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P.F. Yakubóvich (En el mundo de los proscritos,Moscú, 1964, tomo 1) comenta a propósito de los años noventa del siglo pasado que en aquella época espantosa, durante las etapas de tránsito hacia Siberia se asignaban a cada preso diez copeks diarios para su alimentación, cuando el precio de una hogaza de pan de trigo —¿de tres kilos?— era de cinco copeks, y una jarra de leche —¿dos litros?— costaba tres copeks. «Los presos viven en la abundancia» observa el autor. En cambio, en la gubernia de Irkutsk, los precios estaban más altos: una libra de carne costaba diez copeks, de modo que «los presos, simplemente, vivían en la miseria). ¿A que una libra de carne diaria por persona no es lo mismo que medio arenque?

Pero si te han dado pescado, tampoco te negarán el pan, e incluso es posible que te echen un poco de azúcar. Lo peor es cuando se presentan los centinelas y anuncian: hoy no habrá de comer porque no nos han entregadonada para vosotros. Y puede que sea cierto, que de verdad no les hayan entregado nada porque en alguna contabilidad penitenciaria se han olvidado de incluir una cifra en la partida correspondiente; aunque también podría ser que sí hayan recibido la entrega pero que al cuerpo de guardia no le alcance la ración (la verdad es que ellos tampoco van muy bien servidos) y hayan decidido pellizcarel pan. Dar a los presos el medio arenque sin el pan hubiera sido sospechoso.

Naturalmente, tampoco se pretende martirizar a los presos si no se les da después del arenque ni agua hirviendo (eso nunca, por descontado) ni del grifo. Hay que ser comprensivos: la escolta es escasa, unos vigilan el pasillo y otros la entrada del vagón; además en las estaciones deben meterse debajo del coche y encaramarse al techo para cerciorarse de que no hayan abierto algún boquete. Otros limpian las armas, y además en determinados momentos deben atender a la instrucción política y al estudio de las ordenanzas militares. Entretanto, el tercer relevo duerme. Les corresponden ocho horas, pues ya no estamos en guerra. Además, el agua hay que traerla de lejos, a base de cubos, y llevarlos es indigno: ¿Por qué un soldado soviético habría de acarrear agua como un mulo para un puñado de enemigos del pueblo? A veces, para clasificar los vagones o engancharlos a otro convoy, el vagón-zak está una docena de horas en un apartadero fuera de la estación (oculto a la vista) de modo que hasta la cocina de los soldados se queda sin agua. Bueno, hay ciertamente una solución: llenar cubos para los zeks en el ténder de la locomotora. Por más que se trate de agua turbia y amarillenta en la que flota el aceite lubricante, se la beben de buen grado; tampoco es que importe mucho, ya que en la penumbra del compartimiento no se ve demasiado, pues no hay ventana ni bombilla, y la única luz viene del pasillo. Pero también hay que tener en cuenta esto: repartir ese agua requiere mucho tiempo, pues los presos no tienen vasos —al que tenía se lo han quitado ya— por lo tanto hay que darles de beber con dos cazos de la administración, y mientras ellos sacian su sed, tú ahí al lado, sacando cazos y escanciando agua, una y otra vez. (Y por si fuera poco, de los presos se emperran en que primero beban los sanos, ¡luego los tuberculosos y por último los sifilíticos! Como si no volviera a empezar todo de nuevo en el compartimiento contiguo: primero los sanos...)

Todo esto lo soportarían aún los de la escolta, acarrearían el agua y la repartirían, si encima esos puercos no pidieran ir al retrete apenas satisfecha su sed. Porque la verdad es que si no les das agua durante veinticuatro horas, no pedirán ir al retrete; si les das una sola vez, también una vez querrán ir al retrete; pero si te compadeces y les das agua dos veces, dos veces querrán salir a orinar. Las cuentas están bien claras: no darles agua y sanseacabó.

