– Estas medias son nuevas -dijo-. ¿Te gustan?
Paul tragó con dificultad. Se quedó mirándole los pies, los tobillos, sin ver las malditas medias, en realidad.
– Tendría que haber traído comida campestre dijo, pues Paul estaba de pie, inmóvil como un árbol, sin dejar de mirarle las piernas.
Eso le provocó un inmenso placer. Pensó en levantarse más la falda, pero muchos años de reglas y pudores la reprimieron.
Paul parpadeó.
– Pienso que, después de más de dieciocho años, no quiero que ninguna pata de pollo se interponga entre nosotros. Tus medias son adorables.
– Oh, creí que estabas mirando el suelo.
Paul rió.
– No, no era eso lo que creías. Sabes bien que esos malditos juncos no tienen el menor interés para mí.
Se sentó cerca de ella. De repente, Ann se sintió acalorada y, con dedos trémulos, se desató la cinta que le sostenía el sombrero, bajo la oreja izquierda.
El médico recogió el sombrero y lo arrojó con suavidad a un costado. Llevó lentamente la mano a la cara de la mujer, y fue deslizando los dedos por la mejilla tersa, la nariz recta, hasta posarlos con suavidad sobre los labios sonrosados.
– Tus tobillos son adorables, tu cabello es adorable pero, sobre todo, eres tan hermosa por dentro que dudo si alguna vez llegaré a merecerte.
– ¿Tú, merecerme a mí? Oh, Paul, por Dios, al contrario. No, tú eres perfecto. No he visto tus tobillos, pero sé que tengo deseos de pasar mis dedos por tu pelo y contemplarte. ¿Puedo contemplarte los próximos cincuenta años?
Eso era algo delicioso, que no se le había pasado por la cabeza. Había rogado que sucediera algo así, pero no lo esperaba.
– ¿Estás proponiéndome matrimonio?
Deslizó con suavidad la mano por la nuca de la mujer, sobre la gruesa trenza de cabello rubio, y la atrajo hacia él. Le pareció una muchacha joven, preparándose para recibir el primer beso. Tuvo el buen tino y la paciencia de comprender que el gesto era tentativo, aun cuando le hubiese hecho una propuesta. Deseó que, en verdad, hablara de matrimonio. Ann tenía la vista fija en la boca de él, y no le respondía. La besó con ternura, rozando apenas los labios de ella con los suyos, saboreándola, probando la suavidad de su boca. Sintió en ella una respuesta vacilante y, apoyándole con delicadeza las manos en los hombros, la hizo acostarse de espaldas. Los ojos de Ann se abrieron de golpe, y vio en ellos incertidumbre, miedo, quizá. Era probable que fuese miedo. Estaba avanzando con demasiada rapidez. La soltó de inmediato y se apoyó en el codo, junto a ella. Durante años, tuvo la certeza de que el conde no la había tratado bien. Sin embargo, tenía un aire de fragilidad e inocencia que ni el esposo había sido capaz de extinguir. Tal vez, cuando estuviesen casados, le hablaría de él.
– Ann, ¿tienes la intención seria de proponerme matrimonio? Si quieres contemplarme tanto tiempo, la única solución es que nos casemos, el único modo de que los vecinos no murmuren sobre nosotros.
La mujer le sonrió con una sonrisa lánguida e intencionada, ya despojada de incertidumbre, y respondió:
– En realidad, me temo que debo hacerlo, Paul. Si besara a un hombre con el que no pensara casarme, me sentiría demasiado casquivana.
– Entonces, tengo que besarte, para asegurarme por partida doble de que me aceptes.
Estaba riendo cuando la besó, y su lengua penetró en la boca de ella. Ella no pudo disimular el súbito miedo que le hizo apretar los dientes contra él. En un instante, se convirtió en el conde, y ya no era Paul el que apretaba su boca contra la de ella, magullándola, obligándola a abrir los labios. Cuánto había odiado esa lengua mojada, insistente… aun cuando el difunto no se tomaba demasiado tiempo para besarla. No, quería tenerla de espaldas, desnuda y silenciosa, abierta y dispuesta.
