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– Italia está rodeada por los Alpes -dijo Canidio-, pero son como ladrillos de un juguete infantil comparados con estos picos. Mira alrededor del valle donde está Carana y verás centenares de montañas de tres mil metros de altura. Si vas al norte o al este, sólo las encontrarás todavía más altas y con mayores precipicios. Los valles son muescas apenas más anchos que los torrentes que los atraviesan. Estamos a mediados de abril, y eso significa que tienes hasta octubre para hacer tu campaña. Seis meses, y llegará el invierno. Carana es la mayor de las tierras relativamente planas entre aquí y las grandes llanuras donde el Araxes fluye hasta el mar Caspio. Todo lo que tenía eran diez legiones y dos mil jinetes, pero encontré que incluso una fuerza de ese tamaño no se podía mover en este territorio. Sin embargo, me atrevería a decir que sabes lo que estás haciendo, así que no pretendo discutir.

Como Ventidio, Canidio era un militar de origen humilde; sólo su gran capacidad como general de tropas le había permitido ascender. Se había unido a Marco Antonio después de la muerte de César, y apreciaba más a Antonio que a sus capacidades militares. Sin embargo, después del triunfo de Ventidio en Siria, Canidio sabía que no le darían el mando de una empresa como la que Antonio ahora proponía llevar al reino de los partos, se podría decir, por la puerta trasera. Un difícil compromiso que requería el genio de un César y Antonio no era un César. Para empezar, le gustaba lo enorme, mientras que César había detestado los grandes ejércitos. Para él, diez legiones y dos mil jinetes eran todos los hombres que cualquier comandante podía desplegar con éxito; si eran más, las órdenes se confundían y las líneas de comunicación quedaban en peligro por la distancia y el tiempo. Canidio estaba de acuerdo con César.

– ¿El rey Artavasdes ha llegado? -preguntó Antonio.

– ¿Cuál?

Antonio parpadeó.

– Me refiero a Armenia.

– Sí, está aquí, y espera con la tiara en la mano a que le des una audiencia. Pero también está Artavasdes de Media Atropatene.

– ¿Media Atropatene?

– Así es. Ambos se enteraron de mi campaña en el Cáucaso, y ambos han decidido que Roma va a ganar este encuentro con los partos. Artavasdes de Armenia quiere que le devuelvan sus setenta valles en Media Atropatene, y Artavasdes de Media Atropatene quiere gobernar el reino de los partos. Antonio se echó a reír a carcajadas. -¡Canidio, Canidio, qué suerte! ¿Sólo dime cómo podemos diferenciarlos aparte de por sus nombres?

– Llamo a Armenia, Armenia, y a Media Atropatene, simplemente Media.

– ¿No tienen algún atributo físico que pueda utilizar?

– ¡No ésta pareja! Son como gemelos; supongo que es debido a que se casan tanto entre ellos. Faldas y chaquetas, barbas postizas, montones de rizos, narices ganchudas, ojos negros y pelo negro.

– Eso parece parto.

– Me imagino que son todos de la misma raza. ¿Estás preparado para verlos?

– ¿Alguno de los dos habla griego?

– No, ni tampoco arameo. Hablan sus propias lenguas, y el parto.

– Bueno, está bien, tengo a Monaeses.

Sin embargo, no tuvo a Monaeses durante mucho más. Después de haber actuado como intérprete en varias audiencias un tanto extrañas entre personas que no tenían ni idea de cómo pensaban sus opuestos, Monaeses decidió regresar a Nicephorium; era, como le recordó Antonio, rey de los árabes esquenitas, y debía poner a su nuevo reino en pie de guerra. Con muchos agradecimientos y afirmaciones de que los tres hombres que había encontrado para actuar como intérpretes lo harían mejor que él, Monaeses se marchó rumbo al sur.

– Desearía poder confiar en él -le dijo Canidio a Ahenobarbo.

– Desearía poder confiar en él, pero no lo hago. Dado que los acontecimientos se han puesto en movimiento y ahora no se pueden detener, lo único que podemos hacer cualquiera de los dos, Canidio, es rezar a los dioses para que estemos equivocados.

