– Eso somos. -Antonio sonrió con ironía-. Dicen que Pompeyo Magno se volvió cuando le faltaban tres días para llegar al mar Caspio porque él no podía aguantar las arañas, pero yo aceptaría a un millón de las más grandes y peludas sólo por tener un informe fiable de lo que nos está esperando allí afuera si decidimos retirarnos.
– Yo iré -dijo Titio, ansioso. El resto lo miró.
– Si los exploradores armenios no han vuelto, Titio, ¿por qué crees que tú sí puedes volver? -le preguntó Antonio; le tenía aprecio a litio, que era el sobrino de Planeo, e intentó convencerlo amablemente-. No, te doy las gracias por la oferta, pero tendremos que seguir enviando a armenios. Nadie más podría sobrevivir.
– Pero ¡si precisamente es eso! -replicó Titio-. Son el enemigo, Marco Antonio, no importa lo que digan que son. Todos sabemos que los armenios son tan traicioneros como los medos. ¡Déjame ir! Te prometo que sabré cuidarme.
– ¿Cuántos hombres te quieres llevar?
– Ninguno, Publio Canidio. Sólo yo con un caballo de aquí. Uno del color de los campos. Vestiré pantalón y chaqueta de piel de cabra para confundirme más. Quizá me lleve una docena de caballos conmigo para parecer un criador de caballos o un pastor de caballos o lo que sea.
Antonio se echó a reír y palmeó a Titio en la espalda.
– ¿Por qué no? Sí, Titio, ve. Sólo que vuelve. -Consiguió sonreír-. ¡Tienes que volver! El único cuestor que he conocido peor que tú a la hora de sumar cantidades era Marco Antonio, pero él sirvió para un amo mucho más exigente: César.
Nadie en la tienda de mando estuvo allí para ver a Marco Titio comenzar su misión porque ninguno quería llevar la memoria de su rostro pecoso en el futuro más que la de aquel pobre cuestor, Titio, a cargo de las finanzas del ejército y totalmente incapaz de manejar las propias.
Hacía un nundinum que se había marchado cuando el viento cambió de dirección y comenzó a soplar del norte. Con él llegó la lluvia y la escarcha. Y aquel día algunos de los fraaspas, en lo alto de las murallas, asaron cordero, y el olor flotó hasta el enorme campamento, en la llanura, una manera de decirles a los sitiadores que Fraaspa tenía abundancia de comida para el invierno, que no se rendiría.
Antonio convocó un consejo de guerra, no una reunión de sus íntimos sino una reunión que incluía a todos sus legados y tribunos, además de los centuriones primipilus y pilus prior; un total de sesenta hombres. Un número ideal para la comunicación personal; tendría que ser escuchado por todos sin la modestia de tener a heraldos que escuchasen sus palabras y retransmitiesen lo que decía más allá. Aquellos que debían estar allí intercambiaron significativas miradas; no había ningún extranjero presente. Una reunión para las legiones y no para todo el ejército.
– Sin el equipo de asedio no podemos tomar Fraaspa -comenzó Antonio-, y la pequeña demostración de hoy dice que la gente de Fraaspa todavía come bien. Llevamos sentados aquí cien días y hemos arrasado todos los campos de los alrededores, pero a un precio: la pérdida de dos tercios de nuestros auxiliares montados. -Inspiró profundamente e intentó mostrarse severo y decidido, en general, con un absoluto control de sí mismo y de la situación-. Es hora de irnos, muchachos. Sabemos por el tiempo que ha hecho hoy que en estas tierras se pasa del verano directamente al invierno de verdad, y en el último día de septiembre. Mañana, en las calendas de octubre, marcharemos a Artaxata. Para una cosa que la gente de Fraaspa no está preparada es para la velocidad de las legiones en marcha. Para cuando se levanten mañana por la mañana, todo lo que quedará de nosotros serán las hogueras. Ordenad que los hombres lleven la provisión de grano para un mes; las mulas centurias serán utilizadas para comida y fuego, y las mulas que tiran de las carretas serán convertidas en animales de carga; aquello que no podamos llevar a la espalda ni en las mulas tendrá que quedarse atrás. La comida y todo lo que se pueda quemar.
