No se trata, ciertamente, de aquellos puertos de ensueño que tan seductoramente nos presentaba Aleksandr Grin, puertos en que se bebe ron en las tabernas y se hace la corte a bellas mujeres. Tampoco encontraréis aquí el azul cálido del mar (aquí, para lavarse hay un litro de agua por cabeza; o para que resulte más cómodo, ¡cuatro litros para cuatro personas, que deben lavarse a la vez en un mismo barreño!). Salvo esto, todo aquello que confiere a los puertos una atmósfera novelesca —la suciedad, los parásitos, las blasfemias, el trasiego, la babel de lenguas y las riñas— lo encontraréis de sobra.
Raro es el preso que no haya pasado por tres, cuatro o hasta cinco prisiones de tránsito, muchos recuerdan una decena de ellas, y los hijosdel Gulag* enumeran sin esfuerzo incluso medio centenar. Sólo que todas ellas se confunden en la memoria de tan semejantes como son: los ignaros centinelas; el caótico pasar lista por orden de expediente; las largas esperas a pleno sol o bajo la llovizna otoñal; el pasamanosa cuerpo desnudo, aún más largo que la espera; el rapado sin higiene alguna; las salas de baño frías y resbaladizas; las letrinas apestosas; los pasillos mohosos; las celdas siempre repletas y sofo- cantes, y las más de las veces oscuras y húmedas; el calor de los cuerpos humanos a ambos lados, tanto en el suelo como en el catre; las cabeceras de la cama, hechas de tablas; el pan mal cocido, casi pasta liquida; la balanda*que parece un cocido de forraje fermentado.
Pero quien tenga una memoria precisa y pueda discernir unos recuerdos de otros ya no tiene por qué viajar por el país, porque gracias a las prisiones de tránsito su mente habrá asimilado toda su geografía. ¿Novosibirsk? Lo conozco, he estado allí. Hay unos barracones muy sólidos, hechos de gruesos troncos. ¿Irkutsk? Es donde se han cegado varias veces las ventanas con ladrillos, puede verse cómo eran en tiempos del zar, se aprecia cada reforma y los agujeros que han dejado para ventilación. ¿Vólogda? Sí, un viejo edificio con torreones. Los retretes están unos encima de otros, pero los entretechos de madera están podridos y gotean sobre los de abajo. ¿Usman? ¡Y cómo no! Un penal hediondo y piojoso, una construcción antigua, con bóvedas. La atiborran tanto que cuando empiezan a sacar a presos para un traslado, cuesta creer que hayan podido caber todos allí. La columna ocupa media ciudad.
No se le ocurra ofender a uno de estos especialistas diciéndole que conoce una ciudad en la que no hay prisión de tránsito. Le demostrará de manera irrefutable que ciudades así no existen y estará en lo cierto. ¿Salsk, dice usted? Pues allí a los presos en tránsito los encierran en las celdas de preventiva junto con los que están en plena instrucción sumarial. Y en cada capital de distrito, tres cuartos de lo mismo. ¿En qué se diferencia, pues, de una prisión de tránsito? ¿En Sol-Iletsk? ¡Hay una! ¿En Rybinsk? ¿Y entonces cómo llamar a la prisión n° 2, la del antiguo monasterio? ¡Ah, eso sí!, es muy tranquila, con sus patios pavimentados y desiertos, sus viejas losas cubiertas de musgo, y los barreños de madera en el baño, todo muy limpito. ¿Y en Chita? Pues la prisión n° 1. ¿Y en Naushki? Eso no es una cárcel, sino un campo de tránsito, pero tanto da. ¿En Torzhok? Pues en la montaña, también un monasterio.
¡Compréndalo, alma de Dios, no puede haber ciudad sin prisión de tránsito! ¿Es que no sabe que en cualquier parte hay tribunales sesionando? ¿Y cómo van a llevarse a los condenados hasta el campo? ¿Por el aire?