Y no es porque les sepa mal que desahoguen el cuerpo ni porque les ensucien el urinario, sino porque es una operación de responsabilidad —uno hasta diría que una operación militar— que moviliza por largo rato al cabo y a dos soldados. Primero hay que colocar dos centinelas: uno ante la puerta del retrete y otro en el extremo opuesto del pasillo (para que no se precipiten hacia allí). Mientras tanto, el cabo abre y cierra sin cesar la puerta del compartimiento, primero para meter al que regresa y luego para dejar salir al siguiente. El reglamento sólo permite dejarlos salir de uno en uno, no vaya a ser que se echen sobre la guardia y se declare un motín. ¡Así resulta que el preso que sale al retrete tiene inmovilizados a los otros treinta de su compartimiento y a los ciento veinte en todo el vagón, eso sin contar al cuerpo de guardia! Por el camino el cabo y los soldados le azuzan: «¡Venga! ¡Venga! ¡Aprisa! ¡Aprisa!», y el preso se apresura, tropieza, como si se dispusiera a robarle al Estado la luna del retrete. En 1949, en el stalin Moscú-Kúibyshev, Schulz, un alemán cojo que ya comprendía las voces rusas de apremio, cubría el camino de ida y vuelta hasta el retrete saltando sobre su única pierna mientras la guardia se reía a carcajadas y le exigía que saltara más aprisa. En una de estas idas, al llegar a la plataforma del final del pasillo, un centinela lo empujó ante el retrete, y Schulz cayó de bruces. Entonces el soldado, furioso, empezó a darle golpes y Schulz, incapaz de levantarse mientras le seguían pegando, se metió a rastras en el inmundo urinario. El resto de guardias se desternillaba de risa. [255] 47

Para atajar todo intento de huida durante los segundos pasados en el retrete, y para aligerar, además, la circulación, la puerta no se cierra, de manera que el soldado pueda observar desde fuera el proceso y acuciar al reo: «¡Venga, venga! ¡Ya está bien, basta!». A veces, se trata de una orden previa: «¡Sólo aguas menores!», y en este caso, el centinela no permite nada más. Y naturalmente, uno no se lava las manos jamás: esos depósitos de pared no tienen bastante agua, ni tampoco se dispone de tiempo. Apenas el preso roza la válvula del agua, ruge el soldado desde la plataforma: «¡Venga ya, no toques, fuera!». (Si alguien guarda en el saco un poco de jabón o una toalla procura no sacarlos por pura vergüenza: ello sería actuar como un panoli.)*El retrete rebosa inmundicia. Pero no importa, —¡rápido, rápido!— el preso vuelve a embutirse en el compartimiento. Con las suelas empapadas de heces líquidas, trepa hacia arriba pisando manos y hombros, hasta que finalmente sus sucios zapatos cuelgan de la tercera litera y gotean sobre la segunda.

Cuando las mujeres hacen sus necesidades, las ordenanzas y el sentido común requieren también que la puerta del retrete permanezca abierta, pero no todos los centinelas se empeñan en ello, los hay permisivos: está bien, de acuerdo, cierre si quiere. (Cuando ya han pasado todas, una de las detenidas debe fregar el retrete y de nuevo habrá un soldado a su vera para que no intente evadirse.)

A pesar de este ritmo trepidante, llevar al retrete a ciento veinte personas requiere más de dos horas, ¡más de la cuarta parte de lo que dura un relevo de tres soldados! ¡Y pese a todo, los presos no se dan por satisfechos! Siempre hay algún vejestorio incontinente que a la media hora ya está lloriqueando y pidiendo que le vuelvan a dejar salir; naturalmente, no se lo permiten y acaba haciéndoselo en el mismo compartimiento, lo que de nuevo trae de cabeza al cabo: ahora habrá que obligarle a recogerlo todo con las manos y a sacarlo fuera.

Conclusión: ¡cuanto menos retrete, mejor! O sea: ¡cuanta menos agua, mejor! Y también poca comida, así no se quejarán de diarrea ni apestarán el aire. ¡Hasta aquí podíamos llegar! ¡Si es que ni respirar se puede en el vagón!

¡Cuanta menos agua, mejor! ¡Pero los arenques, tantos como toquen! No dar agua es una medida sensata, pero escatimar el arenque sería una grave falta disciplinaria.

¡Nadie, absolutamente nadie se había propuesto como meta martirizarnos! ¡El proceder de la guardia era del todo sensato! Y sin embargo, estábamos encerrados en una jaula como los primeros cristianos y nos echaban sal en nuestras lenguas laceradas.