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En 1949 estaba en Polotsk de jefe de Estado mayor de un regimiento de paracaidistas. La sección política de la división estaba muy descontenta con el comandante Koverchenko, porque se cagabaen la educación política. Un día pidió una copia de su hoja de servicios para solicitar el ingreso en la Academia, pero cuando se la dieron y le echó un vistazo, la arrojó furioso sobre la mesa: «¡Pues vaya hoja de servicios! ¡Con esto más vale que me meta en los banderistas* antes que en la Academia!». (¿Entonces fue por esto? Por esto podían echarle diez años tranquilamente, pero no llegó la sangre al río.) Hay que añadir, sin embargo, que se había saltado las ordenanzas dándole permiso a un soldado. Y que estando borracho había cogido un camión y lo había hecho trizas. Y entonces sí que le cayeron diez... días en el trullo.Por lo demás, los centinelas eran sus propios soldados y como lo llevaban en palmitas, lo soltaban para que se diera una vuelta por el pueblo. Es decir: que habría soportado el calabozo sin problemas, ¡pero ahora la sección política empezaba a andarle detrás amenazándole con un juicio! Esta amenaza dejó estupefacto a Koverchenko y le sentó como un agravio: O sea, que cuando hay que enterrar bombas «Venga Iván, salta del avión». ¿Y ahora por una mierda de camioneta, a la trena? De noche se deslizó por la ventana, llegó hasta la orilla del Dvina, donde sabía que un amigo escondía una motora, y se esfumó.

Resultó que no era un curda desmemoriado, ¡qué va!. Quería vengarse de todos los disgustos que le había ocasionado la sección política. En Lituania abandonó la lancha y pidió a los lugareños: «¡Hermanos, conducidme hasta la guerrilla! ¡Aceptadme, no os arrepentiréis, les vamos a enseñar lo que es bueno». Pero los lituanos creyeron que lo mandaban los rusos.

Iván llevaba una carta de crédito cosida a la ropa. Tomó billete para el Kubán, pero para cuando el tren había llegado a Moscú, había cogido una gran borrachera en el vagón restaurante. Salió de la estación y, entornando los ojos en dirección a la ciudad le ordenó a un taxista: «¡Venga, a la embajada!». «¿A cuál?» «La que te parezca, ¡qué cono!» El chófer obedeció. «¿Y ésta cuál es?» «La francesa» «¡Pues hala!»

Es posible que tuviera las ideas confusas o que ya no albergara esa primera intención de ir a una embajada, pero en todo caso, su maña y su fuerza no habían menguado un ápice. En silencio, para no alertar al policía de la puerta dio un rodeo por el callejón y saltó por el muro liso, el doble de alto que él. En el patio de la embajada todo resultó más fáciclass="underline" nadie lo vio, nadie le dio el alto. Iván entró en el edificio, atravesó una habitación, luego otra, y llegó hasta una mesa servida. Aunque en ella había de todo, lo que más le llamó la atención fueron las peras, que ya echaba de menos, y se llenó con ellas los bolsillos de los pantalones y de la guerrera. Entonces entraron a cenar los dueños de la casa. «¡Eh, franceses!», los acometió Koverchenko, a gritos. Le vino a la cabeza que Francia no había hecho nada bueno en los últimos cien años. «¿Por qué no hacéis una revolución? ¿O es que os habéis propuesto darle el poder a De Gaulle? ¡Como si en el Kubán no tuviéramos nada mejor que aprovisionaros de trigo! ¡Pues os equivocáis de medio a medio!» «¿Pero quién es usted? ¿De dónde ha salido?», le preguntaron estupefactos los franceses. Adoptando inmediatamente el tono adecuado, a Koverchenko se le ocurrió decir: «Soy un comandante del MGB». Los franceses se alarmaron: «Aun así, usted no debería irrumpir aquí. ¿Qué asunto le trae?». «Me c... en tus muertos», respondió Koverchenko, ya sin ambages, con toda su alma. Y todavía estuvo haciéndose el gallito un rato ante ellos, pero observó que en la estancia contigua ya había alguien al teléfono dando parte sobre él. Aún tuvo sangre fría para emprender la retirada, ¡pero entonces empezaron a caerle peras de los bolsillos! —y salió dejando tras de sí unas carcajadas humillantes...