Naturalmente, hay prisiones y prisiones. Pero es imposible dilucidar cuál es mejor y cuál peor. No falla, cuando se juntan tres o cuatro zeks, cada uno de ellos presume de «la suya»:
—La prisión de tránsito de Ivánovo no será de las más célebres, pero preguntadle a cualquiera que pasara por ella en el invierno de 1937 a 1938. No había calefacción , pero no sólo no se helaba la gente, sino que en las literas de arriba los había que se tendían desnudos. Hubo que romper todos los cristales de las ventanas para no asfixiarse. En la celda n° 21, en lugar de los veinte hombres que le correspondían, había... ¡trescientos veintitrés!Como había agua bajo los catres, pusieron unas tablas y a algunos les tocó acostarse sobre ellas. Y era hacia allá abajo precisamente adonde iba a parar la helada corriente de aire que entraba por las ventanas, ya sin cristal. En pocas palabras, bajo los catres reinaba la noche polar: no había luz alguna, toda quedaba tapada por los que se acostaban en los catres y por los que estaban de pie junto a ellos. Era imposible pasar por el corredor hacia la cubeta, más bien había que deslizarse por el canto de los catres. No daban la comida de uno en uno sino a cada diez hombres. Si alguno de la decena moría, lo metían bajo el catre y lo tenían allí hasta que empezaba a oler mal. Porque así podían comerse su ración. Esto aún podía soportarse, si no fuera porque a los vertujáisparecía que les hubieran frotado con ortigas: no paraban de mandar a la gente de una celda a otra, una y otra vez. Y apenas te habías instalado: «¡En pie! ¡Cambio de celda!». Y de nuevo a buscar sitio. ¿Y por qué se había sobrecargado tanto la prisión? Pues porque estuvieron tres meses sin llevar a los presos al baño, se extendieron los piojos, y los piojos provocaron llagas en los pies y luego vino el tifus. Y por causa del tifus se impuso una cuarentena, y en cuatro meses no salió de ahí ningún traslado.
—Pero esto que cuentas no es porque fuera la prisión de Ivánovo, sino porque así eran los tiempos que corrían. Porque en 1937-1938 en las prisiones de tránsito no es que gimieran sólo los zeks, sino hasta las mismísimas piedras. La de Irkutsk tampoco era ninguna prisión fuera de lo corriente, pero en 1938 ni los médicos se atrevían a examinar las celdas. Sólo recorrían los pasillos mientras el vertujáibramaba en cada puerta: «¡El que haya perdido el conocimiento, que salga!».
—En 1937, amigos míos, todos discurrían por Siberia en dirección a Kolymá, pero acababan atascados en el mar de Ojotsk y hasta en el mismo Vladivostok. Los barcos no conseguían transportar hasta Kolymá más de treinta mil hombres por mes, pero desde Moscú, venga a enviar más y más gente, sin cumplimientos. Bueno, y llegaron a juntarse hasta cien mil hombres, ¿qué te parece?
—¿Y quién pudo contarlos?
—Pues el que tuviera que contarlos.
—Si es a la prisión de tránsito de Vladivostok a la que te refieres, en febrero de 1937 no habría ahí más de cuarenta mil hombres.
—Y allí estuvimos empantanados unos cuantos meses. ¡Las chinches brincaban como saltamontes por los catres! Agua, medio vaso al día: ¡No había agua, ni nadie para ir a buscarla! Para los coreanos había una zona aparte: ¡Todos murieron de disentería, todos! En nuestra zona, cada mañana se llevaban a un centenar de hombres. Estaban construyendo un depósito de cadáveres y los zeks acarreaban la piedra enganchados a unos carros. Hoy tiras tú y mañana te nevarán a ti. Y además en otoño se declaró el tifus exantemático. Nosotros también nos quedábamos los muertos hasta que hedían, y despachábamos sus raciones. No había medicamento alguno. Si nos acercábamos a la alambrada —¡Dadnos medicamentos!—, nos respondían con una ráfaga desde la atalaya. Luego trasladaron a los enfermos de tifus a un barracón aparte. Hubo bastantes que no resistieron el traslado y de los que sí lo soportaron, muy pocos volvieron. Las literas de ese barracón eran de dos pisos, y como los presos de arriba no podían bajar a hacer sus necesidades por causa de la fiebre, ¡mojaban directamente a los de abajo! Unos mil quinientos habría allí tendidos. Los enfermeros eran cofrades, a los muertos les arrancaban los dientes de oro. Tampoco tenían reparo en sacárselos a los vivos...