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Naturalmente, el transporte en cuervo pocas veces dura horas, todo lo más veinte o treinta minutos. Pero qué zarandeo, qué molienda de huesos, qué dolor en los costados en esa media hora, y si eres alto, encima con la cabeza agachada. Quizás hasta eches de menos el confortable vagón-zak.

Además, en el cuervo los presos se barajan de nuevo, se producen nuevos encuentros, de los cuales los que dejan una impresión más viva son, naturalmente, aquellos con cofrades. Es posible que no hayas tenido ocasión de ocupar con ellos un mismo compartimiento, es posible que tampoco en la prisión de tránsito os hayan puesto en la misma celda, pero en el cuervo te encuentras indefectiblemente en sus manos.

A veces hay tanta estrechura que ni siquiera los del gremioson capaces de apandar.Tus piernas y tus brazos están aprisionados entre los cuerpos y los sacos como en un cepo. Sólo puedes cambiar su posición cuando llega un bache y todo se sacude, incluidas tus tripas.

Otras veces hay más espacio y los del gremio aprovechan esa media hora para examinar el contenido de todos los sacos y quedarse con los bacilos*y los mejores cachivaches.*Lo más probable es que no les plantes cara, porque aún te riges por ideas pusilánimes y sensatas (poco a poco, grano a grano, irás perdiendo tu alma inmortal, pues crees siempre que los combates y enemigos decisivos están aún por venir y que conviene por tanto reservarse para poder hacerles frente). Pero puede ser también que uno alce la mano a la primera de cambio y le metan un cuchillo entre las costillas. (No habrá investigación alguna, y si la hubiera no sería ninguna amenaza para los cofrades: sólo quedarían retenidos en la prisión de tránsito en vez de seguir viaje hasta un campo lejano. Convendrán ustedes conmigo en que si un elemento socialmente afín y otro socialmente ajeno se hallan enfrentados, el Estado no puede tomar partido por éste último.)

En 1946, en una celda de Butyrki, el coronel retirado Lunin, que ocupaba un cargo importante en la Osoaviajim,* relataba lo siguiente: el 8 de marzo, [271]durante el traslado desde la Audiencia municipal a la prisión de Taganka, presenció en el cuervo cómo unos cofrades violaban por turno a una muchacha casadera (ante la pasividad silenciosa de los demás ocupantes). Aquella misma mañana la muchacha había comparecido ante el tribunal con sus mejores galas, aún como mujer libre (la juzgaban por abandono del puesto de trabajo sin autorización, pero estos cargos eran una repulsiva maquinación de su jefe, sediento de venganza porque ella se había negado a vivir con él bajo un mismo techo). Media hora antes de que la subieran al cuervo la habían condenado a cinco años, a tenor de vete a saber qué decreto, y la habían embutido en aquel vehículo. Y ahora, en pleno día, en las calles de Moscú («¡Brindad con champán soviético!») la habían convertido en una prostituta de campo. ¿Cómo podríamos decir que el mal se lo causaron los cofrades? ¿Y qué hay de los carceleros o del jefe de la muchacha?

¡Ay, la delicadeza de los cofrades! Acto seguido, saquearon a la muchacha, le quitaron los zapatos de domingo con los que creía que habría impresionado a los jueces y la blusa, y lo arrojaron todo a los guardianes. Estos detuvieron el cuervo, bajaron a comprar vodka y la compartieron con los de dentro. De modo que, encima, los cofrades bebieron a costa de la muchacha.

Cuando llegaron a la cárcel de Taganka la muchacha se deshacía en lágrimas y expresaba su quebranto. Tras escucharla, un oficial dijo bostezando:

—El Estado no puede proporcionar un medio de transporte individual a cada uno de vosotros. Nuestros recursos son escasos.

Efectivamente, los cuervos son el «cuello de botella» del Archipiélago. Si en un vagón-zak no hay posibilidad de segregar a los presos políticos de los comunes, en los cuervos tampoco hay posibilidad de separar a hombres y mujeres. ¿Cómo no van a aprovechar los cofrades el traslado entre prisiones para «echar una cana al aire»?

