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Además, la prisión de tránsito le brinda la ilusión de seguir en contacto con su familia. Desde aquí escribirá la primera carta a que tiene derecho. A veces para decir que no lo han fusilado, a veces para indicar adonde lo mandan, en todo caso son siempre las primeras y chocantes palabras que dirige a los suyos un hombre trillado ya por la investigación judicial. En casa le siguen recordando como era, pero él ya nunca volverá a ser el mismo. Es una certeza que de pronto estalla como un rayo en alguna de esas líneas retorcidas. Retorcidas porque por más que esté permitido enviar cartas desde una prisión de tránsito, por más que en el patio haya colgado un buzón, no hay quien consiga papel ni lápices, y mucho menos algo que sirva para sacar punta. De todos modos, siempre se podrá alisar un envoltorio de tabaco o de un paquete de azúcar, y en la celda alguien habrá que tenga un lápiz. Con esos garabatos indescifrables se escriben las líneas que han de traer la paz o el desasosiego a las familias.

Hay mujeres que tras recibir una de esas cartas pierden la cabeza y corren en pos de su marido hasta la prisión de tránsito, aunque jamás les concederán una entrevista y lo único que van a conseguir será traerle nuevas preocupaciones. Una de esas mujeres proporcionó, a mi entender, una idea para lo que habría de ser el monumento a todas las esposas. E incluso indicó el lugar para erigirlo.

Fue en la prisión de tránsito de Kúibyshev, en 1950. La prisión estaba en el fondo de un valle (desde el que, sin embargo, se divisaban las Puertas de Zhiguli del Volga), y sobre éste, cerrándolo por el este, se alzaba una alta y extensa colina cubierta de hierba. La colina estaba detrás de la zona y quedaba por encima de ésta, por lo cual, desde abajo, no podíamos ver por dónde podría acceder a la cima alguien que viniera desde fuera. Pocas veces podía verse a alguien en la colina, en ocasiones pastaban unas cabras o correteaban unos niños. Y de pronto, un día nuboso de verano apareció en la escarpada pendiente una mujer con ropas de ciudad. La mujer empezó a escudriñar nuestra zona desde arriba cubriéndose del sol con el hueco de la mano y girando despacio la cabeza. En aquel momento, tres populosas celdas estaban de paseo en varios patios. ¡Y entre aquellos tres densos centenares de hormigas sin rostro ella pretendía encontrar a su marido! ¿Esperaba quizá que se lo dijera el corazón? Seguramente le habían denegado la entrevista y había decidido trepar por aquella pendiente. Desde los patios, todos habían advertido su presencia y se pusieron a mirarla. Nosotros, en lo bajo del valle, no teníamos viento, pero arriba soplaba con fuerza. El viento levantaba y tiraba de su largo vestido, de su chaqueta y sus cabellos, ponía al descubierto todo el amor y la angustia que la invadían.

Creo que una estatua de aquella mujer, colocada precisamente allí, en la colina que domina la prisión de tránsito, de cara a las Puertas de Zhiguli como ella estaba, podría por lo menos explicar algo a nuestros nietos. [280] 56

Vete a saber por qué, estuvo ahí un buen rato sin que nadie la alejara, seguramente la guardia tendría pereza de trepar hasta allí. Luego subió un soldado, se puso a gritar y a agitar los brazos, y la obligó a marcharse.

Además, la prisión de tránsito brinda al preso una visión general, amplía sus horizontes. Como suele decirse, bien se está san Pedro en Roma, aunque no coma. En el movimiento incesante de este lugar, en ese ir y venir de decenas y centenares de individuos, en la franqueza de los relatos y de las conversaciones (en el campo ya no se habla tan abiertamente, todos temen caer en las garras del oper),tu mente se refresca, se airea, se aclaran tus ideas, empiezas a comprender mejor lo que está sucediendo, lo que ocurre con el pueblo y hasta en el mundo. Hasta puede que coincidas en la celda con algún personaje estrafalario dispuesto a contarte cosas que jamás habrías podido leer en ninguna parte.

Un buen día entra en nuestra celda un auténtico prodigio: un joven militar de alta estatura, perfil romano, pelo rizado de color rubio claro, uniformado como un inglés, como si lo hubieran traído directo de las costas de Normandía, como un oficial de las tropas del desembarco. ¡Menudos aires se dio al entrar! Como si esperara que todos nos alzáramos en su presencia. Pero la verdad es que, sencillamente, esperaba encontrarse con una celda hosticlass="underline" llevaba ya dos años encerrado y aún no había estado en ninguna celda común, y hasta llegar a la prisión de tránsito siempre lo habían transportado en secreto, en un compartimiento para él solo. De pronto, inesperadamente —por descuido o con toda la intención— lo habían introducido en nuestro establo. Recorre la celda, descubre a un oficial de la Wehrmacht por su uniforme y se enzarza,con él en alemán. Al poco rato ya están discutiendo acaloradamente. Se diría que están a punto de hacer uso de las armas, de haberlas tenido, claro. Han pasado ya cinco años desde la guerra y además siempre nos han inculcado que si Occidente tomó parte en la contienda fue sólo por guardar las apariencias. Nos extraña, pues, contemplar tanta furia recíproca: al fin y al cabo, el alemán lleva mucho tiempo aquí, y nosotros, los rusos, nunca hemos discutido con él.

