– Usted es agente inmobiliario, a usted le corresponde decidirlo. Hasta pronto.
– Espere. Tengo que decirle otra cosa. Puesto que yo le aconsejaba con toda sinceridad que no vendiera el chalet…
Con toda sinceridad en el sentido de que, si la señora lo vendía, Callara perdería el porcentaje sobre el alquiler.
– … ella me contestó que no quería volver a hablar del asunto.
– ¿Y usted le preguntó por qué?
– Sí, señor. Me dijo que me lo explicaría por escrito. Y justo esta mañana recibo un fax con la explicación de por qué quiere vender. Creo que ese fax puede interesarle a usted.
– ¿A mí?
– Sí, señor. Dice que su hijo Ralf ha muerto.
– ¡¿Cómo?!
– Sí, señor, descubrieron los restos hace aproximadamente un par de meses.
– ¿Los restos? Entonces, ¿la cosa viene de lejos?
– Sí, señor. Parece que Ralf murió mientras regresaba a Colonia con el señor Speciale. Hay también un recorte de periódico alemán con la traducción.
– ¿Cuándo podrá facilitármelo?
– Esta misma tarde cuando cierre el despacho. Paso y se lo dejo al de la entrada.
¿Cómo era posible que hubieran tardado seis años en descubrir el otro cadáver o lo que quedaba de él?
11
La mirada de Dipasquale al entrar en el despacho del comisario era más turbia que nunca.
– Siéntese.
– ¿Tardará mucho la cosa?
– Lo suficiente. Señor Dipasquale, antes de hablar del chalet de Pizzo, quisiera aprovechar su presencia aquí para preguntarle dónde y cómo puedo localizar al vigilante de la obra de Montelusa.
– ¿Todavía con esa maldita historia del árabe? ¿Todavía? Pero si el dottor Lozupone ya…
Montalbano fingió no haber oído el nombre de su compañero.
– Dígame dónde puedo localizarlo. Y repítame el nombre y apellido. La otra vez me lo dijo, pero no lo apunté y se me olvidó. Fazio, por favor, toma nota.
– Enseguida, dottore.
No estaba mal como interpretación improvisada.
– Comisario, yo mismo le diré al vigilante que quiere hablar con él. Se llama Filiberto Attanasio.
– Pero, perdone, ¿ustedes cómo se ponen en contacto con él cuando la obra está cerrada?
– Tiene un móvil.
– Deme el número.
– No le funciona. La otra noche… el otro día se le cayó al suelo y se le rompió.
– Bueno, pues entonces dígaselo usted.
– Sí. Pero le advierto que no podrá venir antes de dos o tres días.
– ¿Por qué?
– Le ha dado un ataque de malaria.
Debía de haberse pegado un buen susto el vigilante.
– Vamos a hacer una cosa. Dígale que cuando esté restablecido nos llame. Y ahora volvamos a lo nuestro. Lo he convocado porque esta mañana, mientras interrogaba a los albañiles que trabajaron en el chalet de Pizzo, Dalli Cardillo y Miccichè…
– Comisario, no gaste saliva, sé muy bien lo que ha ocurrido.
– ¿Quién se lo ha dicho?
– Spitaleri. Miccichè entró en su despacho como un loco desaforado y le soltó un tortazo que le escacharró la nariz. Estaba convencido de que Spitaleri había querido comprometerlo. ¡Ése debería estar en el zoo entre las fieras salvajes! Pero ahora tendrá que ir a pedir limosna. Como albañil es muy difícil que encuentre trabajo.
– No todas las obras son de Spitaleri -señaló Fazio.
– No, pero basta una palabra mía o de Spitaleri…
– ¿… para que se quede en la calle?
– Ni más ni menos.
– Tomo nota de lo que acaba de decir y sacaré las debidas consecuencias -dijo Montalbano.
– ¿Y eso qué significa? -preguntó Dipasquale sorprendido. Más que el tono de amenaza le había impresionado el perfecto italiano con que se había expresado el comisario.
– Significa que usted, en nuestra presencia, ha dicho que hará lo posible para que Miccichè se quede en el paro. Ha amenazado a un testigo.
