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También Elsbeth estaba arrebolada, pero por causa de lord Graybourn. De pronto, se le ocurrió que la vida era caprichosa, y supo que estaba disfrutando mucho.

El conde levantó la vista, vio que los ojos de todos estaban fijos en ellos, y suspiró. Rozó los labios de su esposa con las yemas.

– Más tarde. -Al advertir la evidente alarma en la mirada de Arabella, agregó-: Confía en mí. Resolveremos esto, ya lo verás. Ahora, vete, antes de que pasemos vergüenza los dos. Tu vestido no se manchará.

– No me he sentido embarazada.

El conde se limitó a asentir. No sabía qué estaba pasándole. Si bien no era doloroso, esta mezcla de ternura, furia y lascivia era extraña. Era mucho, pero aún no bastaba.

– Al fin están otra vez con nosotros, en cuerpo y alma -dijo Suzanne.

Elsbeth dijo:

– Cómo me compadezco de la pobre princesa austriaca. Fue arrancada del seno de su familia, de su país, y todo para sobornar políticamente a ese espantoso individuo.

– Querida, no olvide que Napoleón desea con vehemencia un heredero -dijo lord Graybourn, impresionado por la sensibilidad de la tímida joven.

– Pobres de nosotras -dijo Suzanne, pero luego lo estropeó con una risa disimulada-. Nos compran y venden, con el único propósito de que seamos las portadoras de sus preciosos apellidos.

El conde rió:

– Vamos, señorita Talgarth, nos pinta usted como a tipos sin escrúpulos. Sin duda, tenemos nuestra utilidad.

Lo dijo mirando a su esposa. Ansiaba que ella lo mirase. Le demostraría que podía complacerla, que podía hacerla reír, que brillaran sus ojos. Quería oírla gritarle y vociferarle. Quería todo de ella.

En voz queda, sin mirarlo, Arabella dijo:

– ¿Eso significa que no estás de acuerdo con la mayoría de los hombres, que prefieren que sus esposas permanezcan en un segundo plano, dando a luz a su prole, y trabajando en sus bordados, sin molestar?

El conde era incapaz de imaginar a Arabella en un segundo plano de nada. Siempre estaría al frente, dirigiendo, dando órdenes, riendo, gritándole a él. Repuso:

– Sé que estás hablando en sentido metafórico. No podría imaginarte bordando ni durante cinco minutos. Te volverías biliosa. No, nada de costuras para ti, Arabella.

Suzanne alzó su taza en un brindis burlón por el conde.

– Muy cierto. Bella, admite que su señoría se ha anotado un punto. Ayer mismo, cuando cabalgábamos, no pude sostener una conversación contigo ni cinco minutos.

Arabella miró primero al francés, después a Elsbeth, que conversaba en voz baja con lord Graybourn. ¿Por qué no habría llegado ese hombre antes que el francés? Malditos fuesen sus ojos. ¿Cómo se le pudo ocurrir que podría gustarle Suzanne? Pero tal vez todavía hubiese una posibilidad. Pronto, Gervaise se iría. Quizás, entonces, Elsbeth lo olvidaría. Pero sabía que no podía decírselo al conde. No le creería pero, aunque lo creyese, podría tratar mal a Elsbeth. No quería imaginar siquiera lo que podría hacerle.

Con una sonrisa, Lady Ann dijo:

– Mi querida Aurelia, siempre he admirado la energía de Arabella. Nunca he conocido el aburrimiento: si no tenía ganas de darle una paliza en el trasero, estaba riéndome. Sin duda, fui bendecida con ella. Como tú con Suzanne. Qué muchacha tan brillante, risueña, divertida. Debes de estar muy orgullosa.

A Suzanne casi se le cayó la taza de té, y se quedó mirando a lady Ann. A lo largo de sus dieciocho años, había habido momentos en que deseó que lady Ann fuese su madre. Se habrían llevado tan bien… bueno, quizá no, pero Arabella era hija de su padre. Sólo de su padre. No había en ella nada de la madre.

– Eso sí -dijo Aurelia, con vaguedad, mirando a su hija como si quisiera estrangularla.

– Usted ha sido bendecida con su hija, Ann -dijo el conde-. Y ahora, yo lo seré con mi esposa.

Arabella lo miró, y se preguntó: ",Tendré que mentir para que me admires? ¿Para que me aceptes?".

