Llamó para ver cómo estaba Anaïs. Le enfermera le dijo que madame dormía. Philippe le dio las gracias, y colgó el teléfono con un suspiro. Se sirvió más Johnny Walter en el vaso.
Si tan sólo se hubiera quedado en la comuna de Normandía, se hubiera unido al grupo de música pop de su hermano, o viajado a India y vivido en un ashram.
El teléfono interrumpió sus pensamientos.
– Allô -dijo Philippe.
– Qué difícil es localizarte, Philippe-le dijo Kaseem Nwar-. Dime algo, por favor, tengo que darles alguna esperanza a los inversores.
Cansado de la insistencia obstinada de Kaseem, Philippe quiso colgar.
– ¿Qué más puedo decir, Kaseem? -dijo él, molesto-. Mi comité ha cedido las riendas de la financiación. Ya está fuera de nuestro control.
Cuanto menos supiera Kaseem, mejor. Cuanto menos supiera la gente, mejor. Prueba de ello es lo que le pasó a Sylvie.
– ¿Podrías reconsiderarlo, Philippe? -insistió él-. He invertido mucho en el proyecto.
– Kaseem, estamos sujetos a los caprichos del Elíseo -le explicó él-. Como siempre te digo, hago lo que puedo. Ahora, no parece posible.
– Philippe, esto no es sólo por mí-le dijo Kaseem, en un tono más bajo e insistente-. Hay gente que cuenta con el proyecto, con la financiación de la misión. ¡Dependen de ti para esto!
Philippe notó la desesperación en la voz de Kaseem.
– Veré qué puedo hacer -mintió él.
Cualquier cosa para quitárselo de encima.
Jueves por la mañana
– Merci, Gaston -le dijo Aimée aceptando el café exprés que el hombre le ponía en la barra de Café Tlemcen.
El lugar, con su gastado linóleo y sus ventanas con visillos, era un ambiente que sentía familiar, casi acogedor. Del otro lado de la estrecha calle, salía de una ventana abierta el estruendoso sonido de música raí, fusión de pop occidental y música regional argelina.
– ¿No estaba prohibida la música raí?
Gaston asintió.
– Los fundamentalistas la prohibieron por considerarla una degeneración de la música occidental, pero a mí me gusta.
– A mí también -dijo Aimée mientras seguía el ritmo de la música con los pies, y bebía de la humeante taza.
Cogió otro terrón de azúcar moreno. La extraña mirada de Gaston la alertó.
– ¿Dónde me puedo lavar las manos?
– Venga conmigo -le dijo él.
Con la cabeza, señaló la parte trasera. Más allá de la barra de cinc estaban los aseos y había un pasillo que daba a la zona de atrás.
Unos hombres mayores jugaban al póquer en las mesas de madera, y varios jóvenes con chándal y rastas a las máquinas de pinball.
Aimée caminaba pegada a Gaston, quien de camino cogió una fregona. Cuando llegaron a una puerta que daba a un patio trasero, él le hizo un gesto para que fuera a la derecha. En el patio había una estructura con tejado de alambre y cristal. Aimée se imaginó que alguna vez había sido una fragua o una herrería, y todavía conservaba su encanto belle époque. Las puertas dobles de madera estaban medio abiertas a pesar de la fría llovizna.
– Podemos hablar chez moi-dijo, y le indicó que entrara con él.
Caminaron por encima de serrín, alrededor de vigas de hierro al descubierto, y de un caballete sobre el que habían colocado un armario de roble a medio hacer. Tenía trozos de estuco pegados a los tacones de las botas. Encima de ella, unas claraboyas que el tiempo había vuelto opacas dejaban pasar una tenue luz al espartano espacio en el que trabajaba y vivía Gaston. A Aimée le entró un escalofrío, y se preguntó cómo el hombre podía entrar en calor en un sitio así.
En el hueco arqueado de un antiguo horno de ladrillo usado para calentar y fundir hierro o forjar herraduras, había una cama de forja con un edredón color caqui encima y un gato blanco persa durmiendo a los pies.
Debajo de la ventana mugrienta había una cocina de dos hornillos conectada a una bombona azul de Butagaz que estaba en el suelo. El olor a grasa subyacía en el aroma que desprendían las teteras de barro con menta fresca y del orégano colocado en el alféizar. La única fuente de calor que vio era una pequeña calefacción portátil. En medio de la habitación había una mesa de formica desconchada y abarrotada de cuadernos y recortes de periódico amarilleados con celofán transparente. El gato persa parpadeó varias veces, olfateó, y se volvió a dormir.
– Alguien dijo que explotó un coche bomba en has Belleville en la rue Jean Moinon… -empezó a decir Gaston, en tono vacilante-. ¿Le ha ocurrido algo a Anaïs?
– A Anaïs no. A la amante de su marido -le respondió Aimée-. Creo que la mujer adoptó otra identidad en Belleville.
– ¿Por qué? -le preguntó Gaston, que volvió a colocar algunos pelos sobre la calva.
Aimée le relató una versión enmendada de lo que había sucedido.
– ¿Ha oído hablar de Eugénie?
Gaston negó con la cabeza.
– Pero Aimée, después de su llamada, busqué en mis archivos. Reconocí a Hamid. Hay algo que debería saber de él -dijo Gaston. Señaló una fotografía recortada de un periódico, con un pie de foto que decía «Souk-Ahras 1958» de Le Soird'Algérie. En ella, un grupo de hombres serios y con turbante que agarraban firmemente unos rifles estaban de pie en el exterior de un edificio bombardeado.
– Mustafa Hamid es un mahgour -dijo el hombre señalando a un adolescente de rostro delgado.
Aimée se echó hacia delante con curiosidad. Hamid parecía el más joven de todos.
– ¿Un mahgour?
– Mahgour significa «el indefenso» -le explicó Gaston. Abrió una pequeña nevera y sacó un bote-. En la sociedad islámica tradicional, a la familia la rige el Corán y la shari'a, un código interpretado por juristas, que regula todo, desde la herencia del varón hasta lo que una mujer puede hacer en su hogar.
Gaston se manejaba muy bien con su única mano, y vació las sobras que había en el bote dentro del comedero del gato que estaba en el suelo.
– La familia de Hamid fue masacrada durante una de las primeras batallas en la región montañosa de Cabilia. Creció en las calles. Era un mahgour sin un vínculo, familia, o grupo que le pudiera proporcionar seguridad y protección en una sociedad donde los individuos sin esos vínculos se encuentran indefensos.
– Pero él forma parte de este grupo -dijo ella mirando a la foto.
– Así es -reconoció Gaston-. Y ahora Hamid habla en nombre del afl, es su líder. Su grupo acepta a todos los «hermanos africanos», como dice él.
– Entonces ha sido aceptado, ¿no es así? -le preguntó Aimée. Se imaginó que tendría un motivo para contarle todo eso.
– Un mahgour que forja complejas lealtades y vínculos sobrevive, e incluso puede prosperar. Pero siempre será un mahgour. -Gaston asintió-. Los anciens combattants, como yo, hemos luchado con muchos. Se unían a nosotros porque su gente no confiaba en ellos. Algunos se convirtieron en harkis, los paramilitares que lucharon con los franceses.