El que uno dé con sus huesos en la celda de los condenados a muerte no depende de lo que haya hecho o dejado de hacer, sino del giro de una gran rueda movida por poderosas circunstancias externas. Por ejemplo, cuando el cerco de Leningrado. ¿Qué iba a pensar el jefe supremo de la ciudad, el camarada Zhdánov, si en unos meses tan duros no constaban penas de muerte en las actas de la Seguridad del Estado? Pues que los Órganos estaban de brazos cruzados, ¿o qué si no? ¿No debían haberse descubierto grandes conjuras dirigidas desde fuera por los alemanes? ¿Cómo podía ser que en 1919, bajo el mando de Stalin, se descubrieran tantas conjuras y que ahora, en 1942, con Zhdánov, no las hubiera? Y de este modo, ni cortos ni perezosos, ¡se descubren diversas e intrincadas conspiraciones! Mientras uno duerme en su habitación de Leningrado, en la que hace tanto frío como en la calle, una zarpa negra de largas uñas desciende ya sobre su persona. Y desde ese momento nada depende de él. Se designa a una persona cualquiera, al teniente general Ignatovski, por ejemplo. Sus ventanas dan al Nevá, ha sacado un pañuelo blanco para sonarse: ¡es una señal! Además, Ignatovski, como ingeniero que es, gusta de hablar con los marineros sobre el material náutico. ¡Ya es nuestro! Detienen a Ignatovski. ¡Ha llegado el momento de pasar cuentas! Diganos el nombre de cuarenta miembros de su organización. Y los desembucha. De modo que si uno es acomodador del teatro Alexandra,* pongamos por caso, no tiene muchas probabilidades de que salga su nombre, pero si es profesor del Instituto Técnico Superior tiene todos los números para aparecer en la lista. ¿Usted qué hubiera hecho? Así que todos los de lista van derechitos al paredón.
A todos los fusilan. Pero veamos cómo logra conservar la vida Konstantín Ivánovich Strájovich, un destacado ingeniero ruso del campo de la hidrodinámica: cierto personaje de la Seguridad del Estado situado en un escalafón aún más alto anda descontento porque la lista es demasiado corta y son pocos los fusilados. Y se fijan en Strájovich porque les puede servir como centro de una nueva organización que desenmascarar. Lo llama a comparecer el capitán Altschuller: «¿Qué se ha creído usted? ¿Es que cree que vamos a tolerar que confiese todo rápidamente para poder largarse cuanto antes al otro mundo y encubrir a su gobierno clandestino? ¿Qué cargo ostentaba usted en él?». ¡Y así, sin salir de la celda de los condenados, Strájovich entró en un nuevo ciclo de interrogatorios! Les propone que le consideren ministro de Instrucción Pública (¡con tal de terminar cuanto antes!), pero Altschuller no se da por satisfecho. Mientras la instrucción del sumario sigue su curso, van fusilando a los de la lista de Ignatovski. En uno de los interrogatorios, Strájovich monta en cólera: no porque quiera vivir, sino porque está cansado de esperar la muerte y sobre todo, porque la mentira le produce ya náuseas. De modo que en un interrogatorio cruzado en presencia de un oficial de alta graduación, descarga un puñetazo sobre la mesa: «¡A vosotros es a quien acabarán fusilando! ¡No voy a mentir más! ¡Me retracto de todas mis declaraciones!». Y este estallido sirvió de remedio, no sólo dejaron de interrogarle sino que lo tuvieron olvidado durante mucho tiempo en la celda de los condenados.
Sin duda, un estallido de desesperación en medio de tanta sumisión siempre sirve de algo.
Ya ven lo mucho que se fusiló: primero miles, luego centenares de miles. Dividimos, multiplicamos, suspiramos, maldecimos. Y pese a todo, se trata sólo de cifras, que al principio estremecen, pero que más tarde caen en el olvido. Mas si algún día los parientes de los ajusticiados llevaran a una editorial las fotografias de los ejecutados, si se editara un álbum con esas fotografías, un álbum de varios tomos, entonces podríamos pasar las hojas y de esa última mirada de sus ojos apagados quedaría en nosotros algo muy útil para lo que nos resta de vida. Esta lectura, casi sin letras, se depositaría sobre nuestros corazones como una capa perenne.
