Выбрать главу

Un cajón secreto a la vista. Aimée estaba impresionada. Y si Eugénie tuviera un módem inalámbrico, habría estado más impresionada. En Francia, muy poca gente lo tenía. Ella y René querían uno, pero estaban esperando a que fuera más barato.

Aimée metió la mano dentro, y exploró las hendiduras y las protuberancias. Tocó un folleto liso, y tiró de él. Era el manual de un portátil nuevo. O los hombres que habían estado allí lo encontraron, o Sylvie se lo había llevado con ella y se había convertido en ceniza.

O habían sido más listos que ella, o había llegado demasiado tarde; de cualquier forma, ya no estaba.

Desalentada, Aimée sabía que el único sitio que le quedaba para encontrar respuestas era en la basura. Antes de marcharse, desenrolló el fieltro de las ventanas.

Cuando llegó a la esquina, Sébastien ya había cargado dos sacos azules de basura en la parte de atrás de su furgoneta. Aceleró el motor cuando Aimée abrió la puerta. Bajaron por la rue de Jean Moinon, y casi atropellaron a un gato con rayas.

– Ça va?-preguntó él mirándola.

– Lo sabré cuando veamos lo que has encontrado -dijo ella.

Las farolas de vapor de sodio brillaban encima de ella.

Se adentraron a toda velocidad en la fría noche de París por mojadas calles adoquinadas.

* * *

El viejo cuarto de los arreos donde descargaron la basura ocupaba una esquina del patio del edificio de Aimée en Île Saint-Louis. Antiguamente, esa otrora mansión Duc de Guise funcionaba como cuadra para los caballos, y ahora albergaba marcos de ventana que ya no servían, unas tuberías de pvc, y veinticinco kilos de mortero adhesivo de Placoplátre. En un lado había una antigua estufa de cerámica, con los azulejos rotos y la patas inclinadas, apoyada perezosamente contra la pared de piedra.

– ¿Te diviertes? -dijo Aimée mientras escudriñaban las bolsas de Sylvie.

Sébastien, absorto en su trabajo, no se molestó en levantar la vista. Los dos llevaban mascarilla, pero no había forma de evitar el olor.

– Después de esto, voy a necesitar una sesión en un hammam -le dijo él.

– Yo también -dijo ella, y se imaginó el hammam: el mármol caliente, el vapor que sube hasta el techo abovedado de mármol blanco, la mugre que desaparece gracias al jabón negro y a una esponja vegetal, las pequeñas tazas de té de menta, el masajista con brazos de hierro que frota su cuerpo hasta dejarlo con una consistencia parecida a la de la mousse.

– Tiens, Aimée -le dijo Sébastien mientras sostenía en alto una especie de panoja pastosa de algo verde oscuro y viscoso.

Ella asintió.

– Pongamos la materia orgánica por allí.

La linterna de Aimée brillaba entre las velas que había encendido, y proyectaba un resplandor medieval bajo el techo abovedado del siglo XVII. Encima del suelo de piedra extendieron el resistente plástico transparente, y encima de él echaron lo que había en las bolsas. Ambos se inclinaron sobre el contenido para seleccionarlo.

Ella se dio cuenta de que habían tenido suerte de que no se hubieran llevado la basura. Los éboueurs debieron de haberse imaginado que el edificio estaba deshabitado.

Media hora después lo tenían todo clasificado en tres montones: papel, perecederos y lo demás.

Lo demás consistía en un par de zapatos negros de Prada, que tenían un tacón roto, pero de moda. La fina suela curvada apenas estaba desgastada. Aimée vio que apenas se los había puesto, a juzgar por su aspecto. Y eran muy bonitos. Sylvie tenía gustos caros.

Los perecederos eran: pieles de manzana, cáscaras de almendra, y la viscosa masa verde. Olisqueó. Menta. Bolas de algodón manchadas con maquillaje color canela, colorete brillante y rímel negro.