Aunque bueno, si no fuera por la presencia de los cofrades, habría que agradecer el traslado en cuervos y los fugaces encuentros con mujeres que nos brinda. ¿Dónde, si no, sería posible verlas, escucharlas, rozarlas, durante nuestra vida de presidio?

En cierta ocasión, en 1950, nos llevaron de Butyrki a la estación con mucha generosidad de espacio: éramos unos catorce hombres en un cuervo con bancos. Todos estábamos sentados, y de pronto añadieron un último preso: una mujer, sola. Al principio se sentó temerosa contra la puerta, pues en una oscura caja como aquella no había defensa posible contra catorce hombres. Pero después de cambiar algunas palabras quedó claro que estábamos en familia, que a todos nos habían condenado por el Artículo 58.

La mujer nos dio su nombre: Repin, esposa de un coronel, detenida después que su marido. Y de pronto, un taciturno militar joven y enjuto con aspecto de teniente, le preguntó: «¿Dígame, no habrá estado usted en prisión con Antonina Ivá-novna?». «¿Cómo? ¿No será usted su marido? ¿Oleg?» «Sí.» «¿El teniente coronel Ivanov? ¿De la Academia Frunze?*» «¡Sí!»

¡Fue un «sí» digno de oírse! Salía de una garganta tensa, pues el miedo a saberera mayor que la alegría. Se sentó al lado de ella. Por las diminutas rejas de las dos puertas traseras pasaban difusos los destellos crepusculares de aquel día estival, recorriendo una y otra vez los rostros de la mujer y del teniente coronel, en pos con la marcha del vehículo. «Pasé los cuatro meses de la instrucción encerrada en la misma celda que ella.» «¿Y dónde está ahora?» «¡En todo este tiempo no ha tenido más pensamiento que usted! No temía por ella, sino por usted. Primero, que lo detuvieran. Después, que la sentencia fuera despiadada.» «¿Pero qué ha sido de ella?» «Se sentía culpable de que le hubieran detenido a usted. ¡Qué mal lo pasaba!» «¿Dónde está ahora?» «No se asuste», la señora Repin le puso la mano en el pecho, como a un íntimo conocido. «No pudo resistir tanta tensión. Se la llevaron a otra parte. Estaba un poco..., no coordinaba..., ¿Entiende usted?»

Y esta minúscula tempestad, contenida en una caja de chapa de acero, avanzaba pacíficamente por uno de los seis carriles, se detenía ante los semáforos y señalizaba cada giro con los intermitentes.

A Oleg Ivanov acababa de conocerlo minutos antes en Butyrki, he aquí en qué circunstancias: nos habían llevado al box de «la estación» [272]y habían sacado nuestros enseres de la consigna. Los dos salimos del box a la vez. Ya en el pasillo, pudimos ver al otro lado de una puerta abierta una celadora en bata gris que revolvía la maleta de Oleg. En esto, se le cayó al suelo un galón dorado de teniente coronel —no se sabe por qué se había conservado uno solo—. La mujer no se había dado cuenta y tenía puesto el pie sobre las grandes estrellas.

Su zapato pisaba la hombrera igual que en una escena de cine.

Se lo hice notar a Oleg: «¡Fíjese usted, camarada teniente coronel!».

El rostro de Ivánov se ensombreció. Sin duda, para él la noción de un servicio intachable seguía teniendo importancia.

Y ahora, estaba lo de su esposa.

Todo esto tuvo que asimilarlo en el espacio de una hora escasa.

2. Los puertos del Archipiélago

Desplegad sobre una gran mesa un mapa de nuestra patria lo suficientemente extenso. Poned gruesos puntos negros en todas las capitales regionales, en todos los nudos ferroviarios, en todos los puntos de transbordo, ahí donde termina la vía férrea y empieza un río, o bien donde el río forma un recodo y se inicia un sendero. ¿Qué sucede? ¿Ha quedado todo el mapa cubierto de cagadas de mosca? Pues bien, tenéis ante vosotros el majestuoso mapa de los puertos del Archipiélago.