Выбрать главу

– Si no lo es, me cortaré las muñecas.

– Yo no sabía…

Paul le besó una oreja.

– No, siempre supe que no sabías. Ahora, ya lo sabes. Olvida todo lo demás, Ann. Ahora, somos sólo nosotros. Te daré placer hasta que los dos estiremos la pata y pasemos al más allá.

– ¿Y yo te he dado placer a ti?

Parecía insegura, quizás hasta asustada. Paul le dio un beso en la punta de la nariz.

– Si me dieses un poco más, necesitaría un médico.

Bostezó.

Ann le mordió un hombro, probó el cálido sabor almizclado de su carne, y lo besó de nuevo.

– Este placer-no, no te burles-, es extraordinario. Sabía que algo me sucedería, pero no se me ocurrió que me sacudiría hasta los dedos de los pies y me erizaría los cabellos.

Elle acarició el cabello.

– Ann, hay infinitos modos de brindarte placer.

Apoyándose sobre un codo, Ann se inclinó sobre él, y mordiéndose el labio inferior, preguntó:

– Cuántos?

Paul gimió:

– Antes de que termine el año, seré hombre muerto. Basta, Ann, hoy estas demasiado inflamada para que podamos unimos otra vez. No, no te pongas pudorosa conmigo. Todavía no estás acostumbrada a un hombre, y yo no tengo intenciones de causarte dolor. Y ahora, quiero que me distraigas. No se hable más de placer. Pero quiero que sepas algo. Es algo muy importante: Te amo. Sólo a ti. Siempre has sido sólo tú.

La amaba. Sólo a ella.

– Y yo te amo a ti -susurró, con la boca contra el hombro de él.

Tuvo conciencia del dolor entre las piernas. En realidad, no le molestaba. Era maravilloso, era extraño, y tuvo ganas de sentirlo cada momento del resto de su vida. Suspiró, y besó la boca cerrada del hombre.

– Distráeme, Ann, lo digo en serio.

Ceñuda, dijo:

– ¿Qué vamos a hacer con respecto a Arabella y Justin?

– Esto es muy brusco. Yo esperaba una transición paulatina, más lenta, entre la pasión y los problemas del mundo. Heme aquí: soy sólo un pobre hombre, cuya mujer ha abusado de su cuerpo para su propio placer, me ha estrujado hasta dejarme convertido en una cáscara, y ahora no hace caso del hecho de que aún tengo la mano sobre su bello trasero.

Ann se movió, y Paul se quejó.

– Si no terminas con eso, jamás podré expresar un pensamiento coherente. No, distráeme, juro que no volveré a quejarme… al menos en diez minutos. Veamos, estás preocupada por Bella y el conde.

Comprendió que no podría pensar mucho tiempo si no se apartaba de ella. Por mucho que odiase hacerlo, se apartó, se levantó, y empezó a vestirse. Ann lo imitó. Pronto, estaba ayudándola a abotonarse el vestido. Se inclinó y le besó el cuello. Estaba húmeda de transpiración, y su carne tenía un sabor maravilloso.

– ¿Sabes, Ann? -dijo, pensativo-. Creo que las dificultades de ellos tienen relación con el conde francés.

Lady Ann se sobresaltó.

– ¿Gervaise? Eso es imposible. No veo de qué modo Gervaise esta relacionado con los problemas de ellos.

– He visto cómo lo miraba Justin, y me resulta evidente que lo desprecia. Apuesto a que lo retaría a duelo si no estuviese prohibido por la ley. Justin es lo bastante inteligente para comprender que, si matara al conde, tendría que huir del país, y en caso de haber un duelo, desde luego lo mataría. Pero quiere hacerlo. Las ganas de hacerlo están carcomiéndolo. Además, desconfía de él. No confía ni un poco. Creo que ha encargado hacer averiguaciones sobre él en Londres, pero todavía es muy pronto para que haya recibido una respuesta. He estado pensando en el motivo que puede tener, y lo único que se me ocurre es que está celoso de él.

