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– El príncipe Kardal solo se rodea de lo mejor.

– ¿Y tú eres el mejor?

Rafe asintió con la cabeza.

Era un hombre atractivo, pero tenía un aire cortante que no invitaba a enfadarlo. Kardal podía ser peligroso, pero corría fuego por sus venas y Sabrina comprendía el fuego mejor que el hielo.

– Si no me equivoco, eres la princesa a la que Kardal encontró perdida en el desierto – dijo Rafe sin dejar de mirarla a la cara.

– Es una versión de los hechos -contestó ella-. ¿Has venido a llevarme a mi habitación?

– No -Rafe sacó del bolsillo una llave y se acercó a la primera de las puertas-. Tengo órdenes de enseñarte lo que más ilusión te hace.

Pensó en decirle que no era una cuestión de ilusión, sino de curiosidad intelectual. Pero se quedó sin habla cuando se abrieron las puertas.

El cuerpo le tembló como cuando Kardal la había besado, aunque por una razón distinta. Había un mínimo de diez baúles transparentes. La luz eléctrica iluminaba su interior. Aunque no había etiquetas explicativas, Sabrina reconoció muchas de las piezas y piedras preciosas.

Había diamantes y diademas relucientes, joyas procedentes de El Bahar, Bahania, Francia, Inglaterra y el Lejano Oriente. Un rubí del tamaño de un melón pequeño brillaba en su estuche. Había demasiadas cosas que admirar, y eso que solo habían abierto una de las habitaciones.

– No es posible -Sabrina miró a Rafe, que seguía vigilándola con frialdad-. Kardal tiene que devolver todo esto.

– Eso discútelo con el jefe -Rafe se encogió de hombros-. Mi trabajo es asegurarme de que nadie saca nada sin su permiso.

– Entiendo. Está prohibido robar a los ladrones, ¿no?

– Las órdenes son las órdenes. Y conste que estoy de acuerdo con Kardal -dijo Rafe, haciendo un movimiento con la mano que dejó al descubierto su muñeca derecha.

Sabrina se quedó boquiabierta. Sin pensarlo dos veces, lo agarró el brazo. Rafe no se lo impidió.

– La marca del príncipe.

Un pequeño tatuaje marcaba la piel bronceada del vigilante. Sabrina pasó el dedo sobre el león y el castillo en miniatura. Aunque entendía su significado, nunca había visto el tatuaje salvo en los libros de historia.

– Eres leal al príncipe. Tienes una cicatriz por una puñalada dirigida contra Kardal. A cambio te nombraron jeque y cuentas con toda su confianza -afirmó Sabrina. Había oído hablar del intento de asesinato de Kardal, pero nunca había imaginado que el hombre que había arriesgado su vida por salvarlo fuese estadounidense-. ¿Tienes tierras?

– Algunas -Rafe se encogió de hombros-. Unos cuantos camellos y unas cabras. Me ofrecieron un par de mujeres, pero no acepté.

– ¿Quién eres? -preguntó ella.

– Alguien que hace su trabajo.

Estaba claro que era mucho más que un simple empleado. Sabrina sintió un escalofrío. Sin decir una palabra, salió de la habitación, todavía impresionada por todo lo que había visto y aprendido. Había que hacer algo, se dijo mientras regresaba a su dormitorio. La próxima vez que se encontrara con Kardal, insistiría en que fuese razonable. Y le haría unas cuantas preguntas sobre el misterioso vigilante.

Capítulo 7

KARDAL abandonó el despacho poco después de la seis. Solía quedarse a trabajar hasta más tarde, pero desde que Sabrina había llegado al castillo, cada día acortaba más la jornada.

Solo porque quería instruirla, se dijo mientras recorría los pasillos de piedra del castillo. Cuanto mejor entendiera lo que se esperaba de ella, mayor probabilidad habría de que el matrimonio saliese adelante. Si llegaban a casarse, cosa que todavía no había decidido.

El beso de hacía unos días le había demostrado que se entendían sexualmente. No había sido un intercambio apasionado. No, ese adjetivo no alcanzaba a empezar a describir siquiera lo que había ocurrido entre los dos. Había sido una explosión. Se había visto arrollado por una necesidad que jamás había experimentado antes. Y todo por un simple beso. ¿Qué sucedería si llegaban a tener una relación más íntima?