La mayoría había estado esperando ese discurso, pero a nadie le gustó escucharlo. Sin embargo, de una cosa Antonio podía estar seguro; aquellos hombres eran romanos, y no lamentarían el destino de los auxiliares, tolerados pero nunca estimados.
– Centuriones, entre ahora y la primera luz del alba, todo legionario debe conocer la situación y comprender lo que hacer para sobrevivir durante la marcha. No tengo idea de lo que hay ahí afuera esperando a que nos retiremos, pero las legiones romanas no se entregan, ni lo harán en esta próxima marcha. Debido al terreno tardaremos alrededor de un mes en llegar a Artaxata, especialmente si la lluvia y las escarchas continúan. Eso significa terrenos fangosos y condiciones de mucho frío. Todo hombre deberá sacar los calcetines de su mochila; si los tiene de piel de conejo o de ardilla, mejor. Mantenerse seco será gran parte de la batalla, porque es la única cosa que tendremos, muchachos. Los partos están ahí afuera y utilizan las tácticas fabianas; matarán a los rezagados, pero no se enfrentarán a nosotros en masa. Peor es el hecho de que no tendremos madera suficiente para hacer fuego entre aquí y Artaxata, y eso significa no poder hacer hogueras para calentarnos. Cualquier hombre que queme la madera de sus palos, cualquier parte de las astas o los astiles de los pilum será azotado y decapitado; quizá los necesitemos para rechazar las incursiones de los partos. Tampoco podemos confiar en ninguno de los reclutas extranjeros, incluidos los armenios. Las únicas tropas que Roma espera que preservemos son sus legiones. Se hizo un breve silencio, roto por Canidio.
– ¿Cuál es la formación de marcha, Antonio? -preguntó.
– Agmen quadratum donde el suelo sea lo bastante llano, Canidio, y donde no lo sea, también en cuadro. No me importa lo angosto que pueda ser un sendero, nunca marcharemos en fila. ¿Entendido?
Murmullos desde todos los lados.
Ahenobarbo abrió la boca para formular otra pregunta cuando se produjo una conmoción en el perímetro del grupo; algunos hombres se movieron para permitir que Marco Titio pasase hasta el lugar donde estaba Antonio, los rostros con grandes sonrisas, incluso algunos palmearon al joven cuestor en la espalda.
– ¡Titio, perro! -gritó Antonio, encantado-. ¿Has encontrado a los partos? ¿Cuál es la verdadera situación?
– Sí, Marco Antonio, los encontré -respondió litio con expresión severa-. Cuarenta mil de ellos, al mando de nuestro amigo Monaeses; lo vi claramente en varias ocasiones, y cabalgaba con una cota de malla de oro y tenía un penacho en su yelmo. Un príncipe parto de al menos la misma importancia que tenía Pacoro, por la descripción de Ventidio.
La nueva sobre Monaeses no fue ninguna sorpresa, ni incluso para Antonio, su más firme partidario. El rey Fraates los había engañado, había puesto un traidor en su seno.
– ¿A qué distancia están? -preguntó Fonteio.
– A unas treinta millas, y directamente entre nosotros y Artaxata.
– ¿Catafractarios? ¿Arqueros montados? -preguntó Canidio.
– Ambos, pero más arqueros a caballo. -Titio sonrió brevemente-. Supongo que están escasos de catafractarios después de la campaña de Ventidio; alrededor de unos cinco mil, no más. Pero hordas de arqueros. Todo un ejército montado, y han hecho un magnífico trabajo cortando el terreno; con esta Nuvia, nuestros soldados chapotearán por el barro. -Se interrumpió y formuló una pregunta con los ojos a Antonio-, Al menos, supongo que estamos planeando una retirada.
– Lo estamos. Has llegado justo a tiempo, Titio. Un día más tarde, y te hubieses encontrado que ya habríamos marchado.
– ¿Tienes algo más de lo que informar? -preguntó Canidio.
– Sólo que no actúan como guerreros que huelen la batalla. Se comportan más bien como una fuerza dispuesta a permanecer a la defensiva. Oh, intentarán hacer incursiones, pero a menos que Monaeses sea mejor general de lo que creo que es después de observar cómo se pavonea para parecer importante, tendríamos que ser capaces de contener lo que sea que lance contra nosotros si se nos advierte a tiempo.