Una familia que conozco, en la que hay varios antiguos zeks, observa el siguiente rito- cada 5 de marzo, el día en que murió el Asesino Supremo, ponen por las mesas las fotografías de quienes fueron fusilados o cayeron en los campos. Son unas cuantas docenas, tantas como han podido reunir. Y el día entero reina en la casa un ambiente solemne: a veces recuerda un templo, a veces un museo. Suena música fúnebre. Vienen los amigos, contemplan las fotografias, guardan silencio, escuchan, conversan en voz baja; se van sin despedirse.
Si hicieran así en todas partes... Al menos quedaría en nuestros corazones una pequeña cicatriz.
¡Y así, todas estas muertes no habrían sido en vano!
¿Cómo sucede todo esto?¿Cómo es la esperade esos hombres? ¿Qué sienten? ¿En qué piensan? ¿Qué decisiones maduran en ellos? ¿Cómo van a buscarlos?¿Cuáles son las sensaciones en los últimos minutos? ¿Y cómo..., bueno, cómo los... exactamente?
Es natural ese enfermizo afán de los' hombres de mirar tras la cortina (aun estando convencidos de que a ninguno de no-sotrosjamás nos ha de ocurrir esto). Es natural también que los relatos de los supervivientes acaben siempre antes de llegar a los últimos instantes, puesto que fueron indultados.
Lo que ocurre en los últimos instantes lo saben los verdugos. Pero ellos no hablarán. (¿Para qué va a querer contar nada el famoso tío Liosha, de la prisión de las Cruces, que retorcía para atrás los brazos de los condenados, que les ponía las manillas, y que embutía un trapo en la boca del desgraciado si éste gritaba al cruzar de noche el pasillo «¡Adiós, hermanos!»? Seguramente ande todavía por Leningrado, muy bien vestido él. ¡Si os lo encontráis en una cervecería de las islas* o en el fútbol, preguntadle!)
Pero tampoco los verdugos lo conocen todo hasta el final. Cuando descarga en la nuca del condenado la bala de su pistola, silenciada por el estruendo de motores de automóvil que siempre acompaña a las ejecuciones, el verdugo está estúpidamente condenado a no entender lo que está haciendo. ¡Ni siquiera él sabe lo que ocurre en el último instante!Eso sólo lo saben los muertos; por tanto, nadie.
A decir verdad, tenemos al escritor, que, aunque de manera vaga y confusa, algo sabe de lo que ocurre hasta el momento mismo en que se descerraja el tiro, en que el dogal ahoga.
Y con ayuda de los indultados y de los literatos nos hemos formado un cuadro aproximado de la celda de los condenados. Sabemos, por ejemplo, que de noche no duermen, sino que esperan.Que sólo se sosiegan por la mañana.
Narokov (Márchenko), en su novela Las grandezas imaginarias,muy perjudicada por haberse impuesto el autor la tarea de escribir al estilo de Dostoyevski —y aun de desgarrar y conmover el corazón del lector más que el propio Dostoyevski—, sin embargo, describe muy bien, a mi entender, la celda de los condenados y la escena misma del fusilamiento. [233] 34No es algo que hayamos podido comprobar, claro está, pero tiene visos de verosimilitud.
En cambio, las conjeturas de literatos anteriores, por ejem ploLeonid Andréyev, tienen ahora, lo quieran o no, un resabio de los tiempos de Krylov. Pero es que por otra parte ninguna persona, por desbordada que fuera su imaginación, habría podido imaginarse, por ejemplo, las celdas de los condenados de 1937. No hay duda de que en caso de intentarlo, el escritor habría recurrido a procedimientos psicológicos: ¿cómo era la espera?, ¿cómo aguzaban el oído? Pero nadie habría podido prever —ni mucho menos describir— las inesperadas sensaciones de quienes esperan la muerte: