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¿Se suponía que esa parte del hombre tenía que entrar dentro de ella? Sabrina trató de calmarse. Se consideraba una mujer moderna, pero ser virgen y encontrarse frente a un hombre desnudo por primera vez la hacía sentirse… azorada.

– Quizá debería haber pedido un baño frío -dijo Kardal mientras se sentaba-. Puedes empezar a bañarme cuando quieras.

– ¿Y si no quiero nunca? -respondió Sabrina. ¿Bañarlo? Tenía que estar gastándole una broma. No podía tocarlo. No estando desnudo. Y mucho menos ahí.

– Te lo diré de otro modo, Sabrina: te ordeno que me bañes ahora mismo. Agarra la esponja y empieza ya.

Suspiró. Tenía que reconocer que tenía estilo ordenando. Miró la distancia hasta la puerta. Podría huir antes de que él saliera del baño. Pero estaba convencida de que, desnudo o no, la seguiría y terminaría dándole alcance. Y después sería peor. Además, aun en el caso de que lograra escapar, nadie la ayudaría. La dejarían dando vueltas por el castillo, vestida con aquella ropa transparente.

– Ojalá me hubieras dejado en el desierto – gruñó Sabrina-. Me las habría arreglado por mi cuenta.

– Estarías muerta – Kardal la miró-. Es mejor ser mi esclava que estar muerta.

– Tal vez -Sabrina agarró la esponja y la pastilla de jabón que Adiva había dejado sobre una mesita junto a la bañera y se situó detrás de Kardal-. Échate hacia delante, voy a lavarte la espalda.

– No es la parte que más me interesa.

– No digo que no, pero es la que voy a hacer primero.

– Aja, o sea que es para crear tensión. Se nota que sabes jugar.

Pero aquello no era un juego en absoluto para Sabrina. No pudo evitar ruborizarse. Hundió la esponja en el agua y la frotó contra el jabón. Kardal se inclinó para que pudiera deslizar la esponja por su espalda.

– Sería más fácil si te metieras en la bañera conmigo -la provocó.

De pronto ella se imaginó desnuda dentro del agua. Sintió un hormigueo en su interior. Pero trató de sonar calmada:

– Si eso es todo lo que se te ocurre para seducirme, la verdad es que no me impresionas.

Kardal soltó una risotada. Cuando notó que Sabrina había terminado de lavarle la espalda, se recostó contra la bañera y sacó el brazo izquierdo.

– Puede que no seas muy buena esclava, pero me resultas divertida.

– Pues disfruta, disfruta. Mi misión en esta vida es servirte -ironizó ella mientras pasaba la esponja por el brazo de Kardal-. Y, mientras charlamos del lugar que ocupo en tu universo, ¿qué tal si hablamos de mi ropa? ¿No podría ponerme algún vestido, unos vaqueros incluso? ¿De dónde demonios has sacado estas gasas?

Kardal se giró, la miró a los ojos. Estaban tan cerca que Sabrina se echó hacia atrás.

– A mí me parece que estás irresistible – murmuró.

– Pues a mí me parecen un espanto.

– Seré razonable – Kardal bajó la vista hacia los pechos de Sabrina-. Tomaré una decisión después del baño. Si tú me complaces ahora, puede que yo te complazca luego.

Ella sintió un escalofrío. De pronto tuvo la sensación de que no estaban hablando de la ropa que llevaba. Sabía lo que Kardal pensaba de ella. Era fácil, pues era evidente que había leído lo que habían escrito sobre su persona en las revistas y los periódicos. Verdades a medias, hechos tergiversados y mentiras sin el menor fundamento. La prensa daba una imagen equivocada de ella, como si se pasara la vida de fiesta en fiesta y se acostara con un hombre tras otro. La juzgaban por el estilo de vida de su madre. No era justo.

– Sabrina, pareces enfadada. ¿En qué piensas?

Ella negó con la cabeza. De ninguna manera se sinceraría con el hombre que la había secuestrado. Se movió al otro lado de la bañera y alcanzó el brazo derecho.

– ¿Cómo te la hiciste? -le preguntó tras rozar con el pulgar una cicatriz.

