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Por la mañana dieron a los detenidos, no los quinientos cincuenta gramos de pan que en aquella época era la ración normal durante un traslado, sino doscientos cincuenta.

Cuando distribuyeron las raciones empezó a oírse un ligero murmullo. Fue sólo un murmullo, porque aquellos presos políticos temían las «acciones colectivas» y no movieron un dedo. Sólo hubo uno que preguntó en voz alta al que hacía el reparto:

—¡Ciudadano jefe! ¿Cuánto pesa esta ración?

—¡Pesa lo establecido! —le respondieron.

—¡Exijo que me la vuelvan a pesar, o de lo contrario me negaré a aceptarla! —anunció el temerario con voz fuerte.

El vagón entero contuvo la respiración. Muchos no tocaron sus raciones con la esperanza de que también se las volvieran a pesar. Apareció entonces el oficial, ese dechado de pureza. Todos guardaban silencio, con lo cual sus palabras resonaron aún más rotundas y categóricas:

—¿Quién se ha levantado aquí contra el régimen soviético?

Se quedaron todos de piedra. (Me replicarán que es una técnica habitual, que también entre los libres cualquier jefe puede hacerse pasar por el «régimen soviético» y a ver quién se lo discute. Pero hay una diferencia: aquí era mucho más amedrentador, porque se trataba de gente aterrorizada a la que acababan de condenar por actividades antisoviéticas.)

—¿Quién es el que ha organizado este motínpor lo del pan? —no cejaba el oficial.

—Ciudadano teniente, yo sólo quería... —empezaba ya a disculparse el alborotador, ahora ya el único culpable de todo.

—¿Conque eres tú, bastardo? ¿Conque no te gusta el régimen soviético?

(¿Y para qué sublevarse? ¿Para qué discutir? ¿No hubiera sido más fácil comerse la ración aunque la hubieran pellizcado, aguantarse y tener la boca cerrada? Ahora, en cambio, ya estaba armada...)

—...¡Carroña apestosa! ¡Contra! ¡Debían haberte colgado, y aún pides que te pesen la ración! ¡Rata! ¡El régimen soviético te da de comer y de beber, ¿y todavía no estás contento?! ¿Sabes lo que te has ganado por esto? —Orden a los soldados—: ¡Lleváoslo! —Retumba la cerradura—. ¡Sal con las manos atrás! —Y se llevan al infeliz—. ¿Quién más tiene queja? ¿Quién más quiere que le pesen el pan?

(¡Como si hubiera forma de demostrar algo! Como si hubiera donde quejarte de que sólo te han dado doscientos cincuenta gramos y te fueran a creer a ti y no al teniente que insiste en que había quinientos cincuenta.)

Gato escaldado del agua fría huye. Los demás se dieron todos por satisfechos, y así se impuso aquella ración de castigo para todos los díasdel largo viaje. Tampoco les dieron azúcar, i se lo quedaba la escolta. |

(Ocurría esto en el verano de las dos grandes victorias | —contra Alemania y contra el Japón— que engrandecen la historia de nuestra patria y que estudiarán nuestros nietos y biznietos.)

Pasaron hambre el primer día, pero al segundo día de lo mismo empezaron a espabilar. Sanin dijo a los de su compartimiento: «Mirad amigos, si seguimos así estamos perdidos. A ver, si alguien tiene objetos de valor que me los dé. yo los cambio y traigo de comer». Con toda desfachatez se puso a aceptar y rechazar piezas (aunque no todos estaban dispuestos a entregarlas, ¡cualquiera diría que os estoy obligando!). Luego pidió permiso para salir en compañía de Merezhkov y, cosa curiosa, la escolta les abrió la puerta. Se presentaron con el botín en el compartimiento de la guardia y volvieron con unas hogazas de pan rebanado y tabaco barato. Eran los siete kilos de pan que habían escamoteado a diario a los del compartimiento, sólo que ahora no se repartirían a todos por igual sino únicamente a los que habían entregado algún objeto.

