Выбрать главу

– Sabrina -murmuró Kardal con voz ronca cuando apartó los labios.

Su tono ronco produjo un cosquilleo extraño en el estómago de Sabrina. Sintió una presión en el pecho y una ligera presión entre las piernas. Kardal agachó la cabeza de nuevo. Esa vez paseó la lengua por el labio inferior de ella. Sabrina cerró las manos, se clavó las uñas en las palmas. Se sentía tonta, con los brazos caídos a ambos costados. Kardal colocó la mano que había apoyado sobre la cintura de Sabrina encima de uno de sus hombros. Y siguió lamiéndole el labio inferior. Ella sabía lo que pretendía. Y no le importaba. Besarse nunca le había parecido especialmente excitante, pero tampoco algo horrible. Abrió la boca un poco, lo justo para que Kardal introdujera la lengua y la uniera a la de ella.

Una descarga eléctrica recorrió su cuerpo. No estaba segura de qué había sido, pero no pudo evitar reposar una mano sobre el torso de él. Kardal la agarró por la barbilla y siguió fundiendo su lengua con la de ella.

Se le olvidó respirar. De pronto, era como si estuviese ardiendo, pero era un fuego agradable. Sentía una presión desconocida en todo el cuerpo. Una tensión que le oprimía el pecho y no dejaba que el aire le entrara en los pulmones. Moriría en brazos de Kardal y tampoco le importaría. No mientras siguiera besándola.

Sabrina se giró para poder rodearlo con ambos brazos. Cuando Kardal retrocedió, ella lo siguió, en busca del calor y el sabor de su lengua. Él la apretó entonces contra su cuerpo hasta aplastarle los pechos contra el torso. Pegó los muslos contra los de ella. Sabrina quiso… No sabía qué con precisión, pero estaba experimentando una sensación de apetito novedosa.

Kardal puso fin al beso, pero solo para posar la boca sobre el cuello de Sabrina. Le lamió el lóbulo de la oreja, le dio un mordisquito que la hizo gemir.

– ¿Todavía quieres salir volando, pajarillo mío? -murmuró tras apartarse lo justo para mirarla a los ojos.

Por supuesto, pensó Sabrina. Pero no logró dar voz a las palabras. De pronto no le apetecía tanto pegarle una patada en la espinilla y huir. No cuando Kardal podía querer besarla de nuevo.

Este plantó las manos sobre los hombros de Sabrina y empezó a bajar. Aturdida todavía por el beso, la sorprendió sentir sus palmas sobre los pechos, los pulgares de Kardal pellizcándole los pezones.

Hasta que, a pesar del deseo que abrasaba su piel, recuperó la cordura y lo empujó hasta hacerlo retroceder.

– No puedes hacer esto -dijo Sabrina casi ni aliento-. Una cosa es secuestrarme y otra abusar de mí. Puede que mi padre no me haga caso, pero matará a cualquier hombre que se atreva a desflorarme. Y lo mismo el anciano al que me ha prometido. Espera casarse con una mujer virgen.

Supuso que Kardal se echaría a reír. «Desflorar» era una palabra muy anticuada. Además, Kardal no parecía respetar apenas a su familia.

Pero no sonrió siquiera. De hecho, frunció el ceño y la miró como si fuese un enigma al que no fuera capaz de encontrar solución.

– No es posible -dijo más para sí que para Sabrina-. ¿ Virgen?

– ¿Es que no me has oído? -contestó ella tras agarrarlo de la camisa. Le dio un empujón, pero no logró desplazarlo ni un centímetro.

– No lo sabía -dijo Kardal.

– Pues no será porque no he intentado decírtelo -Sabrina lo soltó-. La próxima vez presta más atención.

Ni siquiera la había escuchado, pensó disgustada mientras Kardal la miraba atónito. Luego se dio la vuelta y se fue de la habitación dejándola plantada contra la pared, sin aliento, todavía temblando por el impacto del beso.

Sabrina pegó la espalda a la pared del pasillo y trató de oír si se acercaba alguien. Por primera vez desde su llegada al castillo cinco días atrás, se había encontrado la puerta de su dormitorio abierta después de desayunar. No sabía si a Adiva se le había olvidado echar el cerrojo al salir o si Kardal había decidido que podía vagar por el castillo con libertad. En cualquier caso, aprovechó para inspeccionar los alrededores tratando de que no la descubrieran.

