– Eso es verdad para todos nosotros -respondió Fonteio sin ánimo-. Llevan comiendo trigo crudo durante siete días, tienen los dedos congelados y se les caen; las narices también. ¡Terrible! Te culpan a ti, Marco; a ti y sólo a ti. Los más descontentos dicen que nunca tendrías que haber permitido que el tren de equipajes se fuese de tu vista.
– No soy realmente yo -dijo Antonio con un tono sombrío-, es la pesadilla de una campaña sin frutos que no les dio la oportunidad de mostrar lo que valen en combate. Tal como lo ven, no hicieron más que estar sentados en un campamento durante cien días mirando a una ciudad que les hacía el medicus. «¡Que os den por el culo, romanos!» ¿Crees que eso es grande? Bueno, tú no lo crees. Lo comprendo. -Se interrumpió cuando entró litio a la carrera con una expresión de miedo.
– ¡Marco Antonio, el motín se respira en el aire!
– Dime algo que no sepa, Titio.
– No, pero esto es serio. Esta noche o mañana. Al menos seis legiones están involucradas.
– Gracias, Titio. Ahora ve y ocúpate del balance de tus libros o de contar cuánto se le debe a los soldados, o lo que sea.
Titio se marchó, por una vez, incapaz de ofrecer una solución.
– Será esta noche -dijo Antonio.
– Sí, estoy de acuerdo -asintió Fonteio.
– ¿Me ayudarás a caer sobre mi espada, Cayo? Una de las cosas más molestas de tener un pecho tan desarrollado y los brazos tan musculosos es que impiden la perfecta ejecución. Soy incapaz de sujetar bien la empuñadura de la espada para que se clave profunda y segura.
Fonteio no discutió.
– Sí -dijo.
La pareja se acurrucó en el interior de la pequeña tienda de cuero durante toda la noche, a la espera de que comenzase el motín. Para Antonio, ya hundido, éste era el adecuado final para la peor campaña que un general romano hubiese librado desde que Carbo fuera cortado a trozos por los cimbrios germanos, o que el ejército de Caepio fuera derrotado en Arausio, o -lo más horrible de todo- que Paulo Emilio y Varrón en Cannae cayeran aniquilados por Aníbal. ¡Ni un solo hecho brillante para iluminar el abismo de la total derrota! Al menos, los ejércitos de Carbo, Caepio, Paulo Emilio y Varrón habían muerto luchando. Mientras que su gran ejército nunca había tenido ni la más mínima oportunidad para demostrar su valía; ninguna batalla, sólo impotencia.
«No puedo culpar a mis soldados por amotinarse -pensó Antonio mientras permanecía sentado con la espada desenfundada en su regazo, preparado-. La impotencia. Es eso lo que sienten tanto como yo. ¿Cómo podrán hablarle a sus nietos de la expedición de Marco Antonio a Media Parta sin escupir ante el recuerdo? No hay ni la más mínima ocasión de mostrar orgullo o distinción. Miles gloriosus, eso es Antonio. El soldado que se vanagloria. El material perfecto para una farsa. Que se pavonea, presuntuoso, imbuido de su propia importancia. Pero su éxito es tan vacío como él. Una caricatura como hombre, una broma como soldado, un fracaso como general. Antonio Magno. Bah.»
Como por arte de magia, el motín se desvaneció en el aire enrarecido de aquel paso como si los legionarios nunca hubiesen hablado de él. Por la mañana vio a los hombres continuar con su travesía del paso, y a media tarde, éste había quedado bastante atrás. Antonio encontró la fuerza para ir entre los hombres de alguna parte y hacer como si nunca hubiese escuchado a nadie ni siquiera susurrar sobre un amotinamiento.
Veintisiete días después de levantar el campamento delante de Fraaspa, las catorce legiones y un puñado de caballería llego a Artaxata, sus estómagos medio llenos con un poco de pan y toda la carne de caballo que habían podido tragar. Ciro el guía le había dicho a Antonio dónde encontrar carbón para cocinar.