– O si estamos acertados, que no haya nada que Monaeses Pueda hacer para alterar los planes de Antonio.

– Me sentiría más feliz si nuestro ejército fuese muchísimo más pequeño. ¡Está como un niño con sus catafractarios armenios! Pero como veterano de los catafractarios armenios y partos, te puedo decir que los armenios no son nada comparados con los partos -comentó Canidio con un tono de resignación-. Sus armaduras son más delgadas y débiles y sus caballos no son mucho más grandes que los nuestros; yo los llamaría mejor lanceros con cotas de malla que catafractarios de verdad. Pero Antonio está entusiasmado porque le hayan regalado dieciséis mil.

– Dieciséis mil caballos más que alimentar -señaló Ahenobarbo.

– ¿Podemos confiar en Armenia o Media más de lo que confiamos en Monaeses? -preguntó Canidio.

– Quizá en Armenia. En Media, en absoluto. ¿A qué distancia estamos de Artaxata? -quiso saber Ahenobarbo.

– Doscientas millas, quizá un poco menos.

– ¿Debemos ir allí?

– Por el vientre de los armenios, dirás. Por desdicha, sí. Nunca me ha entusiasmado mucho este acercamiento por la puerta de atrás, aunque tendría mérito si el terreno no fuese tan difícil. Tomaremos Fraaspa, luego Ecbatana, a continuación Susa y de allí a Mesopotamia. ¿Crees que el tren de equipajes se mantendrá al paso? ¡Desde luego que no!

– Oh, él es Marco Antonio -dijo Ahenobarbo-. Pertenece a la escuela de generales que cree que si desean algo con la fuerza necesaria sucederá. Es muy bueno en campañas como la de Filipos. Pero ¿cómo se las apañará con lo desconocido?

– Todo se reduce a dos cosas, Ahenobarbo. La primera: ¿Monaeses es un traidor? La segunda: ¿podemos confiar en Armenia? Si la respuesta a la primera es negativa y la respuesta a la segunda es afirmativa, Antonio triunfará. De lo contrario, no.

Aquella vez el tren de equipajes se había puesto en marcha para ir a Artaxata, la capital de Armenia, casi en el momento en que había llegado a Carana, para gran enfado de Oppio Estatiano, privado de un descanso, un baño, una mujer y la oportunidad de hablar con Antonio. Había pretendido darle a Antonio una lista de las cosas que consideraba que podían quedarse en Carana, y de esa manera reducir el tamaño del tren y quizá aumentar un poco su velocidad; pero no, llegaron las órdenes de continuar en marcha y llevarlo todo. Desde el momento en que llegase hasta Artaxata, comenzaría su viaje a Fraaspa. De nuevo ningún descanso, ningún baño, ninguna mujer y ninguna ocasión de hablar con Antonio.

Antonio estaba inquieto y ansioso por iniciar su campaña, convencido de que estaba ganándole la carrera a los partos. Oh, sin duda alguien le había avisado de que Fraaspa sería la primera ciudad parta en ser atacada -había demasiados orientales y extranjeros de todas las posiciones como para mantener un secreto tan grande-, pero Antonio confiaba en la velocidad de su marcha; pretendía que fuese tan rápida como cualquier marcha que César hubiese comandado. Un ejército romano estaría en Fraaspa meses antes de lo que se esperaba.

Por lo tanto, no se demoró en Artaxata, sino que continuó la marcha tan rápido como fue posible en la línea más recta. Había quinientas millas desde Artaxata hasta Fraaspa, y en algunos lugares el terreno no era tan áspero ni tan elevado como el que habían atravesado desde Carana hasta Artaxata. Pero los guías medios y armemos de Antonio le dijeron que estaba marchando en la dirección equivocada para un paso fácil. Cada cadena, cada pliegue, cada hondonada iba de este a oeste, y hubiese sido mucho más fácil marchar al este del lago Matiane, una enorme extensión de agua. El único paso a través de las montañas significaba marchar por su lado oeste y cruzar muchas cadenas arriba y abajo, arriba y abajo. En el lado sur del lago, el ejército tendría que dirigirse al este antes de girar para caer sobre Fraaspa; con una nueva cadena de picos de tres mil metros e incluso más altos al oeste.