En realidad le daba igual si Kardal se enfadaba si la sorprendían. Ya no soportaba seguir encerrada entre aquellas cuatro paredes ni un segundo más.

Respiró profundo y aguzó el oído. No oyó más que el rumor de una conversación lejana y los latidos acelerados de su corazón.

En general le gustaba estar sola, pensó mientras avanzaba por el pasillo. Disfrutaba leyendo los libros de la biblioteca y Adiva le llevaba periódicos y revistas todas las mañanas. Pero desde que Kardal la había besado noches atrás, su mundo había dado un giro de ciento ochenta grados.

No podía olvidar la reacción de su cuerpo ante aquel beso. Había gozado con las caricias de Kardal y anhelaba repetir la experiencia. Aunque no había habido muchos hombres en su vida, sí había besado a alguno; pero nunca la había afectado tanto. ¿Tendría que ver con Kardal o sería un síntoma de algo más grave?

Desde que había empezado a entender la forma en que su madre se relacionaba con los hombres, Sabrina había tenido miedo de acabar convirtiéndose en una mujer igual. No quería dejarse llevar por la pasión ni tomar malas decisiones por culpa de la habilidad de un hombre en la cama. Si alguna vez se enamoraba, quería que fuese la unión de dos almas que se comprendían y se enriquecían intelectualmente. Quería respetar a su amante y que este la respetara a ella. La pasión parecía una emoción voluble y peligrosa.

Llegó hasta unas escaleras que bajaban hacia la izquierda. El pasillo en el que estaba se extendía varios metros más hasta doblar por fin a la derecha. Se paró. Si seguía adelante, podría encontrar la salida del castillo. Si bajaba, quizá descubriera los tesoros. A pesar de las ganas que tenía de marcharse y de olvidar lo que le había pasado con Kardal, quería ver el botín de los ladrones. Se dijo que estaba haciendo una tontería, pero bajó las escaleras.

Desde el beso, había visto a Kardal en dos ocasiones: una vez para comer y luego la noche anterior, cuando la había invitado a ver una película con él y el personal del castillo. Sabrina había rechazado esta última oferta porque no le gustaba que nadie la viera como su esclava.

El mero hecho de estar en la misma habitación con Kardal le disparaba el corazón. No entendía cómo conseguía mantener una conversación inteligente con él cuando lo único en lo que pensaba era en los labios de Kardal y su única pregunta era cuándo tendría pensado volver a besarla.

Bajó otro tramo de escaleras y se detuvo a estudiar un bonito tapiz del siglo XVII en el que la reina Isabel de Inglaterra saludaba a una delegación española. Sabrina acercó los dedos a la obra de arte, pero no la tocó. Tenía más polvo del conveniente.

– Hay que limpiarlo -dijo en voz alta-. Ponerle un cristal y protegerlo.

Lo que Kardal estaba haciendo era un delito, pensó mientras seguía bajando. La próxima vez que lo viera le hablaría seriamente sobre la necesidad de desarrollar un programa de conservación para los tesoros del castillo.

Una vez abajo, se encontró ante un vestíbulo que comunicaba con varias piezas. Todas tenían puertas de madera maciza y unos candados enormes. De modo que había encontrado el almacén donde guardaban los tesoros, pensó satisfecha. La mala noticia, sin embargo, era que nunca había aprendido a forzar un cerrojo ni a apalancar una puerta.

– ¿Vienes a robar o de visita?

La voz la sorprendió tanto que Sabrina gritó. Se giró y vio a un hombre alto, rubio, vestido con un uniforme oscuro a los pies de la escalera. Aunque se parecía a los surfistas de California, sus ojos azules tenían una expresión un poco siniestra.

– Estoy de visita. Quería ver algunos de los tesoros de la ciudad -contestó por fin – ¿Quién eres?

– Rafe Stryker -se presentó este-. Estoy a cargo de la seguridad en la Ciudad de los Ladrones.

– Eres estadounidense -dijo Sabrina sorprendida-. ¿Qué haces aquí?