Lo primero que hizo Antonio al llegar a Artaxata fue darle a Ciro el guía una bolsa de monedas y dos buenos caballos y mandarlo a todo galope a la ruta más directa al sur. La misión de Ciro era urgente y secreta, especialmente de Artavasdes. Su destino era Egipto, donde debía pedir una audiencia con la reina Cleopatra; las monedas que Antonio le había dado, cuando había permanecido en Antioquía el invierno anterior, era su pasaporte a la reina. Había recibido instrucciones para suplicarle que viniese a Leuke Kome para traerle ayuda a las tropas de Antonio. Leuke Kome era un pequeño puerto cerca de Berytus, en Siria, un lugar mucho menos poblado que puertos como los de Berytus, Sidón, Joppa. Ciro se marchó con gratitud y rapidez; quedarse en Armenia una vez que los romanos se marchasen hubiese significado una sentencia de muerte, porque había guiado bien a los romanos, y eso era algo que el armenio Artavasdes no había querido. Se suponía que los romanos debían vagar, perdidos, sin comida ni combustible, hasta que el último de ellos hubiese muerto.
Pero con las catorce legiones bien acampadas en las afueras de Artaxata, el rey Artavasdes no tuvo más elección que aceptar que Antonio pasase el invierno allí. Sin confiar ni en una sola de las palabras que Artavasdes decía, Antonio se negó a demorarse. Forzó al rey a abrir sus graneros; luego, bien abastecido, marchó hacia Carana sin preocuparse de las tormentas y las nieves. Los legionarios, que en aquellos momentos parecían inmunes, recorrieron aquellas últimas doscientas millas muchísimo más animados porque ahora tenían hogueras para la noche. La madera también era escasa en Armenia, pero los armenios de Artaxata no se habían atrevido a discutir cuando los soldados romanos se lanzaron sobre sus pilas de leña y se las confiscaron. La idea de los armenios muriendo de frío no conmovió en lo más mínimo a los romanos. Ellos no habían marchado masticando carne cruda gracias a la traición oriental.
Antonio llegó a Carana -desde donde la expedición había salido en las previas calendas de mayo- a mediados de noviembre Todos sus legados habían visto la depresión, la confusión, sólo Fonteio sabía lo cerca que había estado Antonio de cuidarse. A sabiendas de esto, pero muy renuente a confiárselo a Canidio, Fonteio asumió la tarea de persuadir a Antonio de contar hacia el sur hasta Leuke Kome. Una vez allí, si podía, si era necesario, enviaría otro mensaje a Cleopatra.
Pero primero, Antonio debía saber lo peor a través de un inflexible Canidio. La suya no siempre había sido una relación amistosa, porque Canidio había visto el futuro a principios de la campaña, y había estado a favor de la retirada desde su inicio. Tampoco había aprobado la manera como se había reunido y guiado al tren de equipajes. Sin embargo, todo esto quedaba en el pasado, y se había puesto de acuerdo consigo mismo, con sus propias ambiciones. Su futuro estaba con Marco Antonio, pasara lo que pasase.
– El censo está hecho y completo, Antonio -dijo con voz agria-. De la fuerza auxiliar a pie, unos treinta mil, no ha sobrevivido ninguno. De la caballería gala, seis de diez mil, pero sus caballos han desaparecido. De la caballería gálata, cuatro de diez mil, pero sus caballos han desaparecido. Todos han sido sacrificados para servir de comida a lo largo de las últimas cien millas. De las dieciséis legiones, dos (las de Estatiano) han desaparecido, la fortuna que han corrido, desconocida. Las otras catorce han recibido muchas pero no mortales bajas, la mayoría por congelación. Los hombres que han perdido los dedos tendrán que ser retirados y enviados a casa en carreta. No pueden marchar sin dedos. Cada legión, salvo las de Estatiano, está con todas sus fuerzas; casi cinco mil soldados más un millar de no combatientes. Ahora, al repartir los hombres, cada legión tiene poco menos de cuatro mil y quizá quinientos no combatientes. -Canidio tomó aliento y miró en cualquier dirección menos hacia el rostro de Antonio-. Éstas son las cifras. Auxiliares a pie, treinta mil. Caballería auxiliar, diez mil, pero veinte mil caballos. Legionarios, catorce mil no podrán luchar nunca más, además de los ocho mil de Estatiano. Y no combatientes, nueve mil. Un total de setenta mil hombres, veinte mil caballos. Veintidós mil de ellos son legionarios. La mitad del ejército, aunque no la mejor. En ningún caso han muerto todos, aunque mejor lo estarían.