– Un navajazo. Creo que tenía diez años. Fui al mercado de Bahania solo. Un error.

– Antes dijiste que saliste solo al desierto. – Sabrina frunció el ceño-. ¿Es que te pasabas la vida buscando camorra?

– Sí. Y solía encontrarla -contestó con una mezcla de humor y enojo.

– Pensaba que crecer aquí sería divertido.

– En general era feliz. Pero había veces en que me hartaba de tantas leyes. Mi abuelo era muy cariñoso, pero también muy estricto.

– ¿Y qué pensaba él de lo de tener esclavos?

– Estaba en contra.

– ¿De veras? -Sabrina soltó la esponja-. Supongo que no estará por aquí cerca.

– No, murió hace cinco años.

– Lo siento -Sabrina se puso de rodillas y le rozó el brazo humedecido-. No pretendía faltarle al respeto.

– Lo sé, no hacía falta que te disculparas. La verdad es que lo echo de menos. Me gustaría que siguiese con nosotros. Hasta su muerte yo no era más que el heredero de la ciudad. Tenía más libertad. Ahora tengo muchas responsabilidades.

– ¿Qué estructura de gobierno tiene la ciudad? – se interesó Sabrina-. ¿Existe un parlamento o algo parecido?

– Hay un órgano consultivo que me asesora. Pero no tienen más poder que el que yo les conceda. Soy el soberano absoluto.

– Qué suerte tengo.

– Siempre puedes apelar a mi madre. Tiene mucha influencia sobre mí.

– Puede que no sea el mejor momento – contestó Sabrina tras apuntar hacia la bañera-. Se formaría una idea equivocada.

– Yo creo que entendería de sobra lo que pretendo -repuso Kardal con voz ronca.

– Ya…, bueno, quizá en otro momento – Sabrina tragó saliva-. Cuando lleve una ropa con la que me sienta más cómoda -añadió justo antes de que Kardal le agarrara una mano y la posara sobre su torso.

– Yo, en realidad, preferiría verte sin nada de ropa.

Se sentía como un pajarillo atrapado ante la mirada inquisitiva de una cobra. Quería salir corriendo, pero era incapaz de moverse. Sus dedos se enredaron en el vello del pecho de Kardal, cuyo corazón se aceleró contra la palma de la mano de Sabrina.

¿Eran imaginaciones suyas o Kardal se estaba acercando a ella? Le tembló el cuerpo entero y supo que si hubiera estado de pie, las rodillas no la habrían sostenido.

Los ojos de Kardal eran dos llamas. El fuego de esa mirada estaba derritiendo sus resistencias. Cuando él clavó la vista en su boca, Sabrina tuvo la certeza de que la besaría. ¿Cómo sería dejarse besar por un hombre así? Kardal daría por sentado que sabría manejarse en ese tipo de situaciones íntimas. Seguro que la consideraba una mujer experimentada cuando, en realidad, la mayoría de las adolescentes sabían más que ella. Porque nunca la habían besado. No al menos como en los libros.

Kardal leyó las distintas emociones que se reflejaban en los ojos de Sabrina: curiosidad y temor, confusión, deseo. Una combinación que lo intrigaba… y lo despistaba. Si no estuviera seguro de lo contrario, habría terminado por creer que era tan inocente como aseguraba.

Pero no era posible. Había crecido en Los Ángeles. Y llevaba una vida alocada. Estaba al corriente de las fiestas a las que ella asistía, de los hombres con los que la habían relacionado.

Y, sin embargo, la semilla de la duda había germinado. Kardal quería averiguar la verdad. Le acarició una mejilla con una mano y, con la otra, condujo los dedos de Sabrina bajo el agua hasta su erección. Pero nada más entrar en contacto con él, ella dio un respingo y se retiró como si se hubiese quemado. Se puso colorada.

– Vas a tener que terminar de bañarte solo-dijo con voz trémula-. No puedo seguir con esto.

Interesante, pensó Kardal. Tal vez no fuese virgen, pero tampoco tenía tanta experiencia como había creído. Podía fingir algunas cosas, pero ni el rubor de las mejillas ni la expresión azorada de su rostro podían simularse.