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Oliver Rollins acertó a saludar entrecortadamente, antes de ser arrastrado.

Un suave golpe de abanico en el brazo hizo darse vuelta a Arabella. Lady Crewe, una formidable viuda de edad indefinida y vivo cabello rojizo que aún no mostraba vetas grises, estaba de pie a su lado, con dos grandes plumas de avestruz de color púrpura que se balanceaban sobre su rostro anguloso.

– Tienes buen aspecto, Arabella. Veo que el matrimonio te sienta bien. Los buenos matrimonios son escasos, ¿sabes? Salvo cuando hay dinero de por medio, claro. Pero vosotros parecéis tan embelesados como mi pavo Larry y su pava, Blanche. Tu padre escogió magníficamente y si estuviese presente, se lo diría. Maldición, ojalá no estuviese muerto. Lamento recordártelo, querida mía, sé que lo quisiste mucho. -Palmeó la mano de Arabella, al tiempo que la mirada de sus brillantes ojos almendrados recorrían el salón y se posaban un instante en el conde, que ejecutaba su parte en una danza campesina con la voluptuosa señorita Eliza Eldridge-. Sí -dijo, más para sí misma que para la joven-, el nuevo conde tiene una espléndida figura masculina. Cuánto se parece a tu padre. Y a ti también. Sois muy semejantes. Tendréis hijos muy bellos. Tu padre estaría muy complacido.

Contemplando a su esposo, la muchacha dijo:

– Espero que tengamos muchos hijos. Sí, serán muy hermosos, en eso tiene razón. Sólo espero que tengan hoyuelos en el mentón, como mi padre y como Justin. Mi padre eligió muy bien.

Lady Crewe hizo una pausa, y luego hizo girar una sortija con un enorme rubí que llevaba en su flaco dedo.

– Quizás a tu madre la sorprenda, Arabella, pero no la culpo como la pobre Aurelia Talgarth por casarse con el doctor Branyon. ¡Qué mujer tan tonta! Todas esas estupideces que dice acerca de que no es un señor de la nobleza son absurdas. -Sus ojos adquirieron una expresión sagaz-. Tú eres abierta, Arabella, y eso me agrada. Tu padre nunca lo fue, en realidad, pero eso no viene al caso. Ya veo que tú, querida, has aprobado el matrimonio de tu madre con el doctor Branyon. Es una actitud inteligente de tu parte. Es una demostración de madurez que refresca y complace.

– Mi madre es muy hermosa, y es demasiado joven para pasar la vida sola. Por otra parte, siento mucho cariño por el doctor Branyon, lo he conocido toda la vida. No existe hombre más bondadoso. Me alegra que vaya a ser mi padrastro.

Sin dejar de mirar hacia lady. Ann, y en tono reflexivo, lady Crewe dijo, marcando las palabras:

– Querida mía, te diré que por primera vez en casi veinte años he hallado algo admirable en tu madre, además de su inmensa dulzura y su belleza. Por fin ha demostrado carácter y ánimo parejos a su belleza. Estoy convencida de que le brotó con bastante naturalidad, demostrando que estaba en ella desde siempre. -Añadió, en voz muy baja-: Tu padre era un hombre muy fuerte, muy dominador, incapaz de aceptar el cuestionamiento de una mujer. Sí, ahora tu madre ha vuelto por sus fueros.

Arabella, intentando no perder de vista a Gervaise, estaba un poco distraída.

– Sí, señora -dijo rápidamente.

La dama interpretó mal la respuesta:

– Y bien, Arabella, eres una mujer casada. El hecho de que tu madre haya sobrevivido estos diecinueve años sin haber perdido su juventud me asombra. Es posible que Dios, en su infinita sabiduría, recompense a los inocentes.

Eso captó por entero la atención de la joven. Se volvió hacia lady Crewe, con expresión comprensiva que no hubiese tenido, de no ser por la franqueza con que Justin le había hablado de su padre. Escudriñó el rostro de lady Crewe, y halló en él rastros de una belleza que aún se adivinaba en su orgulloso semblante. Sabía que la dama y su padre habían sido amantes, y eso no le provocaba enfado sino una remota aceptación. Por fin, aceptaba que su padre había sido un hombre, un adulto, y que ella, de niña, creyó ciegamente en la perfección de ese hombre. Pero ya no era una niña.

