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La guardia tampoco se habia propuesto como meta (aunque a veces sí) mezclar en un mismo compartimiento a reos del artículo cincuenta y ocho con cofrades del hampa y simples delincuentes: sencillamente, los presos eran muchos, mientras que escaseaban los vagones y los compartimientos, y además, el tiempo apremiaba. ¿Cuándo si no iban a clasificarlos? Con uno de los cuatro compartimientos reservado a las mujeres, si había que clasificar los tres restantes, lo más conveniente era hacerlo por estaciones de destino y agilizar así la descarga.

¿Acaso crucificaron a Cristo entre dos ladrones porque Pi-lato quisiera humillarlo? Simplemente, era el día reservado a las crucifixiones, Gólgota no había más que uno, y tiempo, poco. Y fue contado entre los malvados. [256]

* * *

Siento temor de sólo pensar cuánto habría sufrido de encontrarme en la situación de un preso común... Durante el traslado por etapas, tanto los soldados como los oficiales se dirigían a mí y a mis compañeros con atenta cortesía... Como preso político, viajé hasta la penitenciaría con relativa comodidad: en las prisiones de tránsito disfruté de un local aparte, \separado del grupo de delincuentes comunes, tuve a mi disposición un carro en el que iban mis cerca de veinte kilos de equipaje...

...No he querido poner comillas en este párrafo para que' el lector penetrara mejor en su sentido. ¿Verdad que sin comillas el párrafo resulta chocante?

Lo escribió P.F. Yakubóvich en los años noventa del siglo pasado. Ahora que han reeditado el libro para sermonearnos sobre aquellos tiempos tenebrosos, podemos enterarnos de que los presos políticos tenían un cuarto especial hasta en las gabarras, además de una zona especial en cubierta para dar paseos. (Lo mismo que en Resurrección,donde, además, el príncipe Nejliúdov, una persona ajena a la penitenciaría, tiene la posibilidad de visitar a los presos políticos y mantener conversaciones con ellos.) [257]Y sólo porque en la lista de presos «olvidaron poner frente al apellido Yakubóvich la inscripción "preso político", esa palabra mágica»(así lo escribe el autor), en Ust-Kara fue «recibido por el inspector del penal... como un vulgar delincuente común: con grosería, provocación e insolencia». Por lo demás, el equívoco se solucionó felizmente.

¡Qué tiempos increíbles! ¡Mezclar presos políticos con delincuentes comunes casi les parecía un crimen! A los presos comunes los conducían a pie hasta la estación por el centro de la calzada para público escarnio, pero en cambio los presos políticos podían ir en coche (como el bolchevique Olminski en 1899). A los presos políticos no les daban de comer del caldero común, sino que les pagaban unas dietas que les permitían encargar las comidas en algún figón. El mismo bolchevique Olminski rechazó hasta el rancho del hospital porque le pareció basto. [258] 48Y en Butyrki un jefe de bloque presentó disculpas a Olminski porque un carcelero le había tuteado: es que aquí, vino a decir, nos llegan muy pocos presos políticos. ¿Cómo iba a saber el carcelero que usted...?

¡Muy pocos presos políticos!¡En Butyrki! ¿Estaré soñando? ¿Pues dónde los metían? ¡Tanto más que todavía no existían ni la Lubianka ni Lefórtovo!

Rádischev fue conducido con grilletes y como el tiempo era frío le echaron por encima «la repugnante zamarra» de un guardián. Sin embargo, apenas supo esto, Catalina II dispuso que se le quitaran los grilletes y que se le proveyera de todo lo necesario para el viaje. En cambio, en noviembre de 1927, Anna Skrípnikova fue conducida desde Butyrki a Solovki ataviada con un sombrero de paja y ropa estival (llevaba el mismo vestido que cuando la habían detenido ese verano; desde entonces su habitación había quedado precintada y nadie quiso extenderle una autorización para recoger su ropa de abrigo).

Distinguir a los presos políticos de los comunes significa respetarlos como adversarios en pie de igualdad, equivale a reconocer que cualquier persona puede tener opiniones.¡Así, aunque esté el preso en prisión se siente libre políticamente!

Pero desde el momento en que todos nosotros pasamos a ser «KR» —y a partir de que los socialistas no supieron defender su categoría de «políticos»— no podías esperar sino carcajadas de los presos y el desconcierto de los celadores si se te ocurría protestar pidiendo que a ti, un preso político, te disgregaran de los reos de delito común. «Aquí, comunes lo sois todos», respondían los vigilantes con toda sinceridad.