Aunque en un principio había previsto descubrirlo lo antes posible, ya no estaba seguro. Desde que Sabrina le había dicho que era inocente. Al principio no la había creído, pero empezaba a pensar que podía estar diciéndole la verdad. La había notado azorada al besarla, una mezcla de confusión y curiosidad. Aunque pudiera simular timidez, no podía fingir el rubor de sus mejillas. Era como si nunca hubiese visto a un hombre desnudo antes del baño en su habitación.

Virgen. Kardal negó con la cabeza mientras se acercaba a su dormitorio. ¿Cómo era posible, con la vida que había llevado? Pero cada vez estaba más convencido de que seguía intacta. Lo que le impedía acostarse con ella hasta que estuviesen casados. De lo contrario, por más que estuvieran prometidos, su padre tendría todo el derecho del mundo a declararle la guerra.

Kardal empujó la puerta. Como de costumbre, Sabrina lo estaba esperando. Pero esa vez no lo recibió con una sonrisa.

– No puedo creerlo -dijo furiosa nada más verlo entrar-. No son tuyos y no tienes derecho a quedártelos.

– ¿De qué hablas? -preguntó confundido Kardal.

– De los tesoros. He visto una de las habitaciones y no puedes quedártelos. Tienes que devolverlos.

– Ah, los tesoros. Rafe me contó que te había visto merodeando por el sótano.

Kardal se acercó a un carrito con bebidas que había junto a la ventana. Le habían enseñado a respetar las costumbres de su gente, de modo que no solía beber alcohol en presencia de sus compatriotas. Si su acompañante era occidental, era más indulgente y se permitía tomar algo que no fuese té.

– Tienes que devolverlos -insistió Sabrina-. Pertenecen a otras naciones. Son parte del legado de otros países.

– Una idea interesante -comentó él mientras se servía un whisky con hielo-. Pero ¿a quién se los devuelvo? Las naciones han cambiado.

– No todas.

– Por ejemplo, ¿qué hago con los huevos imperiales? -continuó Kardal-. Los zares han desaparecido. El gobierno de Rusia ha cambiado demasiadas veces en los últimos noventa años. ¿A quién pertenecen los huevos?, ¿Acaso tengo que encontrar a algún familiar lejano del zar?, ¿O tendría que entregárselos a los mandatarios actuales?

– Bueno, los huevos quizá sean un problema -reconoció Sabrina-. ¿Pero qué me dices de la diadema de Isabel I o de las joyas que robasteis de El Bahar y Bahania?

– Yo no he robado nada -le recordó Kardal-. Yo solo custodio los tesoros. Si la nación que se los dejó quitar los quiere recuperar, que venga y los robe, como hicieron mis antecesores.

– No a todo el mundo le gusta robar.

Tenía las mejillas encarnadas. Estaba más atractiva que de costumbre cuando se enfadaba con él. El pecho le subía y bajaba agitadamente. Kardal admiró el movimiento de sus senos bajo el vestido. Aunque había disfrutado viéndola con aquellas gasas transparentes, prefería los vestidos conservadores que le había dejado después. Imaginar lo que había debajo de ellos era más interesante que verlo directamente.

Ese día llevaba el pelo recogido hacia atrás en una tupida coleta pelirroja. Algunos rizos caían sobre su cara. Era una mezcla extraña: el cabello rojizo, los ojos marrones y una piel del color de la miel. No tenía una sola peca. Produciría hijos hermosos.

– ¿Me estás escuchando? -preguntó Sabrina.

– Con la respiración contenida -contestó él-. Mi corazón late para cumplir tus deseos.

Te odio cuando te pones sarcástico – Sabrina miró por la ventana. No tardaría en anochecer- La cuestión es que despojar a otras naciones de sus pertenencias no es una tradición de la que haya que enorgullecerse. Es una vergüenza.

– Ha sido nuestra forma de sobrevivir durante miles de años. En los últimos tiempos las cosas han cambiado, pero preservamos el botín que acumulamos. Puede que en algún momento lo devolvamos, pero todavía no -Kardal dio un sorbo a su copa-. Dado que tanto te interesa, quizá pudieras catalogar el tesoro.