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El vagón-zak es un coche ordinario dividido en nueve compartimientos, de los cuales cinco están destinados a los presos (aquí, como ocurre en todos los rincones del Archipiélago, la mitad siempre corresponde al personal auxiliar). Los compartimientos no están separados del pasillo por un tabique macizo, sino por una reja que permite la vigilancia. Dicha reja está formada por barras oblicuas en aspa, como las de las verjas que delimitan el pequeño huerto que hay en las estaciones, y llega hasta el techo, razón por la cual no encontramos la acostumbrada repisa para el equipaje que sale del compartimiento hacia la parte superior del corredor. Las ventanillas del pasillo son las habituales, pero con esas mismas rejas oblicuas por la parte de fuera. En los compartimientos de los presos no hay ventanas, sólo una pequeña mirilla, también enrejada, a la altura de la segunda litera (no hay ventanillas exteriores, por eso en las estaciones confunde usted el stolypin con un cocherón de equipajes). Cada compartimiento tiene una puerta corredera, que no es sino un marco de hierro también enrejado.

Visto desde el lado del pasillo, todo este conjunto recuerda vivamente un jardín de fieras: rodeadas de rejas, unas desgraciadas criaturas de apariencia humana se retuercen por el suelo y las literas, y nos miran con lástima pidiendo de comer y de beber. Sin embargo, en un jardín de fieras nunca se hacina a los animales hasta tal punto.

Según calculan los ingenieros, que viven en libertad, en el compartimiento de un stalin caben seis hombres sentados abajo, tres tendidos en las literas centrales (que se han unido en un solo catre, con una escotadura junto a la puerta para subir y bajar) y dos arriba del todo, en los estantes para equipajes. Si además de estos once hombres embutimos en el compartimiento otros once (a los últimos los guardianes tienen que meterlos a patadas, si no sería imposible cerrar la puerta) se alcanza un aforo completamente normal para el compartimiento de un stalin. Dos hombres arqueados —apenas podría decirse que sentados— en cada uno de los dos estantes superiores de equipajes, cinco tendidos en la plataforma del medio (son los más afortunados; estos sitios se ganan a brazo partido, y si en el compartimiento hay cofrades*éstos serán siempre quienes los ocupen), y abajo quedan trece personas: diez sentadas en las literas, a razón de cinco en cada una, y tres en el pasillo que dejan sus piernas. En alguna parte, mezclados con los presos, encima de ellos y también debajo, van sus bártulos. Así, con las piernas encogidas al máximo, los presos permanecen sentados varios días seguidos.

¡No, no es que lo hagan expresamente para martirizarlos! El condenado es el soldado raso del trabajo socialista. ¿Para qué martirizarlo si se necesitan sus brazos? Pero por otra parte, si está en este tren no es porque vaya de visita a casa de unos parientes, ¿no? Así que no hay que acomodarlo bien, ¡a ver si encima van a tenerle envidia los que están en libertad! Ya se sabe que tenemos dificultades con el transporte, pero llegará a destino, no estirará la pata.

A partir de los años cincuenta, cuando se establecieron horarios regulares, los presos ya no tuvieron que pasar tanto tiempo en estas condiciones, pongamos que un día y medio o dos a lo sumo. Peor había sido durante la guerra y después de ella: de Petropavlovsk (Kazajstán) a Karagandá un vagón-zak podía tardar siete días (¡con veinticinco presos en el compartimiento!); y ocho de Karagandá a Sverdlovsk (con veintiséis por compartimiento). En agosto de 1945 Suzi viajó varios días en un stalin de Kúibyshev a Cheliabinsk, y había en el compartimiento treintay cincopersonas echadas simplemente unas sobre otras, revolviéndose y luchando entre sí. [253] 46Y en otoño de 1946, N.V. Timoféyev-Ressovski hizo el trayecto Petropávlovsk-Moscú en un compartimiento ¡con treintay seispresos! Durante varios días estuvo suspendidoentre los demás sin que sus pies tocaran el suelo. Luego empezaron a morir algunos, a los que había que sacar de debajo de aquella masa de pies (aunque no inmediatamente, por cierto, sino al cabo de dos días), y de este modo se ganó espacio. En total, su viaje hasta Moscú duró tres semanas . (Al llegar a Moscú, con arreglo a las leyes del país de las maravillas, varios oficialessacaron en brazos a Timoféyev-Ressovski y se lo llevaron en un automóviclass="underline" ¡Venía a contribuir al progreso de la ciencia!) [254]

