Y un nuevo asesinato en la celda no añade años de condena al asesino, al contrario, le ciñe nuevos laureles.
(Todo esto viene de lejos. Marx no reprocha al lumpen del proletariado más que cierta volatilidad y talante inconstante. Pero Stalin siempre sintió atracción por el hampa, ¿quién, si no, desvalijaba bancos para él? [261]En 1901 sus compañeros de partido y de cárcel ya lo habían acusado de utilizar a delincuentes comunes contra sus adversarios políticos. Y en los años veinte crearía para ellos una benévola expresión: socialmente afines.Andaba en esto también Makarenko: a éstos sí que se les puede enmendar. Según Makarenko, el único foco de criminalidad era la «contrarrevolución encubierta», o sea: esos otros a los que no se puede corregir: ingenieros, sacerdotes, pequeño-burgueses, mencheviques...)
¿Y por qué no habrían de robar, si no hay nadie que les pare los pies? Así ocurre que tres o cuatro granujas bien compenetrados y que no retroceden ante nada tienen a su merced a varias docenas de pseudo-políticos asustados y abatidos.
Con el beneplácito de la autoridad. Con arreglo a la Doctrina Progresista.
Y si las víctimas no se defienden a puñetazos, ¿por qué al menos no intentan quejarse? A fin de cuentas, desde el pasillo se oye todo y justo ahora pasa sin prisa un soldado al otro lado de la reja.
En efecto, la pregunta no es baladí. Se oye hasta el menor ruido, se percibe cada gemido de queja y siempre hay un soldado recorriendo el pasillo, ¿pero por qué no interviene? A un metro suyo, en un compartimiento oscuro como una gruta, están robando a un hombre, ¿por qué, pues, no interviene este guerrero, defensa del Estado?
Pues por todo cuanto llevamos dicho hasta ahora. También él ha sido adoctrinado.
Es más: tras tantos años de tomar partido por los rateros, el soldado ha acabado simpatizando con ellos. El centinela se ha convertido, él mismo, en ladrón.
Entre mediados de los años treinta y mediados de los cuarenta, en esa década del más flagrante desenfreno de los bajos fondos y de máxima opresión contra los presos políticos, no hay quien recuerde un solo caso en el que un centinela impidiera a un cofrade desvalijar a un preso político en la celda, en el vagón o dentro del «cuervo». Pero en cambio sí pueden oírse numerosos casos en que un soldado ha aceptado de los ladrones enseres robados a cambio de vodka, viandas (más apetitosas que el rancho) o tabaco. Son ejemplos ya antológicos.
¿Y es que acaso son muchas las posesiones de un sargento de guardia?: el arma, un capote arrollado en bandolera, la fiambrera y su rancho de soldado. Sería cruel exigirle que escoltara a un enemigo del pueblo ataviado con pelliza cara y zapatos de charol, o quién sabe si incluso con una arroba(es decir, un saco) a cuestas llena de trastos caros traídos de la ciudad, y encima pedirle que se conforme con esta desigualdad. ¿O es que no es una forma de lucha de clases despojarlo de tanto lujo? ¿Es que acaso hay alguna norma escrita?
En 1945-1946, cuando nos llegaban los presos, no de cualquier parte, sino ¡de Europa!, presos que vestían y llevaban en sus sacos artículos europeos nunca vistos hasta entonces, no pudieron resistir la tentación ni los propios oficiales de guardia. Por razón del servicio se habían librado de combatir en el frente, pero al acabar la guerra eso significaba también que estaban lejos del botín. ¿Acaso era aquello justo?
Así pues, no era por casualidad, ni por premura, ni por falta de espacio, sino sólo por codicia, el que la guardia decidiera mezclar a la cofradía con los presos políticos en cada compartimiento del vagón-zak a su cargo. Y los cofrades nunca les defraudaban: dejaban limpios a los castores [262] 51 y todo iba a parar a las maletas de los centinelas.