Esta mezcla, este primer e impresionante encuentro, se produce dentro del «cuervo» o en el vagón-zak. Hasta entonces, por más que te hayan vejado durante la instrucción sumarial, por más que te hayan torturado y oprimido, sabes que todo se debía al trato con los de azul, a quienes no se debe confundir con la humanidad y a quienes hay que ver sólo como unos arrogantes esbirros. En cambio, tus compañeros de celda, aunque sean muy distintos a ti por su cultura y su experiencia, por mucho que discutas con ellos, aunque se chivencosas sobre ti, forman parte pese a todo de un género humano, ordinario, pecador y cotidiano, entre el que has pasado tu vida.

Cuando te embanastan en el compartimento del stalin crees encontrarte entre compañeros de infortunio, piensas que todos tus enemigos y opresores han quedado al otro lado de las rejas, no esperas encontrarlos también a este lado. Mas de pronto, cuando alzas la cabeza hacia esa escotadura cuadrada troquelada en la litera central, hacia ese único cielo que se abre sobre ti, puedes ver encima de ti tres o cuatro..., ¡no, no diremos rostros!, ¡ni tampoco caras de mono, pues hasta los simios tienen una expresión más apacible e inteligente!, ¡semblantes repulsivos también sería quedarse cortos, puesto que no guardan ninguna semblanza humana! Ves jetas crueles y abyectas que expresan mofa y ruindad. Cada una te observa como la araña al acecho de la mosca. La reja es su telaraña, ¡y tú has caído en ella! Retuercen los morros como si fueran a picarte en un costado. Cuando conversan, sisean, y disfrutan más con este siseo que con el sonido de vocales y consonantes propio del habla. No se asemeja su garla al ruso más que en los sustantivos y las desinencias verbales: es una auténtica jerigonza.

Esos extraños goriloides las más de las veces sólo visten camiseta, pues en el compartimiento el calor es sofocante. Tienen el pescuezo rojizo y nudoso, los hombros musculosos y abultados, el pecho moreno y tatuado. Jamás han experimentado la opresión que provoca la cárcel. ¿Quiénes son? ¿De dónde proceden? Y de repente, ves una cruz colgando de uno de aquellos cuellos, sí, una pequeña cruz de aluminio prendida de un cordel. Esto te impresiona y te causa cierto alivio: entre ellos hay creyentes. ¡Qué conmovedor! ¡Nada terrible ha de sucederte! Pero justo este «creyente» suelta de pronto una sarta de obscenidades mentando la cruz y la fe (para maldecir sí que emplean algo de ruso) y te mete en los ojos dos dedos separados en forma de «V». No es ninguna amenaza, te los está clavando como diciendo: «¡Te voy a sacar los ojos, carroña!». ¡Esta es toda su fe y toda su filosofía! Y si son capaces de aplastarte los ojos como se aplasta una babosa, ¿qué misericordia vas a esperar para ti y para lo que llevas contigo? La cruz se balancea, y tú diriges los ojos —aún no aplastados— hacia esa salvaje mascarada, y todo tu sistema de orientación se resquebraja: ¿Quién de vosotros ya ha perdido el juicio? ¿Quién está a punto de perderlo?

Crujen y se desmoronan en un instante los hábitos de trato humano que has seguido hasta ahora. En toda tu vida anterior —sobre todo antes de tu detención, pero también después e incluso, en parte, durante la instrucción del sumario— has proferido palabras a otros seres humanos y has escuchado palabrasde ellos, y estas palabras producían un efecto; con ellas se podía convencer, rechazar o ponerse de acuerdo. Recuerdas diferentes tratos humanos —el ruego, la orden, el agradecimiento—, pero ahora te ves sumido en algo que queda fuera de estas palabras y de estos tratos. Desciende ahora hacia ti un emisario de las jetas. Suele ser un jovenzuelo mal encarado cuya desenvoltura e insolencia lo hacen tres veces más repugnante, y ese aprendiz de demonio desata tu saco y te escamotea los bolsillos, pero no registrando, sino palpando, ¡como si hurgara en sus propios bolsillos! A partir de este instante, nada tuyo es ya tuyo, y tú mismo ya no eres más que un maniquí de gutapercha en el que se han colgado cosas superfluas que están ahí para que te las quiten. Nada puedes explicar con palabras a este diminuto y perverso hurón, ni a las jetas de allá arriba. ¡De nada sirve rechazar, prohibir ni rogar! No son personas, de esto has podido darte cuenta en sólo un minuto. ¡Lo único que vale es emprenderla a golpes! ¡Acometerlos a golpes, sin más demora, sin perder tiempo articulando la lengua! Zurrar a ese niñato o a los energúmenos de arriba.