Fumaba y tenía una copa de vin rouge en la mano. Su postura erguida era poco natural debido al corsé ortopédico que llevaba. Lo habitual era que estuviera recostado en su silla giratoria en el comissariat, con los pies encima de su desordenada mesa, gritando órdenes al teléfono mientras fumaba un cigarrillo tras otro. Seguía fumando lo mismo, y llevaba los calcetines desparejados, pero los tirantes le quedaban flojos. Aimée notó que había perdido peso. Por una vez sus pantalones de lana se quedaban encima de la tripa sin ayuda. Sentado allí, resguardaba su cigarrillo del viento ahuecando la mano como un mec de la calle.
– ¿Qué era tan importante, Morbier? -dijo ella mientras se sentaba.
– ¿Aparte de hacerme compañía? -le preguntó él.
Aimée vio el decantador de vino y una copa más.
Se sirvió, levantó su copa y dijo:
– Salut
Él hizo un gesto hacia el bulevar y dijo:
– Odio pensar que esto es lo que hacen los jubilados: dar un paseo, ir al mercado, preparar el almuerzo, visitar a la novia, hacer una parada en la playa para tomar el aperitivo. Y al día siguiente, más de lo mismo. ¡La edad de oro!
Puso una mueca de asco.
Para un flic de carrera como Morbier, este tipo de ocio era como una muerte lenta. ¿No era demasiado mayor para le démon de midi, la crisis de la mediana edad?
– Olvídate de retirarte -dijo ella.
Siempre recitaba la misma letanía cuando se lesionaba, o estaba de baja y no sabía qué hacer consigo mismo.
– Morbier, en cuanto te quites el corsé ortopédico, volverás a tener el control. -Miró su reloj de Tintín, que estaba parado-. Tengo curiosidad por conocer la razón por la que me has invitado a comer.
– Todo a su tiempo -dijo él, y le dio un sorbo a su vino-. Ya que estás aquí, ¿ves a ese mec de ahí?
Ella siguió su brazo, y vio un hombre bajo de mediana edad de pelo castaño y nariz prominente que llevaba una bata azul de trabajo. Estaba delante de un tabac.
– ¿Te refieres a ese hombre que veo entre la multitud? -preguntó ella-. ¿Un hombre en el que nunca me fijaría ni repararía?
Él se encogió de hombros.
– Los llamamos Pierre, a estos que roban en los mercados. Ha estado siguiendo a su presa un buen rato, yendo de un lado a otro, agachándose, y ayudando al pobre primo a cargar la furgoneta. Por supuesto, eso después de haber visto la caja para el dinero que está debajo del asiento del conductor.
– ¿Y qué vas a hacer, Morbier?
Los ojos del hombre se iluminaron.
– Leduc, vas a ir ahí y le vas a susurrar al oído del mec que mi vista es aguda y que apunta hacia él.
Aimée se encogió de hombros.
– Si eso te pone de buen humor y hace que te sientas útil, será un plaisir -dijo ella, y se levantó.
Sabía que esa era la forma de manipulación de Morbier: haría que se lo trabajara si quería que compartiera alguna información con ella. Era simplemente su manera de hacerlo.
Y además quería animarlo. Le inquietaba verlo con el corsé y el decantador en la mesa.
Una voz ronca gritó: «¡Compren cebollas rojas!». Las hojas se arremolinaban con el frío y vigorizante viento. Le entristeció pensar que la única persona a la que quería Morbier, Mouna, ya no estaba entre ellos. Y su padre tampoco…
Le ofreció a «Pierre» un cigarrillo. Entrecerró los ojos, pero lo aceptó. Se lo llevó a un lado, e hizo un gesto en dirección a Morbier, quien guiñó el ojo y sonrió. Aimée se agachó y le dijo algo al oído a Pierre, e intentó no reír ante la cara de susto que se le puso. El hombre abrió los ojos de par en par, le hizo un gesto a Morbier con su boina, y desapareció al doblar la esquina.