¿Era treinta y seis la cifra límite? No tenemos testimonio alguno que hable de treinta y siete, pero ateniéndonos a nuestro método científico socialista —el único posible y veraz— y educados como estamos en la lucha contra los «partidarios de la restricción», debemos responder: ¡No, no y no! ¡No existe límite! ¡Tal vez lo haya en alguna parte, pero no en nuestro país! ¡Mientras un compartimiento contenga algunos decímetros cúbicos de aire no desplazado, aunque sea bajo las literas, entre los hombros, cabezas y pies, dicho compartimiento estará todavía en condiciones de acoger más presos! Sin embargo, convencionalmente podemos establecer que el límite equivale al número de cadáveres no desmembrados que pueda contener el volumen total del compartimiento, si se cumple la condición —claro está— de poder apilarlos a voluntad.

V.A. Koméyeva partió de Moscú en un compartimiento en el que había treinta mujeres,la mayoría de ellas ancianas decrépitas desterradas por su fe religiosa (a su llegada, todas ellas, excepto dos, fueron internadas directamente en un hospital). Si no hubo muertes, fue gracias a que también viajaban algunas jóvenes bonitas y desenvueltas, condenadas por «relaciones con extranjeros» que se pusieron a sermonear a la escolta: «¿No os da vergüenza transportarlas así? ¡Pudieran ser vuestras madres!». La escolta recibió con oído atento aquellas palabras —seguramente no tanto por los razonamientos morales de las muchachas como por sus atractivos— y algunas ancianas fueron trasladadas... al calabozo. Pero en un vagón-zak el «calabozo» no es un castigo, sino una bendición. De los cinco compartimientos celulares, sólo cuatro se utilizan como celdas comunes, el quinto está dividido en dos mitades, dos estrechos semi-compartimientos con una litera inferior y otra superior, como suelen tener los revisores de los expresos. El calabozo tiene como finalidad la incomunicación; cuando lo ocupan sólo tres o cuatro personas, es el colmo de la comodidad y el espacio.

No, no era con la intención de martirizarlos a base de sed si durante esos días que pasaban en el vagón, extenuados y apretujados, los alimentaban exclusivamente con arenques o vobla*ahumada en lugar de darles una ración caliente (así fue todos los años, la década de los treinta y de los cincuenta, en invierno y en verano, en Siberia y en Ucrania, y estaría de más presentar ejemplos). No, no era para martirizarlos, porque además, díganme ustedes, ¿y cómo había que dar de comer a

esa chusma estando en pleno viaje? Las ordenanzas no decían nada de comidas calientes (cierto que el vagón-zak contaba con una cocina en uno de los compartimientos, pero estaba] reservada al cuerpo de guardia), tampoco iban a darles sémola sin hervir, ni mucho menos bacalao al natural. ¿Carne en conserva? ¡Sí, hombre! ¡Y encima que engorden! Nada mejor que arenque y un pedazo de pan, ¿pero qué más quieren?

¡Toma, toma tu medio arenque, ahora que puedes, y alégrate! Si eres listo, no darás cuenta de él ahora mismo, sino que te lo guardarás pacientemente en el bolsillo hasta llegar a la prisión de tránsito, donde hay agua. Peor es cuando te dan anchoas del mar de Azov recubiertas de sal gorda y tan húmedas que no se te conservarían en el bolsillo. Hay que recogerlas enseguida en el faldón del chubasquero, en un pañuelo o en la palma de la mano y comérselas. Las anchoas se distribuyen sobre el chubasquero de alguno, mientras que si se trata de vobla,el centinela la echa directo al suelo y los presos se las reparten en las literas o sobre las rodillas.