¿Pero cómo vas a poder darle a los tres estando tú abajo? Y a ese chiquillo, por más que sea un hurón asqueroso, ¿cómo vas a pegarle? ¿No bastaría un leve empujón? Pero tampoco lograrías hacerle a un lado, porque de un mordisco el mocoso te arrancaría las narices en menos que canta un gallo, eso si antes los de arriba no te rompían el cráneo (y además llevan navajas, sólo que no las van a sacar para ensuciarlas contigo).
Miras a tus vecinos, a tus compañeros —¡Adelante, resistámonos o presentemos una protesta!—, pero todos tus camaradas, todos los del cincuenta y ocho, ya han sido saqueados de uno en uno antes de que tú llegaras y ahora permanecen sumisos y acuclillados. Y aún gracias si desvían los ojos, porque si no es así, te miran con toda naturalidad, como si aquello no se tratara de violencia ni de pillaje, sino tan sólo de un fenómeno de la naturaleza, como la hierba que crece o la lluvia que cae.
¡Y es que, señores, camaradas y hermanos, dejasteis escapar la ocasión! Debierais haber reaccionado y recordado quiénes erais mucho antes, cuando Struzhinski se prendió fuego en su celda de Viatka, y antes aún, cuando os declararon «contrarrevolucionarios».
De modo que dejas que te despojen del abrigo; que palpen tu chaqueta y desgarren —junto con un jirón del forro— un billete de veinte rublos que llevabas cosido; que arrojen tu saco arriba y lo registren. Ahí se queda todo lo que tu sentimental esposa recogió, una vez dictada la sentencia, para tu largo viaje. Y sólo te devuelven el cepillo de dientes, echado dentro del saco...
En los años treinta y cuarenta no todos se sometieron así. No todos, pero desde luego se rajaban noventa y nueve de cada cien. (Me contaron algunos casos, por ejemplo, el de tres hombres sanos y robustos, resueltos a hacer frente juntos a los cofrades, pero no en defensa de la justicia en general, no en defensa de todos los que eran saqueados a su alrededor, sino sólo en defensa de sí mismos. En otras palabras: mantuvieron una neutralidad armada.) ¿Cómo pudieron llegar a esto? ¡Eran hombres! ¡Oficiales! ¡Soldados! ¡Habían combatido en el frente!
Para combatir con arrojo, el hombre ha de estar dispuesto para el combate, esperarlo, comprender su sentido. Mas aquí no se daba ninguna de estas premisas. Un hombre que nunca antes haya estado en contacto con el hampa no cuenta con tener que librar ese combate y —lo que es más importante aún— no ve la necesidad, pues hasta entonces siempre ha creído (equivocadamente) que sus enemigos son sólo los del ros azul. Todavía harán faltan unas cuantas lecciones hasta que comprenda que ver esos pechos tatuados es verles el trasero a los de azul, hasta que se le revele un principio que los galones nunca exponen en voz alta: «¡Hoy muérete tú, que yo me espero a mañana!». El preso novato desea considerarse preso político, es decir: él está por el pueblo, y con él contra el Estado. Y de pronto, sin esperarlo, empieza a verse cubierto por detrás y por los lados de una roña vivaz, y todas las categorías se mezclan, y las ideas que tuviera tan claras acaban hechas añicos. (Mucho más tarde, el preso recapacita y llega a comprender que esa gentuza va del brazo de los carceleros.)
Para combatir con arrojo, el hombre ha de sentir las espaldas cubiertas, los flancos defendidos y el sostén de la tierra bajo los pies. Mas con los del artículo cincuenta y ocho no se daba ninguna de estas premisas. Después de pasar por una máquina de trinchar como es la instrucción de un sumario político, el hombre queda físicamente aplastado: ha pasado hambre, no ha dormido, se ha helado en los calabozos, ha rodado por los suelos apaleado. ¡Y si sólo fuera el cuerpo! También está quebrado de espíritu. Se le ha inculcado y demostrado que son erradas todas sus opiniones, su conducta durante su vida anterior y su relación con los demás, pues ello le ha causado la perdición. Esa pelota sobada que sale expelida de la sala de máquinas del tribunal, lista para el traslado, no guarda más que ansias de vivir y ni rastro de entendimiento. Aniquilar definitivamente, aislar definitivamente; ésa es la tarea de la instrucción sumarial cuando se trata de encausados por el Artículo 58. Los condenados deben comprender que la mayor culpa que cometieron en libertad fue intentar, de una forma u otra, comunicarse, unirse unos con otros al margen del secretario delpartido, del jefe sindical, de la administración. De este modo, una vez en la cárcel los presos llegan a sentir terror ante cualquier clase de acción colectiva:ya sea presentar una queja a dos voces o firmar en el mismo papel que otro hombre. Disuadidos desde hace tiempo de cualquier idea de asociación, los pseudo-políticos no están ahora dispuestos a unirse en contra de los cofrades. Y mucho menos les pasa por la cabeza procurarse un arma —un cuchillo o una porra— para el vagón o el traslado. En primer lugar, ¿para qué? ¿Contra quién? En segundo lugar, si la utilizas, puedes verte en un nuevo juicio por el implacable Artículo 58 tras el que te condenarán a muerte. En tercer lugar, ya antes de embarcar, si te encuentran una navaja, te castigarán con más dureza que a un cofrade: en manos de un criminal un cuchillo es simple indisciplina, una tradición, una inconsciencia; si te lo encuentran a ti, es terrorismo.
Por último, casi todos los del artículo 58 son gente pacífica (a menudo, ancianos y enfermos) que toda la vida se las han arreglado con palabras, sin emplear jamás los puños, y ahora no están más dispuestos que antes a recurrir a ellos.
Los cofrades han pasado por otro tipo de instrucción sumarial. Su instrucción se reduce a un par de interrogatorios, un juicio fácil y una condena benigna que ni siquiera cumplen hasta el finaclass="underline" antes los amnistían o se fugan. [259] 49A los delincuentes comunes nunca se les ha prohibido, incluso durante lo que dura la instrucción, que reciban los paquetes admitidos por la ley, paquetes abundantes comprados por los cofrades en libertad con su parte del botín. No adelgazan, ni un solo día han enflaquecido sus fuerzas, pues como podemos ver durante el traslado, se alimentan a costa de los panolis. [260] 50 Los artículos del Código sobre hurto y pillaje no sólo no les cohiben, sino que son causa de orgullo, y todo jefe con galones o ribetes azules les confirma en ello: «No importa, eres un bandido y un asesino, pero al menos tú no has traicionado a la patria. Eres de los nuestros.Te enmendarás». Los artículos penales sobre robo carecen de punto undécimo, el de la organización.
Y es que a los cofrades no les está prohibida la organización —¿por qué había de estarlo? ¿Acaso no contribuye a educarlos en el espíritu colectivo, tan indispensable para un miembro de nuestra sociedad? La tenencia de armas es como un juego, no les castigan por ello, respetan su ley(«ellos son lo que son»).