez mil jinetes galos y un total de treinta mil reclutas extranjeros entre judíos, sirios, cilicios y griegos orientales. Había dejado una legión en Jerusalén para asegurar que Herodes continuase teniendo el trono -Antonio era un amigo leal, aunque algunas veces ingenuo- y siete legiones para vigilar Macedonia, siempre inquieta. El Eufrates había abierto un ancho valle entre Zeugma y las alturas en Carana; había muchos pastos para los caballos, las mulas y los bueyes. Llegaron y dejaron atrás Samosata, el valle comenzó a angostarse un poco y la carretera se hizo más áspera a medida que la enorme fuerza marchaba hacia Melitene. No mucho más al norte de Sarnosata el ejército alcanzó al tren de equipajes, una desilusión, porque Antonio lo había hecho salir de Zeugma veinte días antes que las legiones, y había creído que ambas unidades llegarían a Carana al mismo tiempo. Pero había esperado con demasiada confianza que los bueyes caminasen quince o más millas al día, mientras que ni todos los latigazos y maldiciones del mundo consiguieron que caminasen más de diez, como en aquel momento se había descubierto.

El tren de equipajes era el orgullo y la alegría de Antonio, el mayor que hubiese reunido nunca ningún ejército romano. Centenares de catapultas, ballestas y otras piezas menores de artillería marchaban detrás del número requerido de bueyes que cada pieza necesitaba, además de varios arietes capaces de romper las puertas más comunes de las ciudades, y un monstruo de ochenta pies de largo capaz de romper -como Antonio le dijo risueñamente a Monaeses-«¡incluso las puertas de la vieja Ilium!». Aquello sólo era la maquinaria de guerra. En las carretas venían los suministros -trigo, toneles de cerdo en salazón, jamones ahumados, aceite, lentejas, garbanzos, sal, piezas de recambio, herramientas y equipos para los artesanos de la legión, carbón, lingotes de hierro fundido para el acero, enormes postes y tablas, sierras para cortar árboles o rocas blandas como la toba, cuerdas y picos, lonas, tiendas de campaña, postes, arneses, todo lo que un eficiente praefectus fabrum podía imaginar que un ejército de ese tamaño podría necesitar para reponer lo que llevaba además de para afrontar un asedio. En una sola fila, la caravana tenía quince millas de largo, pero marchaba en un amplio frente de tres millas de ancho; dos legiones de cuatro mil hombres cada una estaban asignadas a la custodia permanente de tan inmenso y precioso complemento de la guerra; Oppio Estatiano estaba al mando, y se quejaba a todo aquel que quisiera escucharlo. Su auditorio incluyó a Antonio cuando pasó el ejército. -Todo está muy bien mientras podamos marchar así -dijo Estatiano sin el menor tacto-, pero aquellas montañas de delante significan angostos valles para mí, y tendremos que alinearlas carretas en una fila, por lo que tanto nuestras comunicaciones como las defensas no durarán.

No era una opinión que Antonio quisiese escuchar o estuviese preparado para escuchar.

– Eres una vieja, Estatiano -dijo, y clavó los talones a su caballo para seguir-. ¡Sólo consigue sacarles más millas por día!

Las fuerzas móviles llegaron a Carana quince días después de dejar Zeugma, una distancia de trescientas cincuenta millas, pero el tren de equipajes no llegó hasta doce días después, a pesar de su ventaja. Y eso significaba que Antonio estaba de muy mal humor; cuando sucedía esto, no escuchaba a nadie, desde amigos como Ahenobarbo hasta generales como Canidio, que acababa de llegar de una expedición al Cáucaso y estaba muy bien informado de las montañas,