– Celoso -repitió Ann, arrastrando las palabras, mientras metía los mechones sueltos en la trenza de la nuca-. ¿Celoso? ¿Y por eso lo desprecia? ¿Cómo es posible que Justin esté celoso de ningún otro hombre? Es apuesto, sabe hablar, tiene título. Eso no tiene sentido para mí. -Le tocó a ella suspirar-. Quizá tengas razón, pero me parece improbable. Arabella no advierte que Gervaise está vivo, siquiera, podría jurarlo. Creo que hasta siente cierto desdén hacia él. ¿Será por su sangre francesa? No lo sé, es posible. Después de todo, sigue el ejemplo de su padre en muchos aspectos, y él nunca hizo un secreto de lo que opinaba de los extranjeros. -Guardó silencio un momento, y añadió-: Pero Justin la lastimó mucho la noche de bodas, ¿sabes, Paul?

– Bueno, era virgen. Era inevitable cierto dolor.

– No, fue mucho más que eso. -Le contó lo de la bata desganada, y la sangre que había por toda la cama-. Cuando le hablé a Justin, me dio la impresión de que no sólo era desdichado sino que también estaba enfadado. Estaba furioso, pero tiene ese control férreo sobre sí mismo. En cuanto a mi hija, trató de actuar como si nada hubiese pasado, pero puedes ver tú mismo que nada va bien.

– No tenía idea -dijo Paul, dándole el brazo y empezando a alejarse del estanque-. Hubiese creído que nuestra confiada Bella habría seducido al novio sin pedirle permiso. En cuanto a Justin, no puedo creer que sea tan inexperto parar asustarla. De modo que es otra cosa. Maldición, qué difícil, Ann. ¿Crees que la forzó?

– Sí, eso creo: Le tiene miedo. ¡Mi hija, con miedo! La he observado. No quiere que él ni nadie lo sepan, pero está asustada. Tenemos que hacer algo, Paul. Ya sé, le diré a Gervaise que se marche. Si é1 se va, seguramente Justin superará su enfado.

– No, no te corresponde esa decisión, Ann. Si, por alguna extraña razón Justin cree que Arabella quiere más a Gervaise que a él, es quien tiene que decidir qué hay que hacer. Como no ha matado al joven y tampoco le ha ordenado que se marche de Evesham Abbey, entonces es que tiene otra cosa en mente. Justin juega a fondo. Tengo ' entendido que es famoso por sus estratagemas militares. Yo confiaría en él. Por otra parte, no tenemos otra alternativa.

– Ahora que lo pienso, fue extraño que me hablara tanto de Magdalaine, ¿sabes?

– Buen Dios, ¿Gervaise quería saber cosas sobre Magdalaine? ¿Por qué? ¿Qué te preguntó?

– Quería que le contara la vida de ella en Inglaterra. Claro que yo sé muy poco al respecto. Había muerto mucho antes de que yo apareciera. Te cuento que, después, Gervaise me contó que la familia de ella fijó una dote singularmente elevada con el conde. Al parecer, no toda la dote le fue entregada al conde antes de la boda. En realidad, no sé por qué me contó todo eso, pues Magdalaine murió muy poco después de regresar de Francia, menos de dos años después de haberse casado con el conde. -Hizo una pausa y alzó la vista, exhibiendo una súbita sonrisa-. Qué estúpida soy, Paul, pero si tú estabas atendiéndola cuando murió, ¿no es cierto? Si quisiera saber más con respecto a su tía, Gervaise tendría que hablar contigo.

El doctor Branyon apartó la vista, y cuando por fin habló, el tono era adusto.

– Sí, estaba con Magdalaine cuando murió. En cuanto a la dote, no sé nada del arreglo que hizo la familia de ella con el conde. Pero me pregunto por qué nuestro pequeño gallo francés te dijo todo eso. ¿No te dio ninguna razón, ninguna explicación?

– No, en realidad no.

Mientras recorría el sendero que corría entre los geométricos canteros, Paul le preguntó:

– Ann, ¿el muchacho quiso saber alguna otra cosa de ti?

– Nada de importancia, pero casi me hizo reír a carcajadas. Se preguntaba por las joyas Strafford. Suponía que yo, por ser condesa, debía de tener un cofre de joyas digno de un rescate real. Le dije que no era así, en absoluto.

– Aja -fue toda la respuesta del doctor Branyon hasta que llegaron a la escalinata de entrada de Evesham Abbey. Tomó la mano de lady Ann y se la oprimió. Sumergió la mirada en los bellos ojos de ella-. Escúchame. Ahora eres mía, Ann, toda mía. Te amaré hasta que me marche al más allá, y si después mi alma flota por ahí, seguiré amándote. No esperemos más de ocho meses. Cásate conmigo, Ann. Pronto. Muy pronto.