Nadie habría creído el relato de Erik Arvid Andersen de no haber visto su cabeza, a la que habían perdonado el rapado, un milagro único en todo el Gulag; de no ser por su porte extranjero; de no ser por la conversación fluida en inglés y en alemán. Si hemos de dar crédito a sus palabras, era hijo de un sueco acaudalado, no ya millonario sino multimillonario (bueno, admitamos que exageraba), y sobrino por parte de madre del general inglés Robertson, jefe de la zona inglesa de ocupación en Alemania. Ciudadano sueco, había servido como voluntario en el Ejército inglés durante la guerra y, efectivamente, había tomado parte en el desembarco de Normandía. Después de la guerra pasó a ser oficial de carrera en el Ejército sueco. Sin embargo, siempre sintió inquietud por las cuestiones sociales y su sed de socialismo acabó pudiendo más que el apego a las riquezas de su padre. Seguía la evolución del socialismo soviético con profunda simpatía, e incluso tuvo ocasión, durante una visita a Moscú como miembro de una misión militar sueca, de convencerse con sus propios ojos de que estaba floreciendo. Aquí les dieron banquetes y los tuvieron en dachas. No tuvo obstáculo alguno para cambiar impresiones con sencillos ciudadanos soviéticos y con hermosas actrices que no temían llegar tarde al trabajo y siempre estaban dispuestas a pasar el rato con él, incluso a solas. Convencido definitivamente del triunfo de nuestro orden social, a su regreso a Occidente, Erik publicó artículos en la prensa defendiendo y elogiando el socialismo soviético. Aquí fue cuando traspasó el umbral y se buscó la perdición. Precisamente en aquellos años de 1947-1948 estaban buscando por todos los rincones de Europa jóvenes occidentales progresistas dispuestos a renegar en público de Occidente (parecía que bastaba reunir una veintena para que Occidente se tambaleara y se derrumbara). Por los artículos que había publicado, Erik parecía la persona apropiada. En aquella época, Erik prestaba servicio en el Berlín Occidental, su esposa se había quedado en Suecia, y por una venial debilidad masculina solía visitar a una joven soltera alemana en Berlín Oriental. Allí fue donde una noche lo prendieron. (¿No es esto lo que se dice «ir a por lana y salir trasquilado»? Hace ya tiempo que se dan casos así, no fue éste el primero.) Se lo llevaron a Moscú, donde Gromyko, que le conocía de otro tiempo por haber almorzado en casa de su padre en Estocolmo y ahora tenía ocasión de corresponder a tanta hospitalidad, le propuso al joven que renegara públicamente del capitalismo entero y de su propio padre, a cambio de lo cual se le prometía vivir entre nosotros a cuerpo de capitalista hasta el fin de sus días. Aunque Erik no perdía nada en el plano material, con gran asombro de Gromyko, se indignó y le cubrió de improperios. Como creían que acabaría cediendo, lo encerraron en una dacha de los alrededores de Moscú y le estuvieron dando de comer como a los príncipes que salen en los cuentos (a veces le aplicaban «horribles medidas de represión»: no le dejaban encargar el menú del día siguiente, o de repente le traían un filete en lugar del pollo que había pedido). Le llevaron las obras de Marx-Engels-Le-nin-Stalin y esperaron un año hasta que se reeducara. Pero, sorprendentemente, ello no surtió efecto alguno. Entonces trajeron a vivir con él a un ex general de brigada que ya había cumplido dos años en Norilsk. Probablemente, contaban con que a Erik se le bajarían los humos cuando oyera del general los horrores de los campos. Pero el general no supo —o no quiso— cumplir la misión encomendada. En los diez meses que pasó encerrado con él, Erik no hizo más que aprender un ruso muy rudimentario y confirmarse en la repulsión que ya había empezado a sentir por los de azul. En el verano de 1950 lo llevaron de nuevo ante Vyshinski, y otra vez volvió a rehusar (¡sacrificando así la propia existencia a su conciencia, en contra de todos los dogmas!). Entonces, el propio Abakúmov le leyó a Erik una disposición que lo condenaba a veinte años de prisión (¿por qué delito?). En realidad estaban ya hartos de bregar con aquel zoquete, pero tampoco podían dejar que volviera a Occidente. Fue entonces cuando lo trasladaron en un compartimiento de tren aparte, cuando escuchó a través del tabique el relato de aquella muchacha de Moscú, para ver a la mañana siguiente por la ventanilla la Rusia de Riazán, con sus techos de paja podrida.