Inspeccionó un bote de Nutella que estaba a medias, una botella de plástico blanco de leche agria Viva, y el envase aplastado de un yogur de fresa de Danette.

Volvieron a meter los montones en las bolsas, y las tiraron en el cubo de Aimée.

– Sé que te debo una, Aimée -dijo Sébastien-, pero la próxima vez deja que te devuelva el favor de otra manera.

Juntos revisaron todos los papeles, y los pusieron en varios montones: circulares de Monoprix que anunciaban las ofertas de abril, recibos y sobres arrugados, y papel gris rasgado. Aimée cogió una hoja dorada, como las que había pegadas por todo Belleville. Impreso en ella: «Amnistía para los sans-papiers. ¡Hazte oír! Únete a la vigilia de los huelguistas. Presiona al ministerio. El ayuno de Mustafa Hamid entra en el decimonoveno día».

Aimée se incorporó. El corazón le latía deprisa. Recordó la reacción que tuvo Philippe cuando oyó a Hamid en la radio: su enfado y cómo se había marchado en el coche. ¿Había cogido Sylvie el folleto y lo había tirado… o se lo había guardado por algún motivo? ¿Existía alguna conexión?

Le dio la vuelta al panfleto. En el otro lado había algo emborronado. El nombre «Youssef» y «01 43 76 89». Se preguntó si podría ser el número de teléfono de uno de los árabes, de los que el panadero Denet no tenía muy buen concepto, y que frecuentaban el apartamento de Eugénie. Aimée lo puso a un lado.

Sébastien estaba juntando los trozos de papel gris sobre la tabla de planchar mientras ella los alisaba con una plancha de viaje. Después de dejarlos estirados, los puso en fila, y los pegó en una hoja transparente de contacto. Lo hizo varias veces hasta que colocó todo el papel gris en la hoja.

– Ahora viene lo interesante -le comunicó a Sébastien.

Subieron al apartamento, en el que había pocos grados más que en el otro sitio.

Ni luces acogedoras, ni calor.

Ni tampoco estaba Yves. Qué lastima. Intentaba apartarlo de su pensamiento, pero no podía.

Sébastien se frotó las manos enguantadas, y dio golpes en el suelo con los pies. Se quitaron los monos, y Aimée los echó a la ropa sucia. Algún día iría al lavomatique.

Él colocó los papeles sobre la descolorida alfombra Gobelin. Su abuelo la había comprado en el mercadillo de porte de Van ves. Ella tenía doce años y recordaba haberlo ayudado a llevar su hallazgo de cincuenta francos en el metro. «Un clásico, Aimée», le había dicho él. Había abarrotado el lugar de clásicos, un tanto gastados y deshilachados.

Encendió el escáner, y comenzó a escanear las hojas de contacto con los trozos de papel. Se abrigaría bien, se pondría delante del ordenador, y ejecutaría un programa de alta resolución que hacía coincidir fibras de papel. Después ejecutaría otro programa para encajar las características espaciales y numéricas. Con algo de maña uniría los trozos en el orden correcto y podría leer así lo que ponía.

– Sébastien, ¿por qué no entras en calor con un Calvados? -le sugirió ella-. ¿O un poco de vino tinto?

– ¿Y tú?

– Calvados, por favor, necesito algo calentito que me ayude a pensar.

Él sirvió para los dos unos buenos tragos del ambarino aguardiente de manzana. La tenue luz de la araña bailaba en la estancia.

– Salut.

Brindaron.

En la pantalla del ordenador aparecieron las aplicaciones informáticas, y una luz verdosa envolvía su terminal.

– Me espera una larga noche -dijo ella.

Él miraba su reloj con una sonrisa.

– Espero que a mí también.

Viernes a primera hora de la mañana

El amanecer avanzaba lentamente sobre el Sena. Aimée contempló las pinceladas rosas que salpicaban el cielo despejado. Debajo de su ventana, los amarraderos de hierro negro en el quai d'Anjou resplandecían por la gotas de lluvia de la noche anterior.