Paul se echó atrás de inmediato. Ya no había ternura en su mirada ni en su voz:
– Yo no soy el maldito conde -dijo-. Mírame, Ann. No soy el hombre que te lastimó y te humilló. -La mujer estaba temblando. Paul le tomó la mano y le besó los dedos-. Jamás te haría daño. Nunca te humillaría. Nunca te haría sentirte menos que nada. Tú lo sabes. Me conoces. Sabes que sería capaz de protegerte con mi vida.
– Sé que lo harías. No volverá a pasar.
– Podría volver a pasar, y no importa. Pronto estarás libre de él. ¿Me crees?
Le creyó.
– Lo odiaba tanto… lo odiaba tanto como Arabella lo adoraba.
Paul quiso saber lo que le había hecho ese canalla, pero sabía que no era justo presionarla. No, si Ann quería, en algún momento se lo contaría. Tenía que recordar que ese miserable estaba muerto, y él no. Los recuerdos de Ann se desvanecerían hasta desaparecer. Paul la tendría para siempre. Le preguntó en voz queda:
– ¿Confías en mí, Ann?
Ann levantó los dedos para tocarle la boca.
– Confío en ti más de lo que le temía a él -dijo, sin rodeos.
La atrajo a sus brazos y la estrechó con ternura contra él. Apretó la mano en la parte baja de su espalda, y sintió que ella se acurrucaba contra él, que los pechos plenos se apretaban contra el pecho de él, que el vientre y los muslos de ella se tocaban con los de él. Ann le rodeó el cuello con los brazos y hundió la cara en el cuello del hombre. Le bastó con tenerlo cerca, sentir su aliento tibio en la espalda, para sentirse desbordante de felicidad.
Paul esperaba que Ann no sintiera cómo su sexo endurecido empujaba contra el vientre de ella. Esa fue una de las pocas veces en su vida que agradeció las numerosas capas de ropa que usaban las mujeres. Quería acariciarle las caderas, besar cada una de sus deliciosas curvas, pero ordenó a sus manos que permanecieran quietas en la espalda de ella.
Quería quitarle la ropa, acariciarla, besarla, y penetrarla. Quería que ella lo estrechase contra sí. Quería revelarle el placer de una mujer. Pero, pese a las bromas y las bravatas de Ann, era demasiado pronto. Si bien le resultó difícil, se obligó a mantener la calma. Permanecieron abrazados hasta que el sol comenzó su rápido descenso.
Lo despertaron unos besos leves en la barbilla, las mejillas, la nariz. No podía creerlo: ¡se había quedado dormido!
– Maldición -dijo, al tiempo que le hacía volver la cara con el pulgar y la besaba en la boca-. ¿Cuánto hace que estás aprovechándote de mí? -dijo, dentro de la boca de ella.
Ann se sobresalió, y luego sonrió. A continuación, sin aviso previo, se colocó sobre él, le rodeó la cara con las manos, separó los labios y lo besó con gran entusiasmo. Se le había soltado el cabello de la trenza, y ahora formaba una densa cortina a ambos lados de la cara de Paul. La fragancia de la mujer lo enloqueció. Aunque no quería asustarla, lanzó un gemido profundo y ronco.
No estaba asustada, más bien, entusiasmada. Paul quiso penetrarla en ese mismo instante, pero tuvo la prudencia de dejarla conservar el control. Debía tener paciencia; tenía que seguir un curso de acción firme. Por el amor de Dios, era un médico, no un vulgar muchacho ignorante. Gimió, y alzó las caderas.
– Ann, esto es demasiado para mí. Dieciocho años esperando para poseerte son muchos.
Ann alzó la cabeza y lo miró a los ojos.
– Es un tiempo ridículamente largo -dijo-. Es demasiado. Si esperas un minuto más, tendré que desvariar otra vez sobre los macizos de lirios.
Rió, al mismo tiempo que se levantaba de un salto y se desabotonaba el vestido. Paul se quedó mirándola. No había en ella vacilación ni temor, sólo ese bello rostro enrojecido por la excitación, por la expectativa. Cuando estuvieron los dos tendidos sobre el abrigo, desnudos, uno en brazos del otro, los dos reían. Y cuando, al fin, él se unió hacia ella, Ann lo recibió con un suave gemido. Y cuando gritó, Paul atrapó en su boca los gritos, y se entregó a ella por entero.
La creía dormida, cuando dijo:
– Paul, esta es la primera vez que he sentido placer. Es algo:que no hubiese podido imaginar. Contigo, entre nosotros, ¿siempre será así?