¿Pero qué hacer cuando el vagón iba repleto de «castores», el tren ya se había puesto en marcha y no había ni un solo ladrón a mano, ni podía contarse con que lo hubiera, ya que aquel día no había estaciones que los expidieran? También se dieron casos de éstos.
En 1947 llevaban a un grupo de extranjeros de Moscú a Vladímir para cumplir condena en la Central de dicha localidad. Los extranjeros llevaban objetos de valor, según quedó claro apenas abiertas las maletas. Visto esto, la propia escoltaemprendió una requisa sistemática de objetos y, para que no se les escapara nada, pusieron a los presos totalmente desnudosen el suelo del vagón, cerca del retrete, mientras ellos registraban y confiscaban. Pero la guardia no reparó en que no los estaban conduciendo a un campo penitenciario cualquiera, sino a una cárcel de verdad. Nada más llegar, LA. Kornéyev presentó una queja por escrito denunciando lo ocurrido. Dieron con la escolta y la sometieron a un registro. Parte de los objetos aún no había desaparecido y fue devuelta a sus propietarios, y por todo lo que no reapareció se indemnizó a los presos en metálico. Según se decía, a los centinelas les impusieron penas de diez a quince años, aunque de todos modos, es imposible verificarlo. Y aún así, las condenas por robo no suelen cumplirse íntegramente.
De todos modos, ése había sido un caso excepcional. Si el jefe de la escolta hubiera sabido dominar a tiempo su codicia, habría comprendido que no le convenía meterse en semejante brete. Veamos ahora un caso más sencillo, tan simple que cabe esperar que hasta fuera corriente. En agosto de 1945 en el vagón-zak Moscú-Novosibirsk (en el que trasladaron a A. Suzi) tampoco había rateros a mano. De todos modos, como tenían por delante un largo trayecto —en vista de lo lentos que iban los trenes de entonces— el jefe de la escolta pudo elegir sin precipitarse el momento más oportuno para llevar a cabo un registro. Los arrestados debían salir al corredor de uno en uno con sus enseres personales. Siguiendo el reglamento de prisiones cada uno debía desnudarse, pero el verdadero sentido del registro no era encontrar cuchillos u objetos prohibidos, ya que los presos volvían de inmediato a su atiborrada celda, donde los otros podían perfectamente haberles guardado todo lo que quisieran. El verdadero objeto del registro era escudriñar sus enseres personales, tanto los que llevaba encima como los de los sacos. El jefe de la escolta, un oficial, y su ayudante, un sargento, permanecieron altivos e imperturbables al lado mismo de los sacos durante el largo registro sin mostrar asomo de aburrimiento. Su pecadora codicia pugnaba por manifestarse, pero el oficial la ocultaba bajo una fingida indiferencia. Era la misma situación que la de un viejo carcamal que se come a las muchachas con los ojos pero que se siente intimidado por los presentes —y también por las propias muchachas— y no sabe cómo comportarse. ¡Qué bien le habrían venido unos cuantos ladrones! Mas, ¡ay!, no los había en ese traslado.
Ladrones no habría, pero sí hombres a los que ya había rozado e infectado el hálito de la cárcel. Ya se sabe, el ejemplo de los ladrones es aleccionador y predispone a la imitación: demuestra que existe una manera fácil de darse la buena vida en prisión. En uno de los compartimientos viajaban dos ex oficiales, Sanin (de la Marina) y Merezhkov. Ambos eran condenados por el Artículo 58, pero eso no impedía que se hubieran adaptado ya al medio. Con el apoyo de Merezhkov, Sanin se había autoproclamado síndico electo del compartimiento y, por mediación de un soldado, pidió ser recibido por el jefe de la guardia (había sabido descifrar su actitud altiva: ¡no era más que necesidad de conchabarse con alguien!). Fue un hecho insólito, pero a Sanin lo llamaron y en alguna parte tuvo lugar la entrevista. Siguiendo el ejemplo de Sanin, uno de otro compartimiento pidió una entrevista. Y también fue recibido.