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– Todo irá mejor -dijo Antonio con labios temblorosos- si decimos una tercera parte muerta como una quinta incapacitada. ¡Oh, Canidio, perder a tantos sin luchar una batalla! Ni siquiera puedo invocar a Cannae.

– Al menos ninguno pasó bajo el yugo, Antonio. No es una desgracia, es simplemente un desastre debido al clima.

– Fonteio dice que debería continuar hasta Leuke Kome a esperar a la reina, enviarle otro mensaje si es necesario.

– Una buena idea. Ve, Antonio.

– Trae al ejército lo mejor que puedas, Canidio. Calcetín de piel o de cuero para todos, y cuando encuentres una tormenta, espera que pase en un buen campamento. Si sigue el Eufrates hará un poco más de calor. Sólo mantenlos en movimiento, y promételes vagabundear por los Campos Elíseos cuando lleguen a Leuke Kome: sol, mucha comida y todas las putas que puedas encontrar en Siria.

La clemencia hacia los caballos había desaparecido en cuanto encontraron carbón entre el paso de la montaña y Artaxata. Con las piernas casi tocando el suelo, Antonio salió de Carana montado en un caballejo, acompañado por Fonteio y Marco Titio.

Llegó a Leuke Kome un mes más tarde, y su aparición fue recibida con asombro; Cleopatra no había ido, ni tampoco había ningún mensaje de Egipto. Antonio envió a Titio a Alejandría, pero con poca esperanza; ella no había querido que él emprendiese esta campaña, y no era una mujer dispuesta a perdonar. No habría ninguna ayuda, ni dinero para mantener a lo que quedaba de sus legiones; él, al menos, había logrado traer a sus legiones diezmadas pero no aniquiladas, y ella probablemente lamentaría la pérdida de las levas auxiliares.

Llegó la depresión y se convirtió en una desesperación tan negra que Antonio se dio a la bebida, incapaz de enfrentarse a los pensamientos del terrible frío de los dedos congelados, del motín en una terrible noche, de filas y filas de rostros llenos de odio, de soldados que lo odiaban por la pérdida de sus amados caballos, de sus propias y patéticas decisiones, siempre equivocadas y siempre desastrosas. Él, y nadie más, cargaba con la culpa de tantas muertes, tanto sufrimiento humano. ¡Oh, era insoportable! Bebió hasta olvidar todo y continuó bebiendo. Veinte y treinta veces al día salía de su tienda con una copa a rebosar en una mano, caminaba tambaleante la corta distancia hasta la playa y miraba hacia la boca de la bahía, donde no había barco ni vela alguna.

– ¿Viene? -le preguntaba a cualquiera que estuviese cerca-. ¿Ella viene? ¿Viene?

Lo tomaban por loco, y huían en el momento que lo veían salir de la tienda. ¿Quién tenía que venir?

De nuevo en el interior bebía de nuevo, y después al exterior.

– ¿Ella viene? ¿Ya viene?

Enero dio paso a febrero, luego llegó el final de febrero y nunca vino ni envió ningún mensaje. Ninguna noticia de Ciro o Titio.

Finalmente, las piernas de Antonio no pudieron sostenerlo. Acurrucado sobre la jarra de vino en su tienda, intentaba decir «¿Ya viene?» a cualquiera que entrase.

– ¿Ya viene? -preguntó al ver un movimiento en la entrada de la tienda a principios de marzo, una pregunta ininteligible para aquellos que no sabían, por una larga experiencia, lo que intentaba decir.

– Está aquí -respondió una suave voz-. Ya está aquí, Antonio.

Sucio, maloliente, Antonio consiguió de alguna manera ponerse de pie; cayó de rodillas y ella se arrodilló junto a él, acunando su cabeza contra su pecho mientras él lloraba y lloraba.

Ella se sintió horrorizada, aunque eso sólo era una palabra; ni siquiera podía describir las emociones que pasaron por su mente y devastaron su cuerpo durante los días que siguieron mientras hablaba con Fonteio y Ahenobarbo. Antonio lloraba hasta quedarse dormido, momento que aprovechaba para colocarlo en una cama más cómoda que su camastro militar; todo este proceso doloroso de devolverle la sobriedad y hacerlo sin vino exigió que Cleopatra exprimiera su ingenio hasta sus límites. Él no era un buen paciente, dado su estado de ánimo: se negaba a hablar, se enfurecía cuando le negaban el vino y parecía lamentar incluso haber querido que Cleopatra estuviese allí. Por lo tanto, habían tenido que ser Fonteio y Ahenobarbo quienes hablaran con ella, el primero muy dispuesto a ayudarla de la manera que pudiese, el segundo, sin hacer el menor intento por disimular su desagrado y el desprecio hacia ella. Así pues, intentó dividir los horrores que le relataban en categorías, con la esperanza de que, al enfocar las cosas lógicamente, secuencialmente, podía ver con más claridad cómo seguir adelante con la cura de Marco Antonio. ¡Si debía sobrevivir, debía ser curado!

