Выбрать главу

¿Qué más da un Lenin que un Trotski? ¿En qué es mejor uno que otro? Con ellos empezó todo.

Sin embargo, volvamos a la moderación, a la objetividad. Qué duda cabe que el VTsIK habría acabado por «abolir totalmente» la medida suprema —¿o es que acaso no lo había prometido?—, pero desgraciadamente en 1936 el Padre y Maestro lo que decidió «abolir totalmente» fue... al propio VTsIK. Y el Soviet Supremoque lo reemplazó seguía más bien los pasos de aquel que había cuando Anna Ioánnovna. Y a partir de este punto la medida suprema dejó de ser una verborreica «medida de protección» para convertirse a las claras en medida de castigo.Los fusilamientos de 1937-1938 no podría haberlos entendido ya como «protección» ni siquiera el oído de Stalin.

¿Habrá algún jurista o algún historiador criminalista que pueda aportarnos una estadística rigurosa de estos fusilamientos? ¿Dónde estará ese archivo secretoen el que podamos penetrar y calcular las cifras? No existe ni existirá jamás. Por esto sólo podemos atrevernos a repetir las cifras que una vez alcanzamos a oír como un susurro, como rumores que no hace tanto tiempo, en 1939-1940, corrían de primera mano bajo las bóvedas de Butyrki, cifras aportadas por importantes y no tan importantes sicarios de Ezhov caídos en desgracia, que poco antes habían pasado por aquellas mismas celdas (¡no iban a saberlo ellos!). Decían esos esbirros que en dos años se había fusilado en toda la URSS a medio millón de «políticos» y a 480.000 delincuentes comunes (que entraban en el Artículo 59-3: fusilados «por apoyar a Yagoda»; con ello asestaron un golpe mortal a la «antigua y noble cofradía de los ladrones»).

¿Les parece inverosímil? Si tenemos en cuenta que los fusilamientos no duraron dos años, sino año y medio, podemos calcular (por el Artículo 58) un promedio de 28.000 fusilados al mes. En toda la Unión Soviética. ¿Pero cuántos lugares había donde se llevaran a cabo fusilamientos? Pongamos como cifra muy modesta unos ciento cincuenta. (Aunque había más, naturalmente. Por hablar sólo de Pskov, en muchas iglesias el NKVD utilizó las antiguas celdas de ermitaños que había en las criptas como cámaras de tortura y de ejecución. En 1953 dichas iglesias seguían cerradas al turismo: decían que «eran archivos», cuando de archivos, lo único que tenían era que en diez años nadie había quitado las telarañas. Antes de empezar los trabajos de restauración tuvieron que llevarse los huesos en camiones.) De lo cual se desprende que en cada lugar habrían sido llevadas al paredón seis personas por día. ¿Resulta acaso tan fantástico? ¡Pero si es hasta una cifra baja! En Krasnodar atestiguan que, en el edifico central de la GPU de la calle Proletárskaya, en 1937-1938, ¡cada noche fusilaban a más de doscientas personas! (Según otras fuentes, el 1 de enero de 1939 habían ejecutado ya 1.700.000 personas.)

En los años de la gran guerra patria la aplicación de la pena de muerte fue extendiéndose por diversas razones (por ejemplo, al militarizar los ferrocarriles) y se enriqueció con nuevas formas (el decreto de abril de 1943 que instauraba la horca).

Todos estos acontecimientos iban postergando en cierta medida la prometida abolición total y definitiva de la pena capital, pero la paciencia y la fidelidad de nuestro pueblo acabaron siendo recompensadas: un día de mayo de 1947, losif Vissariónovich se probó una pechera almidonada ante el espejo, le gustó, y dictó al presidium del Soviet Supremo la abolición de la pena de muerte en tiempos de paz (que quedaba reemplazada por los veinticinco años: el cuartillo).

Pero nuestro pueblo es ingrato, criminal e incapaz de apreciar un gesto magnánimo. Por ello, entre gemidos y lamentos, nuestros dirigentes, privados dos años y medio de la pena de muerte, publicaron el 12 de enero de 1950 un decreto en sentido opuesto: «en vista de las peticiones recibidas de las repúblicas nacionales (¿Ucrania?), de los sindicatos (¡benditos sindicatos!, siempre sabían lo que era necesario), de las organizaciones campesinas (esto lo escribiría un sonámbulo, pues el Magnánimo había pisoteado todas las organizaciones campesinas ya en el año de la Gran Ruptura*), y también de las personalidades de la cultura (eso sí es perfectamente verosímil)» se volvía a restablecer la pena de muerte para los «traidores a la patria, espías y saboteadores», cuyo número iba en aumento.

Una vez restablecido nuestro habitual corte de pescuezos, la cosa ya vino rodada: en 1954, por homicidio premeditado; en mayo de 1961, también por robo de bienes del Estado, por falsificación de moneda y por terrorismo en los lugares de reclusión (esto para el que mataba chivatos o amedrentaba a la administración del campo penitenciario); en julio de 1961, por infracción de la legislación en materia de operaciones con divisas extranjeras; en febrero de 1962, por tentativa (levantar la mano) contra la vida de policías y milicianos; y en esta misma época, por violación; y acto seguido también por prevaricación.

Todo esto transitoriamente, hasta la abolición definitiva.Así es como continúa escrito hasta hoy día.

Resulta, pues, que el periodo más largo sin pena de muerte fue el reinado de Elizabeta Petrovna.

* * *

Desde nuestra existencia ciega y acomodada, los condenados a muerte se nos antojan unos pocos seres aislados en manos de la fatalidad. Tenemos el convencimiento instintivo de que nosotrosjamás podremos ir a parar a la celda de los condenados, de que para ello es preciso, si no una culpa muy grave, por lo menos haber llevado una vida excepcional. Por tanto, si antes no nos replanteamos a fondo todo cuanto hay en nuestra mente, es imposible que podamos concebir que en las celdas de los condenados han estado multitud de personas de lo más vulgar, por actos de lo más cotidianos, que han corrido distinta suerte, si bien las más de las veces no han obtenido clemencia, sino la supre(así es como llaman los presos a la medida suprema, pues no pueden sufrir las palabras altisonantes y todo lo nombran de la manera más ruda y concisa posible).

Un agrónomo, responsable agrario de un distrito, fue condenado a muerte ¡por haberse equivocado al analizar el trigo del koljós! (¿No sería porque los resultados de su análisis no complacieron a sus superiores?) Sucedió en 1937.

Mélnikov, presidente de una cooperativa de artesanos (¡fabricaban canutillos para hilo!), fue condenado a muerte porque en el taller una máquina de vapor soltó una pavesa y se declaró un incendio. Fue en 1937. (Aunque lo cierto es que le conmutaron la pena por diez años.)

En la referida prisión de las Cruces esperaban la muerte: Feldman, por posesión de divisas; Faitelevich, alumno del conservatorio, por vender flejes de acero para fabricar plumillas. ¡El comercio ancestral, pan y pasatiempo de los judíos, también se había hecho merecedor de la muerte!

Así pues, ¿cómo maravillarnos de que condenaran a muerte a un joven como Gueraska? El día de San Nicolás, en primavera, este joven campesino de Ivánovo había andado de juerga en un pueblo vecino, bebió más de la cuenta y golpeó con una estaca el trasero... ¡no de un policía!, sino del caballo de un policía. (Cierto que, para mayor indignación del agente del orden, desclavó un listón de la fachada del soviet rural y arrancó el cable del teléfono al grito de: «¡Mueran esos diablos!».)