Lord Graybourn le preguntó de nuevo a Elsbeth:

– ¿Viajará usted a Londres, querida?

– Todavía no, señor. Había pensado…

Elsbeth cayó en un silencio embarazoso, y sus ojos se posaron en lady Ann.

Esta dijo con compostura:

– En este momento, nuestros planes son un tanto indefinidos, lord Graybourn. Pero no dudo de que Elsbeth nos acompañará en una larga visita, durante el invierno.

– Oh, Bella, ¿así que irás a Londres? ¡Qué divertido! Tomaremos por asalto a la sociedad. Ah, sí, hay unas cuantas narices que me gustaría retorcer, y tú me ayudarás, y nos reiremos y conspiraremos. Una de ellas es Lucia Applebaum.

En la voz tranquila de lady Ann se percibió un atisbo de desafío.

– No, Suzanne, no me refería a Arabella. Elsbeth vendrá a Londres con mi marido y conmigo.

25

Se hizo un silencio mortal en el gran salón, hasta que lady Talgarth se echó atrás en la silla. Caramba, estaban allí por una visita de cumplido, y ni siquiera pudo comer la última porción de pastel de limón. Pero ahora, eso no importaba. Jamás habría esperado algo tan jugoso como eso.

– Mi querida Ann -dijo, con gran cautela, sin querer creer su buena suerte-, ¿a qué te refieres con eso?

El conde dijo:

– Ann, permítame, dar la feliz noticia a lady Talgarth. En breve, recibiremos en la familia al doctor Branyon, señora. Él y Ann van a casarse.

– Mis felicitaciones, lady Ann -dijo lord Graybourn, ignorando que se había metido en aguas peligrosas.

– Se lo agradezco, lord Graybourn -dijo la dama, con un cabeceo-. El doctor Branyon ha sido un leal y querido amigo de la familia durante muchos años. Y ahora, será más que eso. Será mi esposo, y padrastro de Arabella.

Lady Talgarth resopló.

– Mi querida Ann, espero que no estés hablando en serio. Eso sería muy raro de tu parte. Es un médico, trabaja, por así decirlo, aun cuando lo haga con personas enfermas. No es lo que cabría esperar. Supongo que es un caballero, pues su padre era squire en uno de nuestros condados más remotos, pero es hijo segundo.

La madre y la hija se unieron. Arabella se volvió hacia la escandalizada lady Talgarth y alzó sus negras cejas en un gesto tan arrogante como los que eran habituales en su padre.

– Me atrevería a decir que sería raro para algunos. En lo que a mí se refiere, mi madre es demasiado joven y hermosa para seguir viuda. Mírela: todos creen que es mi hermana. Con respecto al doctor Branyon, es un caballero, haga lo que haga, además de ser apuesto y bondadoso. Yo le doy la bienvenida como padrastro. No sólo me querrá, sino que me garantizará que viviré hasta los noventa…, es la ventaja de tener un padrastro médico.

Ah, muy bien hecho. El conde estaba tan complacido con ella que quiso levantarla de la silla, besarla, y llevará inmediatamente al dormitorio de ambos. Ansiaba quitarle toda esa ropa lamentable. Maldición, estaba olvidando, y no quería. Muy bien, había tenido un motivo para acostarse con el francés, pero tendría que decírselo. Advirtió que estaba pensando lo mismo una y otra vez. Hasta él estaba harto. Y había desaparecido la última porción de pastel de limón. ¿Quién la había arrebatado?

Lady Talgarth quiso tirar de las orejas a Arabella, cuando Suzanne dijo, tomando entre las suyas las manos de lady Ann:

– Pienso que es maravilloso, lady Ann. El doctor Branyon es un buen hombre y, además, me ha curado de algunas enfermedades cuando era niña. Mi padre le hubiese dado la luna, si pudiera. Y, y ahora, está tratándolo de la gota. Por otra parte, usted está habituada a ser independiente. En lo que a mí respecta, si tuviese que vivir en el hogar de Bella, me mudaría a una tienda de campaña. Es para asustarse. Empecé a sentir pena por el conde, hasta que vi cómo la hace callar.

– Desde luego, eso es más que suficiente -dijo Arabella-. Has desintegrado mi carácter y lo has esparcido a los cuatro vientos. Te lo agradezco.

Lady Ann dijo, con calma: