– Vivian -dije y mi voz me sonó tan extraña como si procediera de una garganta distinta a la que unía mi cabeza con mi tronco- Aurelius Ambrosius se está muriendo. Debo acudir a su lado.
Me miró de la misma manera que el felino que se siente amenazado y desea, no obstante, aparentar serenidad. Se trataba exactamente de la calma tensa que precede al feroz zarpazo, justo el que zanja la cuestión.
– Creía que ya estuviste una vez con el Regissimus… -dijo sin terminar la frase.
Respiré hondo. Por supuesto que así había sido. Lo sabía de sobra porque era yo quien se lo había contado sin ocultarle ni uno solo de los revueltos sentimientos de pesar, de decepción, de amargura que había sufrido en aquel entonces.
– No comprendo cómo tienes algún deseo de volver a verle -prosiguió-. Te trató de una manera verdaderamente indigna.
– Vivian, no se trata de cómo nos tratan los demás, sino de cómo nosotros debemos tratarlos. Soy físico y…
– ¿Y ahora sabes cómo curarlo? -me interrumpió con una pregunta cargada de burlona ironía.
No, por supuesto que no. Aquel hombre estaba condenado y si había algo que podía asegurar era que su vida se había prolongado mucho más de lo que yo mismo hubiera podido imaginar. Decidí que lo más prudente era mantenerme en silencio, pero Vivian no pensaba dar por concluida nuestra conversación.
– ¿Por qué deseas marcharte? -me dijo con un tono seco que exigía una respuesta.
– Porque ésta no es la vida que debo vivir -respondí sorprendido de haber sido capaz de pronunciar aquellas palabras delante de Vivian.
– ¿Ah, no? -exclamó con ira apenas contenida-. Déjame ver. Dedicas horas y horas a estudiar nuevas formas de curación, reflexionas, piensas, paseas y cuentas con la mejor discípula que hubieras podido encontrar jamás en Britannia. Por cierto, una discípula que siempre está dispuesta a entregarse a ti porque tú eres su vida. Su vida completa. Y ahora, piensas dejar todo… ¿Por qué? ¿Porque te has cansado?
– Britannia… -intenté empezar a decir.
– ¡Britannia! ¡Britannia! ¿Qué nos importa Britannia a ti y a mí? -dijo mientras abría las manos como si deseara sujetar mi cráneo con sus palmas-. ¿Acaso los britanni han dejado de plantar, de cosechar, de comer, de dormir, de copular porque estuvieras aquí a mi lado? ¿Son más desdichados o enferman más? ¿Sufren más o pecan más? ¡Te ruego que no me digas estupideces!
– Vivian -comencé a decir-. Lo que dices… lo que dices es cierto, lo reconozco, pero… pero ¿y el futuro?
– ¿Qué sabes tú del futuro? -me interrumpió.
– Nada, pero…
Vivian se levantó de su asiento como si se viera impulsada por un resorte y se dirigió hacia una de las estanterías. Rebuscó airada e incluso masculló alguna maldición mientras sus manos, blancas y suaves, revolvían entre los objetos. Cuando regresó a la mesa, sujetaba un saquete rojo.
– Aquí está el futuro. ¿Me oyes? Aquí -dijo mientras levantaba la bolsita de cuero hasta ponérmela justo debajo de los ojos.
Una sensación de malestar, la misma que se experimenta ante un peligro desconocido, pero cierto, se apoderó de todo mi ser inmovilizándome.
– ¡Mira! -exclamó a la vez que arrojaba el contenido del saquete bermejo sobre la mesa.
Tardé unos instantes en comprender lo que apareció ante mis ojos. Al principio, me dio la sensación de que se trataba únicamente de algunos huesecillos que, tiempo atrás, habían pertenecido a algún diminuto roedor o a alguna alimaña de reducidas dimensiones. Pero, de repente, como cuando la luz rosada de la aurora se va extendiendo sobre los campos, comencé a distinguir todo. Aquello… aquello era un instrumento de adivinación…
– ¿Quieres que te diga lo que te depara el porvenir? -insistió desafiante Vivian-. ¿Es eso lo que deseas? -¿Eres… eres una…?
