Era demasiado. Sabrina gritó. Alcanzó una naranja de la fuente de la fruta y se la arrojó.
– ¡Fuera! -le ordenó-. ¡Fuera de aquí y no vuelvas nunca!
Kardal fue hacia la puerta. Riéndose. ¡ Se estaba riendo de ella! Quería matarlo. Muy despacio.
– ¿Lo ves? No estás tan bien educada como los camellos. Me decepcionas.
Sabrina le tiró una pera y esta chocó contra el marco de la puerta.
– Te veré en el infierno.
– He vivido una vida ejemplar -contestó él-. Así que no creo que acabe en el infierno. Pero trataré de interceder por ti cuando vaya al cielo.
Sabrina gritó y agarró la fuente entera. Sin dejar de reírse, Kardal salió de la habitación y cerró la puerta, justo antes de que la fuente se estrellara contra la pared.
Seguía sonriente cuando entró en la parte más vieja del castillo. Había propuesto remodelarla, pero su madre prefería que siguiese tal como había estado desde hacía siglos.
Dobló una esquina y vio un arco que conducía a los antiguos aposentos de las mujeres. Hacía casi veinticinco años que su madre había abierto las puertas del harén. Luego las había vendido. Como medían cerca de cinco metros y eran de oro macizo, habían ingresado una suma considerable. Habían invertido el dinero en fundar una clínica para las mujeres de la ciudad. Gracias a ella, contaban con doctores especializados que cuidaban de la salud de las mujeres, Las atendían en el parto y se ocupaban de los niños pequeños, totalmente gratis. Cala, su madre, había dicho que las generaciones que habían vivido y muerto dentro del harén habrían dado su aprobación.
Kardal atravesó el arco. El vestíbulo del harén se había convertido en una sala enorme. Era tarde, el personal se había retirado; pero todavía podía verse una luz en el despacho de su madre.
Llamó a su puerta. Cala sonrió al verlo. Alta, esbelta, de grandes ojos, tenía una belleza clásica que impactaba a cualquier hombre con gusto. Tenía cuarenta y nueve años, pero parecía mucho más joven. Su cabello era negro, largo y tupido. Durante el día llevaba un peinado sofisticado, pero, una vez finalizada la jornada, se lo recogía en una coleta. Eso y la camiseta y los vaqueros que solía llevar la hacían pasar a menudo por una mujer de apenas treinta años.
– El hijo pródigo ha vuelto -bromeó Kardal mientras se acercaba a darle un beso-. ¿Cuánto tiempo piensas quedarte esta vez?
– Estaba pensando en quedarme indefinidamente -dijo Cala tras apagar el ordenador e invitar a su hijo a que tomara asiento frente a ella-. ¿Crees que podrás soportarlo?
Kardal pensó en la vida monacal que había llevado en los últimos tiempos. Había trabajado tanto que apenas había encontrado resquicios para compañía femenina alguna.
– Sobreviviré. Háblame de tu último éxito.
– Hemos vacunado a seis millones de niños -Cala sonrió encantada-. Teníamos cuatro millones como meta, pero las donaciones aumentaron más de lo previsto.
– Supongo que gracias a tu capacidad de persuasión.
Cala dirigía una organización de beneficencia dedicada al cuidado de las mujeres y los niños de todo el mundo. Cuando Kardal había entrado en el instituto como interno, Carla había empezado a ocupar el tiempo libre en la organización, había empezado a viajar y a recaudar fondos para las personas necesitadas.
– No sé a qué se habrá debido tanta generosidad, pero me alegro -dijo Cala, e hizo una pausa antes de añadir-: ¿De veras es la princesa Sabrá?
Kardal se dijo que no debería sorprenderse. Las noticias volaban dentro de la ciudad y su madre siempre estaba al comente de todo.
– Eso dice.
– Creía que no podías seguir sorprendiéndome, pero está claro que me equivocaba – dijo Cala-. Apuesto a que tendrás una explicaron para secuestrar a la hija de un aliado.
Kardal le explicó que se había encontrado a Sabrina en el desierto.
– Estaba buscando la ciudad. Habría muerto si no la hubiéramos ayudado.
