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– Allô?

– ¿Y dices que eres mi amiga? ¿No me prometiste que ayudarías a mi hermana? -le preguntó Martine enfadada-. ¿Y la arrastras al commissariat?

Aimée se quedó helada.

– ¿Al commissariat?

– ¡Philippe me dijo que es culpa tuya! -exclamó ella. Había elevado su ronco tono de voz.

– Miente, Martine -dijo ella, sobresaltada. Se preguntó con qué historia le había ido Philippe. Pero de alguna manera era cierto… si hubiera obligado a Anaïs a que fuera a los flics…. pero aquellos hombres que las seguían la habían obligado a desviarse-. He estado dos días intentando ponerme en contacto con Philippe y Anaïs, ¡y no me devuelven las llamadas!

– El único favor que te he pedido, Aimée -le dijo. Se notaba la decepción en su voz-. ¿No podías ayudarme ni una sola vez?

– Mais, Martine, ayudé a Anaïs a escapar -le respondió ella, exasperada.

– ¿A escapar?

Aimée dejó el bolso, y encendió la luz de la oscura oficina.

– Parece que Philippe olvidó mencionar el coche bomba que explotó delante de Anaïs y de mí -le informó Aimée, sentándose en su mesa, y encendiendo el ordenador-. La víctima era su antigua amante.

Martine aspiró sobresaltada.

– O eso fue lo que me dijo Anaïs, pero hay más -dijo, y revisó el contestador-. Hay algo que huele peor que la cabeza de la rata que dejaron en mi puerta el lunes. ¿Estás sentada?

– Sí, será mejor que me siente -dijo Martine, en tono preocupado, pero más tranquila.

Aimée le contó lo que había ocurrido desde la llamada de Anaïs: de Eugénie, el posible alias pelirrojo de Sylvie, la perla del lago Biwa, el plastique Duplo, y el hecho de que Sylvie no poseyera identificación alguna.

– Mira, Philippe no es que me caiga especialmente bien -le confesó Martine-. Ama a Anaïs, eso te lo aseguro, a su manera. Pero sé que nunca la pondría a ella ni a nadie en peligro. Es el auténtico aristócrata convertido en un liberal compasivo. Desde el nacimiento de Simone… bueno… es lo que dice Anaïs, ha hecho balance de su vida, ha hecho cambios.

Aimée recordó a Anaïs en el taxi que cruzaba Belleville a toda velocidad, con la pierna llena de sangre y su serena aceptación de la infidelidad de Philippe.

– ¿De que la acusaban los flics? -le preguntó Aimée.

– No lo sé, pero tienes que ayudarla -le pidió Martine-. ¡Por favor! Qué bien elegimos las hermanas Sitbon, ¿verdad? -Su tono de voz era nostálgico.

¿Estaría Martine pensando en Pilles, su antiguo jefe y amante en Le Figaro cuyo puesto ostentaba ahora ella?

– Mi historial tampoco es que sea mejor-dijo Aimée-. Yves volvió sin avisar, le dejé que pasara la noche, y después desapareció.

– Está en Marsella, Aimée -le comunicó Martine-. Está cubriendo lo del afl de Mustafa Hamid en caso de que haya repercusiones.

Mustafa Hamid… Aimée recordaba haberlo visto en los carteles del afl que había pegados por todo Belleville.

Oyó a Martine respirar profundamente. En lugar de decirle algo tranquilizador, Martine la avisó.

– La ex mujer de Yves ha vuelto a entrar en escena -le dijo-. Está montando un escándalo por el apartamento que tienen en común.

Eso la pilló de sorpresa. Yves nunca lo había mencionado, pero por otro lado, tampoco le había preguntado.

– ¿Cómo es que estás tan informada?

– Porque él se quejaba de que ir a Marsella iba a meterlo en un lío con todas las mujeres de su vida -le explicó Martine-. Eh, si estoy siendo directa, lo siento. Aunque sé que lo puedes aguantar. No te fías de los hombres.

Yves se lo pudo haber dicho.

La próxima vez, le iba a pedir que le devolviera la llave.