De hecho, aún le quedaron fuerzas no sólo para irse de rositas de la embajada, sino para seguir haciendo de las suyas. A la mañana siguiente despertó en la estación de Kiev [266](¡Y no me diga usted que no se dirigía a la Ucrania occidental!), donde no tardaron en echarle el guante.

Durante la instrucción del sumario estuvo atizándole Aba-kúmov en persona y las cicatrices de la espalda se le hincharon hasta alcanzar el grueso de una mano. Las palizas del ministro no eran porlo de las peras, como es natural, ni tampoco por el justo reproche lanzado a los franceses, sino para que cantara quién le había reclutado y cuándo. Y le cayeron veinticinco años.

Muchos eran los relatos como éste, pero igual que todos los vagones, el de los presos enmudece al llegar la noche. Hasta la mañana no habrá ni pescado, ni agua, ni retrete. Y entonces, como si fuera cualquier otro vagón común y corriente, todo lo invade el ruido monótono de las ruedas, pero el silencio no se ve perturbado lo más mínimo. Y entonces, siempre que el soldado ya no esté en el pasillo, es cuando desde el tercer compartimiento, masculino, se puede conversar en voz baja con las mujeres del cuarto.

En prisión, las conversaciones con una mujer son algo muy especial. Hay en ellas un no sé qué noble, aunque no se hable más que de artículos del Código y de condenas.

Una de estas conversaciones duró toda la noche, y he aquí en qué circunstancias. Fue en julio de 1950. El compartimiento de las mujeres iba casi vacío, lo ocupaba una sola muchacha joven, hija de un médico moscovita, condenada por el 58-10. En cambio, en los compartimientos masculinos había un gran revuelo: la escolta había metido a los presos de tres compartimientos en sólo dos (y más vale no preguntarse cuántos se apelotonaban allí). Acto seguido metieron en el compartimiento desalojado a un criminal que no tenía aspecto de preso. Para empezar, no iba rapado: sus rubios y claros cabellos ondulados con auténticos rizos se ensortijaban desafiantes sobre una cabeza grande, de buena casta. Era joven y tenía buena percha, llevaba un traje inglés de corte militar. Lo habían conducido por el pasillo con un aire de respeto (y es que la escolta estaba intimidada por las instrucciones contenidas en el sobre que le acompañaba). La joven había tenido tiempo de observar todo esto. Pero en cambio, él a ella ni la había visto. (¡Y cómo lo lamentaría después!)

Por el ruido y el trajín, la muchacha comprendió que estaban desocupando para él el compartimiento de al lado. Estaba claro que debía permanecer incomunicado, lo cual acrecentó su deseo de dirigirle la palabra. En un vagón-zak no es posible que los presos de un compartimiento vean a los del resto, pero sí que se oigan cuando hay silencio. Avanzada la noche, cuando empezaron a amortiguarse los ruidos, la muchacha se sentó en el extremo de su banco, cabe la reja y le llamó con voz queda. (O puede que empezara a cantar con un hilo de voz. Ambas cosas le hubieran valido un castigo, pero la guardia se había recogido ya y en el pasillo no quedaba nadie.) El desconocido oyó su susurro y, siguiendo sus instrucciones, se sentó del mismo modo. Estaban ahora espalda contra espalda, recostados contra el mismo tabique de tres centímetros, murmurando a través de la reja, haciendo llegar su voz alrededor del tabique. Sus cabezas y sus labios estaban tan cerca como si se besaran, y sin embargo no podían tocarse ni verse siquiera.