O veamos, si no, el punto de tránsito de Vogvózdino (a pocos kilómetros de Ust-Vym), donde había cinco mil hombres. (¿Quién había oído hablar de Vogvózdino antes de leer estas líneas? ¿Cuántos puntos de tránsito desconocidos habrá? ¡Multiplicad los que se conocen por cinco mil!) Ahí hacían un cocido muy líquido, pero tampoco disponían de escudillas. Sin embargo supieron salir del paso (¡adonde no llegará el ingenio humano!): servían el bodrio en una palangana de bañopara cada diez hombres. ¡A ver quién comía más aprisa! (Esto también se vio en Kotlás.)
Cierto que en Vogvózdino nadie permanecía más de un año. (Y si alguien pasaba ahí tanto tiempo era porque estaba ya en las últimas y no lo querían en ningún campo.)
La vida cotidiana de los nativos del Archipiélago supera con creces la imaginación del literato. Cuando quiere describir la vida en prisión y hacer patente su máximo reproche e indignación, el escritor siempre recurre a la cubeta.¡La cubeta! La literatura la ha convertido en el símbolo de la cárcel, en el símbolo de la humillación y del hedor. ¡Cuánta frivolidad! ¿Es que creéis que la cubeta es un mal para el preso? ¡Pero si es el más misericordioso invento de los carceleros! Porque el horror empieza desde el instante mismo en que no hay cubeta en una celda.
En 1937 en algunas prisiones de Siberia no había cubeta, ¡no tenían bastantes! No se habían fabricado con antelación tantas como hubiera hecho falta y la industria siberiana no daba abasto ante tamaña avalancha de población reclusa. De modo que los depósitos estatales no podían atender la demanda de zambullos para tanta celda recién inaugurada. En las celdas antiguas sí los había, pero eran viejos y de poca capacidad. El sentido común aconsejaba retirarlos, pues, ante tal alud de reclusos, ahora eran tanto como nada. Así, en la prisión de Mi-nusinsk, construida en otros tiempos para albergar quinientos presos (Vladímir Ilich no estuvo en ella, y es que Lenin llegó hasta su lugar de destierro por su propio pie), se apiñaban ahora diez mil reclusos, ¡o sea que cada cubeta debiera haber aumentado de capacidad veinte veces! Pero los zambullos no crecen...
Nuestras plumas rusas sólo escriben con trazo grueso. Con tanto como hemos vivido, sin embargo bien poco es lo que ha llegado a ser descrito o nombrado por su nombre. En cambio, en manos de los escritores occidentales, acostumbrados a examinar con lupa las células de la existencia, a agitar bajo los focos un matraz de boticario, un tema así se convertiría en epopeya, serían diez tomos más de En busca del tiempo perdido:¡contar la turbación del alma humana en una celda atiborrada veinte veces más de lo normal, cuando no hay cubeta y llevan a los presos al retrete una sola vez al día! Naturalmente, mucho es lo que desconocen de este tejido vivo: ¡Nunca se les ocurriría como solución orinarse en la capucha del impermeable, ni llegarían a entender como un consejo la voz de su vecino de celda: ¡pues orínate en las botas! Y sin embargo es un sabio consejo, producto de la experiencia, y no acarrea en modo alguno daño a la bota, ni rebaja tampoco su papel al de un orinal. Significa simplemente que hay qué quitarse la bota, ponerla boca abajo y volver la caña del revés: ¡Y ya tenemos nuestro ansiado recipiente, en forma de cilindro! ¡Ay, como enriquecerían su literatura los autores occidentales, cuántos recovecos psicológicos que explotar (sin ningún riesgo de plagiar banalmente a los maestros famosos)! No les haría falta sino conocer los usos y normas de la prisión de Minusinsk: para repartir la comida, una escudilla para cada cuatro, y en cuanto al agua, un vaso al día por preso (vasos sí había). Imaginen ahora que a uno de los cuatro se le ocurre valerse de la escudilla común para aliviar su presión interna, pero a la hora de comer se niega a entregar su ración de agua para lavar la escudilla. ¡Qué conflicto! ¡Qué choque entre cuatro caracteres! ¡Qué matices! (No estoy bromeando. Es así como sale a relucir el fondo de una persona. Sólo que las plumas rusas están demasiado ocupadas para describir lances así, y el ojo ruso no tiene ocasión de leerlo. No bromeo, pues los médicos pueden decirnos cómo unos meses en semejante celda minan la salud de un hombre para toda la vida, aunque no lo fusilaran cuando Ezhov, por más que lo rehabilitaran cuando Jruschov.)
