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¡Mira por dónde! ¡Pero si son los cofrades de nuevo! ¡Son de nuevo los del gremio, que ya cantara Utiosov! Son Zhenka Zhogol, Serioga el Animaly Dimka el Revientatripas,sólo que ya no están entre rejas, ahora van limpitos, visten el ropaje de aquellos en que el Estado deposita su confianza y velan con prosapia [276] 54 por la disciplina —nuestra disciplina, claro está—. Si observamos sus jetas detenidamente, con un poco de imaginación podemos llegar a reconocer en sus rostros unas fisonomías rusas como las nuestras; en otro tiempo hubieran sido muchachos campesinos cuyos padres se llamarían Klim, Prójor o Guri. [277]Además, están hechos igual que nosotros: dos fosas nasales, dos círculos irisados en los ojos y una lengua rosada para tragar alimento y pronunciar algunos sonidos del ruso, aunque —eso sí— hilvanados en forma de palabras que nunca antes habíamos oído.

Más tarde o más temprano, todo director de prisión de tránsito acaba teniendo la siguiente idea: con las nóminas del personal en plantilla se puede pasar un sueldo a los propios parientes sin que éstos tengan ni que salir de casa, o también se pueden repartir entre los jefes de la cárcel. Porque les basta dar un silbido para que se presenten tantos elementos socialmente afínescomo sea necesario, dispuestos a ejecutar esos trabajos, a cambio de quedarse escaqueadosen la prisión de tránsito, de no salir a las minas, a los yacimientos o a la taiga. Todos esos capataces, escribientes, contables, educadores, bañeros, peluqueros, responsables de almacén, cocineros, lavaplatos, lavanderas, sastres remendones de ropa interior, son presos en tránsito perpetuo, reciben su ración y obran en los registros con un número de celda. El resto de sopa y de manduca se lo procuran —sin ayuda de los jefes— en el perol común o en la arrobade los zeks en tránsito. Todos esos enchufados de la prisión de tránsito consideran con fundamento que en ningún campo van a estar mejor. Caemos en sus manos cuando aún no nos han desplumado a fondo y ellos nos despachan a placer. Aquí son ellos los que cachean en lugar de los carceleros, pero antes te proponen que les entregues tu dinero para guardártelo, y con toda la seriedad del mundo llevan una lista, ¡y acto seguido se esfuman, tanto la lista como el dinero! «¡Hemos entregado dinero!» «¿A quién?», se asombra el oficial que acaba de personarse. «¡Bueno, era uno así...!» «¿Sí, pero a quién exactamente?» Los enchufados tampoco han visto nada... «¿Y por qué se lo dieron?» «Es que pensábamos...» «¡Andaba pensando el pavo...! [278]¡Pues a ver si pensáis menos!» Y se acabó. O bien te aconsejaban que dejaras la ropa en la antesala del baño: «¡Nadie os va a quitar nada! ¿Pero quién quieres que se lleve eso?». Y ahí dejábamos la ropa. De todos modos, no se podía entrar con prendas al baño. Y al salir faltaban los jerseys, las manoplas de piel. «¿Cómo era tu jersey?» «De color gris...» «¡Bueno, pues será que ha ido él solito a que lo laven!» También pueden quitarte las cosas honradamente:a cambio de guardarte la maleta en el almacén, por conseguirte una celda donde no haya cofrades, para que te trasladen cuanto antes, o al contrario, para que tarden más en expedirte. Lo único que no hacen es desvalijarte directamente.

«¡Pero si éstos no son cofrades!», aclaran los expertos en la materia que hay entre nosotros. «Ésos son los perros,los que se han dejado comprar y se la tienen jurada a los ladrones decentes.Los decentes están en las celdas.» Pero es algo que cuesta comprender a nuestros cerebros de borrego. Las maneras son las mismas, los tatuajes también. Puede que sí, que sean enemigos de los ladrones decentes, pero tampoco son amigos nuestros, ya ven...