Y era perfectamente justo: ¿o no habían dicho todos estar satisfechos con la ración pellizcada? Y era justo también, porque los objetos algo valían y era menester pagar por ellos. Y también era justo desde una perspectiva más remota: eran objetos demasiado buenos para tenerlos en un campo penitenciario y de todos modos acabarían siendo requisados o robados.

El tabaco era el de la escolta. Los soldados estaban compartiendo las preciadas briznas con los presos y también esto era justo, pues ellos se estaban zampando el pan de los presos y echaban al té su azúcar, demasiado bueno para dárselo a los enemigos del pueblo. Por último, también era de justicia que Sanin y Merezhkov, aunque no se hubieran desprendido de nada, se quedaran con la parte del león, pues sin ellos no habría sido posible el trueque.

Sentados y hacinados en la penumbra, ahora unos masticaban unos mendrugos que pertenecían a sus vecinos, mientras éstos debían contentarse con mirar. La guardia no les daba lumbre uno a uno, porque sólo se podía fumar —todos a la vez— cada dos horas, y entonces el vagón quedaba envuelto en humo como si se hubiera calado fuego. Los que no habían querido desprenderse de sus enseres ahora lamentaban no haberlos entregado y le rogaban a Sanin que los aceptara, pero éste les respondía secamente: «Más tarde».

Esta operación no se habría desarrollado tan bien, no habría tenido un remate tan perfecto, de no ser por la lentitud de aquellos trenes de posguerra, por aquellos vagones-zak que se enganchaban y desenganchaban de los trenes y que sufrían largas paradas en las estaciones. Por otra parte, de no haber sido en la posguerra, no habría habido objetos que codiciar. Estuvieron una semana para llegar a Kúibyshev y en todo ese tiempo no recibieron del Estado más que doscientos cincuenta gramos de pan (que, bien mirado, era el doble de la ración establecida durante el cerco de Leningrado), voblaseca y agua. El resto de la ración de pan había que comprarla con lo que uno tuviera. Bien pronto la oferta superó a la demanda y el cuerpo de guardia empezó a hacerle cada vez más ascos a los objetos. La escolta se había vuelto más caprichosa...

En la prisión de tránsito de Kúibyshev los desembarcaron, los llevaron a lavar y los devolvieron al mismo tren y al mismo vagón. Esta vez la escolta era nueva, pero era obvio que al tomar el relevo les habían explicado cómo hacerse con los objetos de valor, porque hubo que seguir pagando la propia ración hasta Novosibirsk. (Es fácil imaginar con qué rapidez se propagó esta práctica contagiosa por todas las divisiones de vigilancia.)

Al llegar a Novosibirsk los desembarcaron entre las vías y acto seguido apareció un nuevo oficial, quien les preguntó: «¿Hay quejas contra la escolta?». Todos se quedaron con un palmo de narices. Ninguno respondió.

El cálculo del primer jefe de escolta había sido certero.

* * *

Los viajeros del vagón-zak se distinguen también del común de pasajeros que ocupa el resto del tren en que desconocen adonde va el convoy y en qué estación se apearán: y es que no llevan billete ni pueden leer los horarios que cuelgan] en los vagones. En Moscú los embarcan tan lejos del andén] que a veces ni los propios moscovitas se hacen idea de cuál de las ocho estaciones es aquélla. Los presos aguardan horas soportando apreturas y hedor a que llegue la locomotora de maniobras. Y cuando llega, engancha el vagón-zak a un tren ya formado. En verano llega hasta los presos la megafonía de la estación: «El Moscú-Ufa va a efectuar su salida por la tres... El Moscú-Tashkent continúa estacionado en la vía uno. Los pasajeros con destino...». Por tanto, se trata de la estación] de Kazan, e inmediatamente los entendidos en la geografía y los caminos del Archipiélago explican a sus compañeros: Vorkutá y el Pechora quedan descartados, pues hacia allá se sale de la estación de Yaroslavl; también podemos descartar los campos de Kírov y de Gorki.