¡Caramba, y nosotros que soñábamos con descansar y desentumecernos al tocar puerto! Después de unos días encogidos y retorcidos en el compartimiento de un vagón-zak, ¡cómo soñábamos con la prisión de tránsito! Soñábamos que allí podríamos estirar los miembros, desperezarnos. Que tendríamos todo el tiempo del mundo para ir al retrete. Que beberíamos agua fría, que habría agua caliente hasta saciarnos. Que no nos obligarían a comprar a la escolta nuestra propia ración a cambio de nuestros enseres. Que soplaríamos la cuchara. Y, finalmente, que nos llevarían al baño, que nos ducharíamos con agua caliente y se acabaría tanto rascarse. Y cuando en el cuervo se nos clavaban otros hombros en los costados, cuando nos zarandeábamos de un lado a otro, cada vez que nos gritaban: «¡Agarrados del brazo!», «¡Agarrados de los talones!», nosotros nos animábamos pensando «¡No importa! ¡No importa! ¡Pronto llegaremos a la prisión de tránsito! Allí sí que...».
Y allí, aunque alguno de nuestros sueños se haga realidad siempre habrá, de todos modos, algo que lo eche a perder.
¿Qué te aguarda en los baños? Nunca se sabe. De pronto empiezan a rapar al cero a las mujeres (Krásnaya Presnia, noviembre de 1950). O bien a nosotros, los hombres, nos mandan desnudos y en hilera a que nos rapen unas peluqueras. En Vólogda la tía Motia, la gorda, gritaba en el baño de vapor «¡A formar, muchachos!», y rociaba toda la fila con un chorro de vapor. En la prisión de tránsito de Irkutsk son de otra opinión: creen que resulta más natural, que en los baños el personal sea masculino, y que sea un hombre quien se ocupe de untar de pomada desinfectante la entrepierna de las mujeres O bien, en la prisión de tránsito de Novosibirsk, donde en pleno invierno, en los fríos baños, de los grifos sólo salía agua helada; los presos se decidieron a exigir la presencia de un responsable; vino un capitán y puso impertérrito la mano bajo el grifo: «Pues yo digo que el agua sale caliente, ¿estamos?». Aburre ya contarlo, pero también había baños sin agua, en los que al secar las cosas con vapor se quemaban, lugares donde después del baño obligaban a los presos a que corriesen desnudos y descalzos por la nieve en busca de sus enseres (Contraespionaje del Segundo Frente Bielorruso en Brodnica, 1945. Yo mismo hube de correr así.)
Nada más dar los primeros pasos en un centro de tránsito, el preso comprende que aquí no se haya bajo la férula de los celadores, de unos galones, ni tampoco de los de uniforme, no; todos éstos, mal que bien, aún se someten a alguna ley escrita. En la prisión de tránsito caes en manos de los enchufados.*Como el sombrío bañero que sale a recibir al convoy en que llegas a la prisión: «¡Venga, a lavarse, señores fascistas!». Como el capataz que asigna el trabajo en su tablilla de contrachapado, que escruta vuestra hilera y siempre os mete prisas; [275]como el educador,una cabeza rapada con tupé, que va dándose golpecitos en la pierna con un periódico enrollado mientras mira de reojo los sacos con que han entrado los reclusos; y como otros enchufados que el preso aún no conoce, pero cuya mirada ya está atravesando las maletas como rayos X. ¡Cómo se parecen todos! ¿O es que no has tropezado ya con ellos durante tu corto viaje al centro de traslado? ¿Dónde los habrás visto ya? Claro que entonces no iban tan pulcros ni relamidos, aunque sus jetas de bruto son las mismas, idéntico su rictus despiadado.