– ¿En que commissariat está Anaïs? -le preguntó Aimée, esperando que su tono de voz sonara natural.

– En el quartier Charonne, rue des Orteaux -le contestó Martine.

– Bien. Conozco a alguien allí -dijo ella-. Por lo menos, solía ser así.

Aunque se preguntó por qué la tenían retenida. ¿Sería alguna especie de tapadera?

* * *

Jouvenal, un viejo colega de Morbier y del padre de Aimée, se encargaba de coger el teléfono de recepción por la noche en el commissariat de Charonne. Llevaba haciéndolo veinte años. Una lástima que no hubiera estado de servicio cuando Martaud la llevó a la otra comisaría: lo habría llamado a él en vez de a Morbier.

Jouvenal siempre tenía en su mesa caramelos de anís de Flavigny Abbey, cerca de su ciudad natal, Dijon. Las noches en las que hacía los deberes en la oficina de su papá, solía llenarle la mano de ellos.

Lo llamó al commissariat.

– Philippe de Froissart, c'est lui-le dijo él. Su voz sonaba más áspera que de costumbre. Tosió y expectoró. Seguía siendo de paquete al día. Se imaginó sus amables ojos azules.

Le apetecía un cigarrillo. Oyó voces y el sonido de sillas de metal que arañaban el suelo.

– Necesito hablar con su esposa, sacarla de allí -le dijo ella.

– De Froissart está intentando sacarla -le informó Jouvenal-. Monsieur pez gordo dice que debería ser suficiente sólo con su fianza, aunque todavía no hayan presentado cargos contra ella. Va a ser una noche larga, ¿verdad? Su estatus favorecerá a su esposa.

– Ella no está involucrada, Jouvenal -afirmó-. Lo sé.

– ¿Y eso?

– Casi salta por los aires ella también -le confesó Aimée.

– Sé que te entrenó tu padre -dijo él despacio. Aimée casi podía ver los anchos hombros. Cuando era pequeña, parecían montañas cuando los encogía-. Pero aunque fuera cierto, ¿qué puedo hacer?

– Deja que hable con Philippe.

– Está ocupado. Me parece que en cualquier momento le va a pegar la judiciaire si no me doy prisa.

Se oyeron gritos de fondo.

– Jouvenal, siempre te he tenido cariño -dijo ella-. Por favor, ponme a Philippe al teléfono.

– Sólo me querías por los caramelos -dijo él.

– Eso también -reconoció ella-. Pero después de que me explicaras la división larga, al final lo entendía.

– Attends, Aimée -le dijo él.

El teléfono chirrió y se oyó la voz tranquilizadora de Jouvenal.

Tenía que ver a Philippe, descubrir qué ocultaba.

Al final, Jouvenal consiguió que Philippe se pusiera al teléfono.

– Oui -dijo él en un tono de voz cortante.

– Soy Aimée Leduc -dijo ella-. Necesito hablar con usted.

– ¡Usted! ¿Es usted imbécile o práctica? -le gritó-. ¿En qué ha metido a mi mujer?

– ¿Yo? -le preguntó sorprendida-. ¡Sylvie Coudray saltó por los aires delante de nosotras! Anaïs fue la que me metió en esto, no al contrario.

Un sonido apagado, como si hubieran puesto una mano sobre el auricular, la interrumpió.

– Venga a mi oficina mañana -dijo él-. Hablaremos.

– Hoy. Ahora -fue la respuesta de Aimée-. Usted se encuentra en el vigésimo arrondissement; yo también.

Mintió, pero no quería retrasarlo más. Hubo una pausa. Oyó a una mujer llorar al otro lado del teléfono.

¿Sería Anaïs?

– ¿Qué es lo que ocurre? -le preguntó Aimée.

– Soixante dix-huit place de Guignier en treinta minutos. -Y colgó.

* * *

Aimée llamó a la verja del número 78, una casa de dos pisos, apartada de la plaza por un muro cubierto de hiedra. A través de la ranura del buzón alcanzó a unas rosas amarillas y plantas que bordeaban un camino que daba a la brillante puerta verde oscuro. Unas potentes luces la alumbraron.