Pero no pude concluir la pregunta. Vivian había tomado los huesecillos en el cuenco de sus dos manos, blancas y suaves, comenzó a pronunciar unas fórmulas que yo desconocía totalmente y luego los lanzó contra la mesa. Cayeron de manera absolutamente indescifrable para mí, pero no tenía la menor duda de que ella podía leerlos con la misma nitidez con que yo lo hacía con el Libro Santo o con Virgilio.
– ¿Sabes lo que se ve aquí? -me dijo-. No, ¿verdad? Pues yo te lo diré.
Hizo una pausa y respiró hondo. Como si necesitara cobrar fuerzas. Sin embargo, a mí me daba la impresión de estar poseída por una fuerza indescriptible. Eso, sin contar con su belleza que, en aquellos momentos, parecía más extraordinaria que nunca. Contemplaba su rostro, cuando su voz pareció llenar la estancia como si fuera el fragor de un vendaval tan impetuoso como los secretos arcanos del universo.
– Veo que si te vas -comenzó a decir-, que si me abandonas, que si te marchas de mi lado, no lograrás lo que ansías. Es cierto que te afanarás en su busca, que lo perseguirás con tesón, que incluso le entregarás tu vida, pero no lo conseguirás. Querrás paz, pero, en vez de paz, contemplarás más y más guerras. Ansiarás ver el desprendimiento, pero en vez de generosidad, asistirás al interminable espectáculo de la mezquindad de los hombres. Te debatirás en busca de la tranquilidad, pero, en vez de sosiego, tan sólo descubrirás un día tras otro que el paraíso es un sueño que siempre degenera en interminables derramamientos de sangre, y…
Se detuvo súbitamente sin concluir la frase, pero creo que en aquellos momentos no le di demasiada importancia. Mis ojos estaban clavados en aquellos restos de osamentas. Costaba creer que, gracias a esos huesecillos pulidos y blanquecinos, pudiera contemplar mi futuro. En realidad, no lo veía. Yo sabía lo suficiente sobre el inicuo mecanismo de las artes ocultas como para que no se me escapara que aquellos instrumentos sólo eran el reclamo para que acudieran seres demoníacos, los mismos que ahora inspiraban las palabras de Vivian. Ésa era la realidad, pero, aun aceptando el fondo oscuro de sus tajantes premoniciones, ¿me decía la verdad o tan sólo se valía de la mentira para retenerme en aquella isla rebosante de manzanos?
– Quédate a mi lado… -continuó con un tono de voz en el que la inquietud apenas contenida había sustituido a la ira-. Aquí encontrarás ese sosiego que tanto deseas. Aquí nada te faltará. Aquí podrás escribir para que esas generaciones futuras que tanto te preocupan sepan. Si lo que verdaderamente deseas es ser útil a tu prójimo…
– ¿Desde cuándo practicas la adivinación? -la interrumpí.
Vivian se apartó de los huesos como si, de repente, ardieran. Creo que en ese momento se percató de que había cometido un error, un error que podía resultarle fatal.
– ¿Hace mucho tiempo? -insistí.
– Tú… tú… -balbució por primera vez en todos aquellos años.
– Yo soy un pobre hombre extraviado -le dije-. Un desdichado que ha creído que pecaba y que su pecado quizá no tenía tanta importancia, que ha esperado que en algún momento se produjera un cambio para que entonces se unieran también nuestros espíritus, y que acaba de descubrir que eres una hechicera.
– ¿Por qué tenía que haber un cambio? -exclamó Vivian enfurecida-. ¿En qué? Dime. ¿En qué? ¿Tenía acaso que convertirme en uno de los seguidores de tu… religión? ¿Deseabas que abrazara a ese dios que no sabe comprender el amor natural entre un hombre y una mujer salvo que se hayan unido ante un altar, ese dios que prohíbe que nos juntemos cuando lo deseamos, ese dios que se complace en apartarnos de las fuerzas que pueblan los ríos y los bosques? ¿Eso es lo que esperabas de mí? Pero… pero ¿cómo has podido…?