Entretanto, nos hacen sentar en el patio, bajo las ventanas de las celdas. En las ventanas hay bozales que impiden ver quién hay dentro, pero sí dejan llegar una voz ronca y amistosa que nos aconseja: «¡Muchachos! Aquí esto funciona así: durante el pasamanoste quitan todo lo que va suelto, como el té o el tabaco. Así que el que lleve algo de eso que nos lo arrimepor la ventana, y nosotros se lo devolvemos después». ¿Y nosotros qué sabemos? Somos panolis,borregos. Quizá sea verdad que confiscan el té y el tabaco. ¿Y no habla la gran literatura de la solidaridad universal entre los reclusos? ¡Un presidiario no puede engañar a otro! Además, se han dirigido a nosotros con afecto: «¡Muchachos!». Así que les arrimamoslas petacas con el tabaco. Y al otro lado, aquellos ladrones de pura casta pescan el botín y al punto se mofan de nosotros: «¡Fascistas, anda que no sois primos!».

He aquí los eslóganes con que nos acoge la prisión de tránsito, aunque no cuelguen de sus muros: «¡No busques aquí la justicia!», «¡Tendrás que entregar todo lo que tengas!», «¡Tendréis que entregarlo todo!», nos repiten también los carceleros, los soldados de la escolta y los cofrades. Estás anonadado por tu condena interminable y tu mente sólo piensa en cómo recuperar el aliento, mientras a tu alrededor todos se las ingenian para desvalijarte. Todo se conjura para oprimir aún más al preso político, ya de por sí bastante abatido y abandonado a su suerte. «Tendréis que entregarlo todo...», sacude desconsoladamente la cabeza un carcelero de la prisión de tránsito de Gorki, y Ans Bernstein le entrega aliviado su capote de oficial, no por las buenas, sino a cambio de dos cebollas. ¿Pero cómo vas a quejarte de los cofrades si ves que todos los celadores de Krásnaya Presnia llevan unas botas de cuero pulido que no forman parte del uniforme reglamentario? Todo esto lo han apandadolos cofrades en las celdas para colocárseloa los carceleros. ¿Cómo vas a quejarte de los cofrades si el «educador» de la Kaveché [279] 55es uno de ellos, facultado además para redactar informes sobre los presos políticos (Centro de tránsito de Kemerovo)? ¿Cómo vas a pretender que metan en cintura a los cofrades de la prisión de tránsito de Rostov si están en su feudo ancestral?

Cuentan que en 1942, en la prisión de tránsito de Gorki, unos oficiales presos (Gavrílov, el ingeniero militar Schebetin y otros más) pese a todo les hicieron frente, les dieron una paliza y les bajaron los humos. Pero esta historia siempre ha sonado a leyenda: ¿Acaso sometieron también a los cofrades de las otras celdas? ¿Y cuánto tiempo les duró el correctivo? ¿Y dónde tenían los ojos los del ros azul cuando unos elementos socialmente ajenos estaban vapuleando a otros social-mente afines? En cambio, si te cuentan que en 1940, en la prisión de tránsito de Kotlás, los delincuentes comunes que estaban en la cola del economato arrancaban el dinero de las manos de los presos políticos, que éstos respondieron atizándoles y no había quien los detuviera, y que entonces entró en la zona la guardia con ametralladoras para proteger a los cofrades, no te quepa la menor duda: ¡Es la pura verdad!

¡Los familiares insensatos! Van de acá para allá, en el mundo de los libres, pidiendo dinero prestado (pues en casa no disponen de tanto) para enviarte algunas cosas, para enviarte comida. Es el último óbolo de la viuda, pero es un regalo envenenado, pues te convierte de un preso hambriento, pero sin ataduras, en una persona inquieta y cobarde. Te pnva de esa lucidez que empezaba a nacer en ti, de tu incipiente firmeza, te priva de las dos únicas cosas que necesitas antes de precipitarte en el abismo. ¡Oh cuan sabia es la parábola del camello y el ojo de la aguja! Tus posesiones te impedirán entrar en el reino de los cielos, en el reino de las almas libres, lo mismo que a todos cuantos te acompañaban en el cuervo que también han entrado con su saco a cuestas. «¡Hatajo de cerdos!», nos maldecían ya los cofrades en el furgón. Pero entonces ellos eran dos y nosotros medio centenar, y de momento no nos pusieron la mano encima. Y ahora que llevamos ya dos días en el suelo de la estaciónde Krásnaya Presnia, con las piernas encogidas de tanta estrechez, ninguno de nosotros tiene ojos para la vida que se desenvuelve a nuestro alrededor, todos andamos preocupados con la forma de que nos acepten las maletas en consigna. Porque por más que guardar los enseres sea uno de nuestros derechos, si los encargados acceden a ello es sólo porque la prisión está en Moscú y nosotros aún no hemos perdido nuestra apariencia de moscovitas.