– ¿Un testigo? ¡Un cabrón de mierda, querrá decir!
– ¡No se atreva a hablar de esa manera!
– Y en cualquier caso, ¡si lo amenazo no es por lo que ha dicho aquí, sino por la torta que le atizó a Spitaleri!
Era listo y rápido el capataz.
– Por ahora no divaguemos. Spitaleri nos contó que la obra del chalet de Pizzo concluyó el doce de octubre. Y usted lo corroboró. Pero la verdad es que los trabajos terminaron la mañana del día siguiente, tal como hemos averiguado por Miccichè.
– Pero ¿eso qué importancia tiene?
– Deje que seamos nosotros quienes decidamos si es o no importante. Spitaleri no podía saber que se había producido esa prolongación de los trabajos porque se había ido, pero ¿usted estaba al corriente de ello?
– Sí.
– Es más, ¿no fue usted precisamente quien lo decidió?
– Sí.
– ¿Por qué no nos lo dijo?
– Se me fue de la cabeza.
– ¿Seguro?
– Pero usted tampoco me habló el otro día de la cuestión de la chica asesinada.
Quería pasar al contraataque el muy cabrón.
– Dipasquale, aquí no estamos jugando al juego del yo te digo una cosa a ti y tú me dices una cosa a mí. En cualquier caso, cuando usted vino aquí, ya estaba al corriente de lo de la chica muerta porque Spitaleri se lo había dicho. E hizo como que no sabía nada.
– ¿Y qué quería que le dijera? Nada.
– ¡Pues no! Una cosa sí dijo.
– ¿Cuál?
– Quiso crearse una coartada con nosotros. Nos dijo que Spitaleri, cuatro días antes de que terminaran los trabajos en Pizzo, lo envió a Fela para poner en marcha otra obra. Y ahora yo pregunto, ¿cómo es posible que usted, el once y el doce de octubre, en ambos casos por la tarde, estuviera en Pizzo y no en Fela?
Dipasquale ni siquiera trató de buscar una excusa.
– Comisario, usted debe comprenderme. Yo me pegué un susto muy grande cuando Spitaleri me habló del cadáver. Y entonces me inventé la historia de que me habían enviado a Fela. Ya me esperaba que de un momento a otro ustedes se enterarían de que era falsa.
– Pues entonces díganos exactamente cómo ocurrieron las cosas.
– Mire, el día once yo entré en aquel maldito apartamento. Quería ver si había humedades o alguna filtración. Estuve también en el salón, pero no vi nada extraño.
– ¿Y al día siguiente, el doce?
– Regresé por la tarde. Le dije a Miccichè que no desmontara la galería. Él se fue y yo me quedé una media hora esperando al señor Speciale.
– ¿Entró a inspeccionar el piso?
– Sí, señor. Todo estaba en orden.
– ¿También en el salón? -preguntó Fazio.
– También en el salón.
– ¿Y después?
– Llegó finalmente el señor Speciale.
– ¿Cómo llegó?
– En coche. Lo había alquilado al llegar aquí.
– ¿Lo acompañaba su hijastro?
– Sí, señor.
– ¿Qué hora era?
– Debían de ser las cuatro.
– ¿Bajaron ustedes?
– Los tres.
– ¿Cómo hicieron para verse?
– Yo tenía una linterna de gran potencia. Y Speciale también tenía una. Él lo examinó todo detalladamente, pues era un hombre muy tiquismiquis y meticuloso; después yo le pregunté si podíamos cerrar la entrada y nivelar la tierra arenisca y él me dijo que le parecía muy bien. Eché un último vistazo y después Speciale y yo salimos. Nos despedimos y yo me fui.
– ¿Y Ralf?
– El chico le había pedido la linterna a su padrastro y se había quedado abajo.
– ¿Para hacer qué?
– Vaya usted a saber. Estar allí abajo le gustaba. Miraba los marcos envueltos en nailon y se reía. ¿No le dije que estaba loco?
– ¿O sea que usted se fue mientras Speciale y Ralf se quedaban en Pizzo?
– Yo los dejé allí. Por otra parte, el señor Speciale tenía las llaves del otro apartamento, que estaba listo para entrar a vivir.