– Pierre aprende deprisa -le dijo Aimée a Morbier cuando volvió.
– Normalmente así es con todos ellos -dijo él, y encendió un cigarrillo con una colilla encendida que había en el cenicero de Ricard.
Aimée le hizo un gesto al camarero.
– Un café, s'il vous plaît.
– El vino tinto es mejor para el corazón -le aconsejó él mientras se ponía otra copa-. Ya te he sacado de un apuro, Leduc.
Aimée dejó caer los hombros. ¿Iba a dedicarse solamente a advertirla? ¿Estaba perdiendo ella el tiempo?
– Mira, Morbier…
– ¿Te he sacado de un apuro o no?
– Y te lo agradezco. -Aimée siguió hablando sin vacilar-. Me has llamado.
Hubo una larga pausa.
– Quieres tener más información acerca del plastique -dijo él-. Yo también.
Se esforzó por no mostrar sorpresa. ¿Cómo podía saberlo?
– Es la primera noticia que tengo, Morbier -dijo ella-. Me mantengo alejada de todo eso. Me produce pesadillas.
Otra pausa.
– Tú, mejor que nadie -dijo Aimée-, deberías saberlo.
– Tengo las vértebras fastidiadas -le confesó finalmente Morbier-. Cada una de ellas.
Eso la desconcertó: nunca le había oído admitir que tenía un problema físico ¿Por qué estaba ignorando lo que ella le decía? Él sabía el miedo que le tenía a los explosivos. ¿Se había ablandado, y la había arrastrado hasta allí a base de artimañas, en busca de compasión?
– Lo siento -le dijo ella, y lo sentía de verdad-. ¿Cómo te puedo ayudar?
– Ayúdame a coger un pez gordo -fue su respuesta.
Aimée puso los ojos como platos.
– Tiens, Leduc, me has preguntado cómo me podías ayudar.
– ¿Qué está pasando? -le preguntó ella. ¿Iba él a despertarle el interés para después advertirla de nuevo?
– Leduc, andas por ahí husmeando -dijo él-. No es de mi incumbencia si te ha contratado la mujer de un ministro, pero si quieres poner al descubierto la fuente del plastique, llévame a ella.
A Aimée se le cayó la cuchara, y salpicó un poco la mesa de café. Se dio cuenta de que cuando el camarero limpiaba la mesa con un paño húmedo chasqueó la lengua por lo bajo en señal de desaprobación.
– Veo que ahora me estás prestando atención -dijo Morbier.
Algo en ella la alertó.
– Dios mío, Morbier, no soy agente secreto -dijo ella-. Los fundamentalistas son fanáticos… ¿por qué me lo pides a mí?
– ¿Quién ha hablado de los fundamentalistas? -Siguió, sin esperar a que ella respondiera-. No es que sea vidente -dijo él, y encendió un cigarrillo-, pero llevas descentrada desde tu paseo en ciclomotor.
No podía mirarlo a los ojos. El corazón le latía deprisa. Morbier no lo sabía todo… pero sí que ella estaba involucrada.
– Dale el gusto a este anciano, ¿de acuerdo? -dijo él-. Míralo desde este punto de vista: si te encargas de esto, es probable que te sientas mejor en lo que a tu pasado se refiere.
– Olvídalo -dijo ella, y dejó diez francos sobre la mesa.
– Leduc, quieres averiguar quién le hizo saltar por los aires, ¿no es así? -le preguntó él, y se inclinó hacia delante. No esperó a que ella contestara-. Así es cómo lo harás. A mi manera. Estoy al tanto de todos los tejemanejes que tienen lugar en Belleville. Tú no. Es así de sencillo.
No quería hacerlo.
Morbier exhaló una bocanada de humo por encima de su cabeza. El olor ácido y acre la estremeció, y le entraron ganas de chupar una de las colillas que había en el cenicero amarillo. Pero lo había dejado. Otra vez.
– Todo está preparado -le informó él-. Le estamos pasando información a Samia.
– ¿Samia?