Lady Crewe percibió la nueva madurez de la joven condesa, la comprensión, luego la aceptación en su mirada… en esos ojos tan iguales a los del padre. Dijo, en tono bondadoso:

– Ven a visitarme, Arabella. Estoy segura de que tendremos muchas cosas interesantes de que conversar. Puedo contarte cosas de tu padre, cosas que quizá no sepas. Era un hombre sorprendente.

– Lo haré, señora -respondió la muchacha.

Comprendió que realmente deseaba conocer mejor a la señora Crewe. Se alejó de la dama para sumarse a la danza con sir Darien Snow, antiguo compañero de su padre. Olía un poco a almizcle y a coñac, en grata mezcla. Con cierta tristeza, advirtió que los años pesaban, inexorables, sobre sir Darien, marcándole profundas líneas en tomo de sus finos labios y de los ojos, y destacando venas nudosas en los dorsos de las manos. Era gentil y discreto, mientras que su padre había sido vocinglero y arrogante. Modesto como siempre, la guió en los pasos con la gracia que da la práctica de muchos años en sociedad. No hablaba, cosa que alivió a Arabella: tenía que vigilar a Gervaise. Vio que estaba bailando con Elsbeth. Maldición, si hubiese un modo de transportar a Elsbeth, de golpe, al otro extremo del salón… Tiró del brazo de sir Darien, llevándolo en la dirección en que estaban Elsbeth y Gervaise. Por lo menos, quería oír de qué hablaban. Al acercarse, oyó que Gervaise decía, con su acariciadora voz cantarina:

– Qué adorable estás esta noche, ma petite. Estas fiestas inglesas te dan realce.

Luego, el empuje de otros bailarines los alejó, y ya no pudo oír más. Ojalá hubiese podido oír más.

En ese momento, Elsbeth le decía al francés:

– Gracias, Gervaise. Disfruto mucho del baile en estas fiestas. Mi tía vivía bastante retirada, y no era muy afecta a las diversiones. -Se interrumpió un momento, y continuó, con cierto matiz de culpa: en realidad, debería haberle escrito a mi tía Caroline. Sabes que lo único que he recibido de ella es bondad. Por supuesto, querrá visitarnos cuando estemos casados.

Qué extraño le sonaba a ella misma, como poco natural, forzado.

El joven no dijo nada, pero le temblaron un poco las manos.

– Sí -logró decir, al fin.

Contempló a su medio hermana, los ojos oscuros brillantes y almendrados, como los de él mismo. Conocía la simple inocencia de ella, su confianza sin desmayos en los que la rodeaban. Ojalá esa vieja Josette le hubiese dicho antes que él no era hijo natural de Thomas de Trécassis, que, en realidad, él y Elsbeth habían nacido de la misma madre. Gracias a Dios no le había hecho el amor la última vez, después de que Josette le reveló, gritando, que Elsbeth era su medio hermana.

Pronto se iría, se marcharía con lo que le pertenecía por derecho. Sin embargo, tenía el deseo de aliviar el dolor que sentiría Elsbeth cuando él se marchara. Equivocó un paso, y la pisó. De inmediato, se disculpó:

– Qué torpe soy, Elsbeth, perdóname, petite. Como ves, hay muchas cosas que no hago bien.

La muchacha le sonrió, pero su sonrisa se esfumó al percibir en él la tristeza, y se apresuró a replicar:

– No es nada, Gervaise. No hables así, te lo ruego. No te haces justicia.

– No, Elsbeth, es verdad. Yo… en realidad, no soy digno de ti. -Se interrumpió, al ver que estaban bailando en el centro de la pista-. Ven -dijo, tomándola de la mano-. Quiero hablar contigo. Salgamos a la terraza.

31

Elsbeth siguió sin vacilar al conde francés, y sin advertir que todos los miembros de la familia los observaban con atención.

Esa noche, afuera hacía frío, pero Elsbeth no lo notó. Se volvió a mirarlo, levantando la cara para recibir un beso, pero Gervaise retrocedió un paso.

– No, Elsbeth, tienes que escucharme. He pensado mucho, pequeña prima. Nuestro plan de huir juntos es imposible. Tienes que entenderlo, Elsbeth. Sería el más infame de los hombres si te apartara de tu familia, si te expusiese a una vida llena de incertidumbre, y eso sería lo único que podría ofrecerte.