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– ¿Quién está ahí? -preguntó una voz en alto.

– Le ministre de Froissart, por favor -dijo ella, y parpadeó bajo los fuertes haces de luz.

Una mujer de cara larga abrió la verja. Miró a Aimée de arriba abajo.

– Los repartidores por la puerta de atrás -dijo, y señaló la entrada lateral de ladrillo con la cabeza, cargada de hiedra.

– Lo recordaré -dijo ella-. Mientras tanto, a su esposa puede que la acusen falsamente de asesinato.

La mujer se puso tensa, y soltó un grito sofocado.

– Está en el ministerio.

– Me dijo que me recibiría aquí-dijo Aimée. Miró a su alrededor, pero no vio ningún buzón-. ¿Quién vive aquí?

– Venga conmigo -le dijo la mujer, y la llevó a la entrada lateral.

En el cuidado jardín, más rosas amarillas trepaban las espalderas. Un Renault se detuvo en la pequeña entrada para coches que había a un costado de la casa. El chófer, con la gorra azul echada hacia tras, salió del coche rascándose la sien. El asiento de atrás estaba vacío.

– ¿Dónde está de Froissart? -preguntó Aimée.

El hombre miró de soslayo a la criada, quien se encogió de hombros.

– ¿Quién lo pregunta? -quiso saber él.

– Aimée Leduc -fue la respuesta de ella.

– Supongo que podrá demostrarlo.

Se colocó bien la gorra, y se apoyó en el coche.

Aimée le enseñó su tarjeta.

– Entre -dijo él, abotonándose la chaqueta y abriendo la puerta de atrás.

– Espero un minuto -dijo ella, recelosa-. He quedado con le ministre de Froissart aquí.

– Cambio de planes -le comunicó él, sosteniéndole la puerta del coche-. La vida nos ofrece la oportunidad de poder ser flexibles. Uno debe aprovecharse de eso.

A ella no le gustaba el giro que habían tomado los acontecimientos ni la actitud del hombre. Pero entró, segura al saber que llevaba su Beretta sujeta al hombro.

Salieron a toda velocidad del patio al escaso tráfico. Pasaron por delante de las pequeñas tiendas apagadas: una peluquería, un restaurante grecoturco de kabobs, y una agence immobiliére con las contraventanas cerradas que anunciaba apartamentos a lo largo de la arbolada place de Guignier.

Al poco rato, el chófer entró en la bulliciosa rue des Pyrénées. El Renault recorrió en zigzag la calle, aminorando la marcha mientras sorteaba pequeños camiones y taxis nocturnos.

– ¿Adónde vamos?

– Pronto el ministro me dará instrucciones -le contestó él, y le echó una mirada furtiva por el espejo retrovisor. Sonó el teléfono del coche-. Ese debe de ser él.

Examinó la muchedumbre de abrigos negros que cruzaba la calle. La lluvia salpicó la luna del coche, pero paró antes de que el chófer pudiera encender los limpiaparabrisas.

De Froissart dictaba las normas, y permanecía en la sombra. Eso a ella no le gustaba.

El chófer murmuró algo, y luego colgó el teléfono. Giró en la rue des Couronnes. Aimée se había olvidado de la vista panorámica que proporcionaba la parte alta de Belleville en una noche húmeda de abril. A lo lejos, la iluminada Torre Eiffel sobresalía unos centímetros sobre el horizonte de edificios. Pequeña y lejana, exactamente como se sentía ella ante la caprichosa agenda de Philippe de Froissart.

– Veremos al ministro en breve -le anunció el chófer.

El Renault se deslizó por las empinadas y estrechas calles de Belleville.

Un coche grande con ventanillas ahumadas iba en paralelo a ellos, y entonces los adelantó y se puso delante. Se fijó en que las placas de la matrícula eran del gobierno. El coche giró y entró en el quai Jenmapes, que daba al oscuro canal Saint Martin.

Ese juego del gato y el ratón la incomodaba. ¿Por qué Philippe no quedaba simplemente con ella? El chófer frenó, lo que hizo que ella se echara bruscamente hacia delante. Asustada, puso las manos delante para no chocar contra el asiento.