De Fonteio recibió toda la historia de la condenada campaña, incluida la noche cuando el suicidio había parecido la única alternativa. De las ventiscas, del hielo y de la nieve hasta la cintura no tenía ella ni la menor idea, porque sólo había visto la nieve durante sus dos inviernos en Roma, y no habían sido duros, según le habían dicho en ese momento; el Tíber no se había congelado, y las pocas nevadas habían tenido su encanto, un mundo absolutamente silencioso cubierto de blanco. Tampoco, adivinó, nada remotamente comparable a la retirada desde Fraaspa.

Ahenobarbo se concentró en pintar gráficas figuras para ella, de los pies podridos por la congelación, de los hombres que masticaban trigo crudo, de Antonio enloquecido por la traición de todos desde sus aliados hasta sus guías.

– Tú has pagado por esta debacle -le dijo-, sin siquiera detenerte a pensar en el equipo que no estaba incluido, y que debía haber estado, como prendas de abrigo para los legionarios.

¿Qué podía responder ella? No habían sido ésas sus preocupaciones, ya que eso entraba dentro de las atribuciones de Antonio y su praefectus fabrum. Si lo hacía, Ahenobarbo atribuiría su respuesta a su autopreservación a costa de Antonio; Ahenobarbo no estaba dispuesto a escuchar ninguna crítica a Antonio, y prefería echarle la culpa a ella sólo porque había sido su dinero el que había financiado la expedición.

– Ya estaba todo preparado cuando me pidió el dinero. ¿Cómo hubiese llevado a cabo su campaña Antonio sin mi dinero?

– ¡Entonces no hubiese habido campaña, reina! Antonio hubiera tenido que continuar sentado en Siria, endeudado con los proveedores de todo el materiaclass="underline" desde las cotas de malla hasta la artillería.

– ¿Tú hubieses preferido que continuase de esa manera en lugar de tener el dinero para pagar y ser capaz de llevar esta campaña?

– ¡Sí! -replicó Ahenobarbo.

– Eso implica que tú no lo consideras un general capaz.

– Deduce lo que tú quieras, reina. No diré nada más. -Ahenobarbo se marchó, irradiando odio.

– ¿Él tiene razón, Fonteio? -le preguntó a su comprensivo informante-. ¿Marco Antonio es incapaz de comandar una gran empresa?

Sorprendido y agitado, Fonteio maldijo para sus adentros la irascible lengua de Ahenobarbo.

– No, su majestad, no tiene razón. Pero tampoco estaba diciendo lo que tú piensas. Si tú no hubieras acompañado al ejército a Zeugma con la intención de ir más adelante y haber dicho lo que pensabas en los consejos, los hombres como Ahenobarbo no hubiesen tenido ningún argumento para criticar, Lo que dice él es que te entrometiste en la aventura al insistir en que se condujese de una determinada manera, que, sin ti, Antonio hubiese sido un hombre diferente, y no hubiese ido a la derrota sin batalla.

– ¡Oh, eso no es justo! -dijo ella, sorprendida-. ¡Yo no tengo ningún tipo de mando sobre Antonio! ¡Ninguno!

– Te creo, señora. Pero Ahenobarbo nunca lo hará.

Cuando el ejército comenzó a moverse hacia Leuke Kome tres nundinae después de la llegada de la reina de Egipto, se encontró con la pequeña bahía abarrotada con barcos y una gran cantidad de campamentos instalados en las afueras de la ciudad. Cleopatra había traído médicos, medicinas, todo lo que parecía ser una legión de panaderos y cocineros para alimentar a los soldados con mejor comida que la que le daban sus sirvientes no combatientes, camas cómodas, ropas limpias; incluso se había tomado la molestia de mandar a sus esclavos a que quitasen los erizos de las zonas menos profundas de la playa para que todos se pudieran bañar libres de las peores molestias que había en aquel extremo del Mare Nostrum. Si Leuke Kome no era exactamente los Campos Elíseos, para el legionario medio parecía algo muy cercano. Los espíritus se animaron, sobre todo entre aquellos hombres que no habían perdido los dedos.