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El edificio de René, de la época de Haussmann, daba a la rue de la Reynie, una calle bordeada de árboles que a Aimée le recordaba a un pequeño oasis en medio de Les Halles, con sus tiendas de ropa cursi, sus tiendas de discos compactos de oferta, y su gente joven. El suyo era un apartamento con vistas a un tranquilo pasaje rodeado de geranios que discurría entre edificios.

La zona de aparcamiento de René era igual de grande que su estudio. Pero desde luego tenía más espacio, pensó ella, teniendo en cuenta la obsesión que el hombre tenía por tener lo último en equipos informáticos.

Dos de las paredes del apartamento las ocupaban ordenadores y monitores, que estaban a muy poca altura del suelo enmoquetado. Unos libros cubrían otra de las paredes. Su ventana daba a un enorme edificio gris, tapado con una lona y con andamio para su renovación. Del equipo de música salía una voz ronca que decía «serves you right to suffer», acompañada por un ríff de guitarra que llenaba la estancia.

– John Lee 'ooker. -René sonrió de oreja a oreja-. Le blues.

Aimée también sonrió. El último encaprichamiento de René había sido Django Reinhardt.

Había dos futones apilados en una esquina. En la pared de la cocina, que era del tamaño de una cabina de avión, colgaba un póster de los 417 tipos de quesos franceses. En la encimera, especialmente adaptada a la altura de René, había unas pesas de culturismo.

Miles Davis la olisqueó con su nariz húmeda desde su almohadón, al lado de René.

– Hasta ahora, la búsqueda de Sylvie me ha llevado al firewall del fichier -le informó él-. Pero este nuevo software me servirá.

Señaló varios discos Zip, apilados entre las pantallas de los monitores llenas de algoritmos codificados.

– Eres un genio -le dijo Aimée.

Él asintió, con mirada radiante, mientras sus dedos bailaban sobre el teclado.

– Dímelo cuando haya descifrado el código.

Era su métier. No conocía a nadie que fuera tan hábil como él.

– ¿Y qué me dices del interruptor electrónico suizo del explosivo?

– Curioso -le dijo él, y le dio a «guardar».

René se levantó y se estiró. Llevaba un chándal gris; la parte de arriba se ajustaba a su largo torso, pero la parte de abajo la habían acortado.

– Parece ser que esa placa base iba conectada a un relé. ¿Sabes los que salen en las películas donde los mecs colocan el dispositivo para que explote en diez minutos, y mientras tanto ya se han alejado ocho kilómetros y tienen una coartada?

Aimée puso mala cara, y frunció sus labios pintados de rojo Chanel. Eso complicaría las cosas.

– Sin embargo, después de leer el informe -dijo René, mientras preparaba la bolsa para sus clases en el aojo-, no me encaja. Parece que lo activaron desde cerca, como tú sugeriste, desde la ambulancia falsa del samu.

Aimée cogió a Miles Davis, aunque todavía se sentía tensa.

– ¿Podrías cuidar de él un poco más?

René entrecerró los ojos.

– ¿Qué ocurre?

Le habló del plan de Morbier.

– Llámame si necesitas refuerzos -le dijo él-. Tengo otra bolsa de huesos en la nevera -le confirmó mientras ella se dirigía a la puerta-. Si quieres puedes venir conmigo al dojo.

– La próxima vez.

– Ten cuidado -le dijo René con una mirada significativa.

* * *

Aimée paró un taxi en la rotonda, que la llevó hasta su oficina en la rue du Louvre. Para entonces ya había quedado en una hora con Samia.

Dentro de su otrora elegante edificio de oficinas del siglo XIX, con su grifo antiguo de color verde oscuro en el vestíbulo, estuvo tentada de coger el ascensor de jaula. Pero sus pantalones de cuero, que le quedaban demasiado ceñidos, le dijeron que no lo hiciera. Subió los tres empinados tramos de escalera. En el descansillo, enfrente del espejo ahumado y biselado, abrió la puerta con la llave.

Pasó a toda prisa por delante de su mesa, donde había apiladas Pages Jaunes de París y manuales de criptosistemas seguros, hacia el almacén de la parte de atrás. Aunque nunca se arrepintió de haber dejado la investigación criminal, en ese momento sintió que lo echaba de menos. Por si acaso, se puso su chaleco antibalas. El dependiente de la tienda del espía le había dicho que lo habían hecho especialmente fino para esas «ocasiones especiales».

Echó un vistazo a las perchas de las que colgaban un delantal de pescadero azul con cintas de goma, una parka reflectante con «Suburbaine» estarcido en la espalda, su bata de laboratorio con «Leduc» bordado en el pecho (de su año preparatorio para estudiar medicina en la Universidad René Descartes), y una especie de boa de plumas de color verde ácido con lentejuelas de un ya desaparecido club de alterne en Pigalle.

Después de pensarlo y de jugar un poco con la boa, eligió un mono de cuero negro, una reliquia del pasado de un amigo traficante de drogas. La prenda de cuero, compuesta de bolsillos con cremalleras y parches acolchados, le quedaba muy ajustada. Metió con dificultad las piernas y subió la cremallera por encima de su sujetador de encaje.

Un pañuelo con un estampado de cebra alrededor del cuello completó el conjunto.

Después de aplicarse maquillaje, se puso los zapatos de tacón negro sin talón. Metió sus zapatillas rojas de deporte, tipo bota, en el bolso por si necesitaba caminar por resbaladizos adoquines. Se pintó las uñas rápidamente para que pudieran secarse en el taxi.

Cuarenta minutos más tarde salió de la rue du Louvre, llamó a un taxi, y llegó a casa de Samia.

El hammam-piscine resultó ser un anodino edificio renovado del siglo XVII con paredes de gotelé que daban a la calle. Le dio al taxista un billete de cien francos, le dijo que se quedara con el cambio, y sonrió cuando el taxista exclamó lo bien que tenía que irle el negocio.

Si él supiera.

Con una leve sonrisa, le dijo adiós cuando él comenzaba a ofrecerse para enviarle clientes.

Cuando entró en el patio de la hammam-piscine, Aimée ya había tomado la sugerencia de Morbier en serio. En ese momento, Samia era su entrée al plastique y a los maghrébins, su única fuente además de Gaston en Café Tlemcen. Aunque insuficiente, era un comienzo, se recordó a sí misma. Y un mejor plan que el que tenía antes, cuando lo único que alcanzaba a ver era les barbes apostados delante de la mezquita.

Había un centro de tatouage al lado de una tienda de ventanas polvorientas y con un cartel rojo descolorido en el que todavía se podía ver «Boucherie-volaille». Aparte del hammam-piscine en el cour, eran los únicos ocupantes. Tenía un silencioso aire de abandono que resultaba atractivo, pensó ella. Como si los edificios se tuvieran en pie casi por la fuerza de la costumbre.

En su interior, sin renovar, había pintadas con los colores del arco iris en las paredes que decían «Nique les flics», que jodan a la pasma. Había huellas de manos pintadas encima de las puertas, al estilo musulmán, para proteger las viviendas. Una estrecha escalera de caracol con los peldaños gastados y estriados subía a los pisos. Se preguntó cómo sería vivir allí. O criarse viendo esas pintadas todos los días.