Y los verdaderos condenados a muerte, los que habían servido de comparsas en este juego del juez de instrucción, ¿no sospecharían algo cada vez que alguien obtenía el perdón con sólo «arrepentirse»? Bueno, eso ya entra en lo que sería el capítulo de gastos, inevitables en toda puesta en escena...
Se dice que en 1939 a Konstantín Rokossovski, el futuro mariscal, lo llevaron dos veces de noche al bosque para una supuesta ejecución. Llegaron a ponerlo frente a los fusiles, pero luego los bajaron y lo condujeron de nuevo a la prisión. En también la medida suprema utilizada como procedimiento sumarial. Pero bueno, no hay que dramatizar: salió adelante, sigue vivito y coleando y no tiene queja.
Un hombre casi siempre acepta con sumisión que otro lo mate. ¿Por qué hipnotiza de tal manera la pena de muerte? En la mayoría de los casos, los indultados no recuerdan que en su celda alguien se haya resistido. Pero hubo casos. En 1932, en la prisión de las Cruces de Leningrado, los reos de muerte se hicieron con el revólver del celador y abrieron fuego. A partir de entonces cambiaron de táctica: antes de ir a por uno, observaban por la mirilla, irrumpían en la celda cinco hombres, sin armas, y caían sobre el condenado. En la celda habría ocho o diez, pero todos habían apelado a Kalinin y esperaba el perdón. Por esto, cada uno pensaba: «¡Hoy muérete tú, que yo me espero a mañana!». Se hacían a un lado y contemplaban con indiferencia cómo reducían al condenado, cómo éste gritaba pidiendo auxilio mientras le metían en la boca una pe-lotita infantil. (Cuando miras una de estas pelotitas, ¿cómo se te van a ocurrir todos los usos posibles que tiene? ¡Qué ejemplo más acertado para una disertación sobre el método dialéctico!)
¡Esperanza! ¿Nos haces más fuertes o más débiles? Si en cada celda los condenados se unieran para estrangular a los verdugos que entran, ¿no cesarían las ejecuciones más fácilmente que con apelaciones al VTsIK? ¿Por qué no oponer resistencia, si ya se está de todos modos con un pie en la tumba?
¿Acaso no estaba ya la suerte echada desde el mismo momento del arresto? Y sin embargo, no hay detenido que no deje de arrastrarse de rodillas, como si le hubieran cortado las piernas, por el páramo yermo de la esperanza.
* * *
Vasili Grigórievich Vlásov recuerda que en la noche que siguió a la sentencia, cuando lo conducían por las oscuras calles de Kady con cuatro pistolas apuntándole por los cuatro costados, no dejaba de pensar: a ver si éstos me van a pegar un tiro aquí mismo, como provocación, por supuesta tentativa de fuga. ¡O sea que todavía no se creía que su sentencia era una realidad! Todavía tenía esperanzas de vivir...
Luego lo tuvieron en un cuartelillo de la policía y lo acostaron sobre una mesa de escritorio, mientras dos o tres policías montaban guardia sin cesar a la luz de una lámpara de petróleo. Y decían entre sí: «Cuatro días escuchando, y aún no puedo entender por qué los han condenado», «¡Bah, déjalo! ¿Qué entendemos nosotros de estas cosas?».
Vlásov pasó cinco días en aquel cuarto: esperaban a que se confirmara la sentencia para poder fusilarlos allí mismo, en Kady, pues mandarlos a otra parte bajo escolta era más aparatoso. Alguien había enviado en su nombre un telegrama pidiendo gracia: «No me considero culpable y suplico que se me conserve la vida». No hubo respuesta. Durante estos días, a Vlásov le temblaban tanto las manos que no podía sostener la cuchara y sorbía la sopa directamente del plato. Kliuguin fue a visitarlo para burlarse de él. (Poco después del caso Kady, a Kliuguin lo trasladaron de Ivánovo a Moscú. Ese año cruzaban el cielo del Archipiélago fugaces astros de luz encarnada. Había sonado su hora: también a ellos iban a arrojarlos a la fosa, pero ni lo sospechaban.)
No llegó ni confirmación ni indulto, y no hubo más remedio que transportar a los cuatro condenados a Kineshma. Los trasladaron en cuatro camiones desentoldados, uno por condenado, con siete policías en cada uno de ellos.
En Kineshma los encerraron en la cripta del monasterio (la arquitectura monacal, despojada de toda ideología monástica, les fue de perlas). Desde allí fueron transportados en un vagón para reclusos hasta Ivánovo junto con otros condenados a muerte.
En pleno patio de vías de la estación de Ivánovo separaron a tres de ellos del resto de la partida: Sabúrov, Vlásov y uno del otro grupo. A los restantes se los llevaron inmediatamente —o sea, los fusilaron— para no sobrecargar la prisión. Así fue cómo Vlásov se despidió de Smirnov.
A los tres que quedaban los tuvieron cuatro horas en el patio de la cárcel n° 1 al húmedo raso de octubre, mientras entraban, salían o eran cacheados presos de otros traslados. En buena ley, nada podía asegurarles todavía que no los fueran a fusilar aquel mismo día. ¡Esas cuatro horas tuvieron que pasárselas sentados en el suelo, cada cual con sus pensamientos! Hubo un momento en que Saburov creyó que se los llevaban al paredón (pero los condujeron a una celda). No gritó, pero se agarró tan fuerte al brazo de su vecino que fue éste el que gritó de dolor. La escolta tuvo que llevarse a Saburov a rastras, pinchándolo con las bayonetas.
En aquella prisión había cuatro celdas reservadas a los condenados a muerte. ¡Y compartían pasillo con las celdas de los niños y los enfermos! Las celdas de los condenados a muerte tenían dos puertas: una normal, de madera, con una mirilla, y otra con reja de hierro y dos cerraduras (el celador y el jefe de bloque tenían llaves distintas, para que ninguno de los dos pudiera abrir la puerta en ausencia del otro). La celda n° 43 compartía pared con el despacho del juez de instrucción, y por las noches, mientras los condenados esperaban que vinieran por ellos en cualquier momento, los gritos de los torturados les perforaban los oídos.
Vlásov fue a parar a la celda n° 61. Era una celda individual de cinco metros de largo, de un ancho apenas superior a un metro. Había dos camastros de hierro firmemente sujetos al suelo mediante una gruesa barra de hierro, y en cada cama yacían dos condenados, pies con cabeza. Otros catorce estaban tendidos de través sobre el suelo de cemento.
¡Dejaban a cada uno menos de una arshina* cuadrada para esperar la muerte! Aunque se sabe desde hace tiempo que hasta un difunto tiene derecho a tres arshinasde tierra, y a Chéjov aún le parecía poco...
Vlásov preguntó si le fusilaban a uno enseguida. «Pues ya lo ves, nosotros llevamos tiempo aquí y todavía seguimos con vida...»
Y empezó la espera, que ya conocemos bien: nadie duerme en toda la noche, sumidos en la más completa postración, esperan que vengan a buscarlos, escuchan con atención los murmullos del pasillo (la larga espera debilita la capacidad de la persona para resistirse). Las noches más agitadas eran aquellas en que de día le había llegado el indulto a alguien: el indultado se había marchado dando gritos de alegría, pero entre quienes quedaban en la celda se había extendido el miedo, pues junto con el indulto habría llegado también de las alturas alguna petición desestimada, y esa noche vendrían por alguien...