– No niego que os vierais obligados a ayudarla. Lo que no entiendo es por qué la retienes. Tengo entendido que ha entrado en la ciudad montada en tu caballo, maniatada. Contestó Cala
– . ¿Por qué estaba buscando la ciudad? No creo que esté interesada en sus tesoros. -añadió al ver que Kardal guardaba silencio
– Lo está. Dice que tiene dos títulos, licenciada en Arqueología y no sé qué en Historia de Bahania.
¿No recuerdas sus estudios? Cala sacudió la cabeza como preguntándose en qué se había equivocado para que le saliera un hijo así-. En fin, supongo que es normal. Te habrás fijado en otras cosas.
– Es un incordio de mujer -murmuró Kardal de pronto-. No solo no sabe que estamos prometidos, sino que es caprichosa, difícil y está criada en Occidente.
– Cosa que ya sabías cuando aceptaste el enlace -le recordó con severidad su madre-. No olvides que fue decisión tuya. Yo ni siquiera estaba presente cuando el rey Hassan se entrevistó contigo.
– No podía negarme sin crear un conflicto.
Cala no se molestó en contestar. La tradición establecía que Kardal debía casarse con la hija mayor de Bahania. Sin embargo, podía haberse opuesto, buscar un matrimonio romántico. Pero él no creía en el amor. El propósito del matrimonio no era otro que producir herederos. Nada más.
– Sabrina y tú tenéis más cosas en común de las que crees -dijo Cala-. Si eres inteligente, intentarás encontrarlas. Y si de veras es caprichosa, apuesto a que tendrá sus razones para las cosas que desea. Te aseguro que tendrás mucho terreno ganado si averiguas sus motivaciones.
– ¿Para qué?
– Kardal, tu felicidad está en juego. ¿No crees que merece la pena esforzarse un poco?
– Sabrina no puede hacerme feliz – contestó él, encogiéndose de hombros.
– Un hombre inteligente intentaría llevarse bien con su esposa. Si está contenta, será mejor ladre de tus hijos.
– Si al menos fuera más moldeable – murmuró Kardal-. ¿Por qué permitió el rey Hassan que se criara en Occidente?
No lo sé. Pero sí que se casó con la madre de Sabrina muy rápido. Fue una unión impulsiva. Tengo entendido que, de no ser por Sabrina, se habrían divorciado a los pocos meses.. Al parecer, cuando por fin se decidieron a hacerlo, la madre quiso llevársela a California y él no se opuso.
¿Cómo fue capaz de dejar que se llevaran hija? -Kardal negó con la cabeza.-. La ley Bahania ordena que los descendientes permanezcan con el padre.
– Puede que el rey se equivocara -contestó Cala-. Hay hombres muy tontos. Sé de uno que no quiere ni molestarse en conocer a su futura esposa. Uno que da por sentado que no va a poder ser feliz con ella. Y todo al cabo de unas pocas horas de conocerla.
– ¿No me digas? -repuso Kardal con ironía-. De acuerdo. Tienes razón. Pasaré más tiempo con Sabrina antes de emitir un juicio sobre ella. Aunque estoy convencido de que no me satisfará.
– Si vas con esa idea en la cabeza, seguro que no -respondió su madre.
Kardal consideró las palabras de Cala. Era una mujer inteligente, siempre había querido lo mejor para él. De pequeño lo había colmado de mimos. Y había sabido retirarse llegado el momento de que aprendiera de la vida y experimentara por su cuenta. Era excepcional, amable, bella. Y, sin embargo, siempre había vivido sola.
– ¿Fue por mí?
Cala tardó varios segundos en adivinar a qué se refería. Por fin se levantó, rodeó la mesa y le rozó una mejilla.
– Eres mi hijo y te quiero con todo el corazón. Las razones por las que no me casé no tienen que ver contigo.
– Entonces fue culpa de él.
– Kardal -dijo ella en tono de advertencia.
– No entiendo por qué defiendes a ese hombre -murmuró, nervioso, poniéndose de pie.
– Porque hay cosas que no puedes entender.
No tenía sentido seguir adelante. Habían mantenido la misma discusión decenas de veces. De modo que Kardal le besó las mejillas y le prometió que cenaría con ella a finales de la semana. Luego se marchó.