De repente, un hombre musculoso abrió la puerta. Miró a su alrededor, y señaló con su pulgar hacia el canal. Su actitud, ni educada ni reconfortante, no le dejó más elección que obedecer.

El volvió al otro coche, se apoyó en el capó del Renault, y se miró las uñas. El coche en el que iba ella salió en dirección a République.

Sentía el viento cortante debajo de su impermeable mientras caminaba por el dique. Con él se arrebujó las piernas embutidas en cuero. Tenía frío, estaba empapada, y harta del secretismo de Philippe. Su amante había saltado por los aires, a su esposa y a Aimée las habían perseguido unos matones enormes y horribles por todo el metro, y eso era sólo la punta del iceberg. Quería que Philippe le aclarara qué diablos estaba pasando y dónde estaba Anaïs.

Del canal venía un olor a algas, mezclado con un hedor a basura. Las gotas de lluvia agitaron la superficie del agua, y entonces dejó de llover. Las luces del muelle se reflejaban en el metal de las esclusas del estrecho canal.

Aimée deseó poder cambiar lo que había ocurrido, rebobinar la vida: desmontarla fotograma a fotograma como si se estuviera editando una película, y así evitar que Sylvie entrara en aquel Mercedes. También deseó estar echada con Yves delante de un crepitante fuego. Pero no tenía muchas esperanzas de que eso ocurriera. No contaba con él. Y además, su chimenea la tapiaron después de la guerra. Así que tenía que seguir con la investigación.

Las sombras de los esqueléticos árboles que todavía no se habían vestido para la primavera se balanceaban delante de ella. Sus pasos hacían crujir la grava mientras se dirigía hacia una figura sentada en un banco.

Philippe estaba sentado, con los ojos enrojecidos, mirando fijamente al agua.

– ¿A qué viene tanto secretismo, Philippe?

– Aimée, confía en mí -dijo él-. Es mejor así.

– ¿Dónde está Anaïs?

– Ya me he encargado yo de todo -fue su respuesta.

– Pareces que lo tienes todo bajo control, Philippe -le dijo ella, y se sentó a su lado-. Así que dime: ¿qué demonios estás pasando?

– Ella está a salvo -contestó él poniéndose de pie. Hizo un gesto con la cabeza al chófer que estaba al lado del coche. Inmediatamente encendió el motor y las ruedas comenzaron a moverse, lanzando grava-. Ni tienes por qué preocuparte.

Los hombres que eran condescendientes le resultaban molestos. Muy molestos. Ella se levantó y caminó con él.

– Anaïs me contrató para encontrar al asesino de Sylvie -le explicó ella-. Acepté el trabajo.

Aimée vio la media sonrisa de Philippe en la tenue luz.

– Sólo Anaïs haría eso, y es tan típico de ella -dijo él-. Por eso la amo.

Quizás era por cómo las sombras se proyectaban sobre su cara, o por cómo se inclinaba hacia delante con expectación, pero por un instante vio la vulnerabilidad de Philippe. Entendió por qué les atraía a las mujeres. A algunas mujeres, no a ella.

– Sylvie estaba intentando protegerte, ¿verdad, Philippe?

Aimée siguió hablando, no esperó a que él contestara.

– Tenía otra identidad, Eugénie, ¿no es así?

El rostro de él se ensombreció.

– Llego tarde a las negociaciones del ministerio.

– Philippe, no me molesta que no me agradezcas que haya rescatado a Anaïs -dijo ella-. Lo que me molesta es que no me cuentes quién llegó hasta Sylvie y por qué.

Se alejó de ella, con su impermeable agitándose al viento.

Aimée lo siguió.

Hebras de unas acacias en ciernes pasaron revoloteando a su lado. Philippe se detuvo en el borde del canal, y se quedó mirando la capa de suciedad que había en la agitada superficie, salpicada de flores vellosas y de hojas.

Se acercó a él, y lo miró directamente a la cara.