– Así que si pasamos la prueba, ¿el gran hombre nos da el contrato? -le preguntó ella-. Mi cliente es muy quisquilloso. Quiere el plastique Duplo.
Samia miró la muñeca de Aimée, y sonrió.
– C'est chouette! -exclamó la chica, dándole golpecitos al reloj-. Necesito uno -continuó ella, y se dirigió pavoneándose a las puertas rojas de la entrada. Samia era una niña. A Aimée no le gustaba lo que estaba pasando, aunque, por otro lado, no le gustaba nada de lo que había ocurrido hasta ese momento.
El Cirque d'Hiver alquilaba la entrada de su circo de una pista para cualquier cosa, desde desfiles de moda hasta conciertos de rock. Aimée se preguntó por qué habían dejado pósteres del circo, casi todos de los años sesenta y setenta, tras cristales manchados en el vestíbulo enmoquetado. ¿Abandono o nostalgia de una gloria pasada?
Detrás de unas puertas de aspecto grasiento salían risas y aplausos ahogados. Para última hora de la tarde estaba programado un espectáculo privado de Stanislav, el Colosal.
– Son las pruebas para nuevos números -retumbó la voz de la aburrida mujer que estaba en el puesto de barbes à papa. Exhaló anillos de humo, y negó con la cabeza-. Lo siento. Pas possible. Si hay muchos invitados los animales no se concentran.
– Nos han añadido a la lista a última hora -dijo Samia dándole un codazo a Aimée.
Aimée deslizó un billete de cine francos por el mostrador.
– Y, por supuesto -dijo ella-, no los desconcentraremos.
El cigarrillo colgaba de la comisura de la boca de la mujer. Sus ojos pintados de azul se entrecerraron, y miró a Aimée de arriba abajo.
– Todos tenemos que buscarnos la vida, ¿no? -accedió, y se guardó el billete-. Disfrutad del espectáculo -dijo, señalando las puertas con el pulgar.
Caminaron a lo largo de paredes con ribete dorado y revoque desconchado en algunas partes. El cirque parecía estar cayéndose a pedazos.
Pero a pesar de que el vestíbulo estaba desierto, no estaban solas. Sentía que unos ojos la seguían.
Dentro, ella y Samia se detuvieron, fascinadas por la escena que estaba teniendo lugar bajo las recargadas arañas. Cuatro niños y cuatro hombres vestidos de cuero marrón entraban en la pista en moto. Las aparcaron, los hombres se colocaron encima de ellas, y empezaron a hacer malabarismos con los niños encima de sus pies.
Se oyeron los aplausos dispersos de los pocos espectadores que había en los gastados asientos de terciopelo rojo. Samia tiró del brazo de Aimée, y le hizo un gesto para que se sentara con ella en la primera fila. Cuando tomaron asiento, las luces de la pista iluminaron sus rostros. Aimée se quedó asombrada por los suaves contornos y los marcados rasgos ensombrecidos en el rostro de Samia. Como si fuera mixte, francesa y argelina. El asombro brillaba en sus ojos.
Varios hombres grandes vestidos con trajes bien entallados, uno de los cuales mascaba un palo de regaliz, estaban sentados a su derecha. Aimée miró con más detenimiento, y se fijó en que los hombres más fornidos del pasillo vigilaban a la multitud y las salidas.
El hecho de que de vez en cuando ladearan la cabeza, y de que de sus orejas colgaran unos cables finos que se metían por el cuello de la camisa indicaba que llevaban radiotransmisores. Seguridad sofisticada, pensó ella. ¿Qué aficionados al circo estarían protegiendo?
– Espera cinco minutos -le susurró Samia-, y ve al baño.
– ¿Porqué?
– Es una prueba -interrumpió la joven, y se levantó. Se quitó una pelusa imaginaria del abrigo, se chupó un dedo, y se lo pasó por la ceja. Y entonces se fue.
Un enorme oso marrón siberiano, que llevaba un sombrero de mago plateado y en forma de cono, entraba en la pista montado en una diminuta bicicleta. El domador sacudió el látigo en el serrín, y levantó una nube de polvo delante del oso, en su campo de visión. Aimée se preguntó qué haría el oso si se saliera de ese campo. Destrozaría la bicicleta, y causaría estragos entre el público y otras cosas que no quería ni contemplar. Como había hecho el asesino de Sylvie.
Aimée oyó un ruido fuerte que provenía del aplauso sostenido del hombre del regaliz. Los del traje, que se habían levantado y lo habían rodeado como si fueran un capullo protector, se reían a carcajadas.
Los del traje se volvieron a sentar, y algunos de ellos desaparecieron en dirección al vestíbulo. Aimée se dio cuenta de que otro hombre se había unido al del regaliz, y que lo llamaba «general». También se sentó con rigidez. En sus solapas brillaba una luz, y fue entonces cuando vio que llevaban medallas y algún tipo de uniforme tieso. ¿Serían rusos, quizá?
Su duda se disipó rápidamente cuando apareció un hombre que llevaba una bandeja de pequeños vasos de té humeante. Podía oler la menta desde su asiento. ¿Una delegación marroquí haciendo novillos en los asuntos de estado? Los diplomáticos no vestían uniforme, pero los militares sí.
El general se echó hacia delante. Su postura era tensa, pero su mirada resplandeciente. Masticaba el regaliz al ritmo de los estruendosos platillos que tocaba un payaso de cara triste, que estaba de pie en el centro del escenario e iba vestido con un disfraz blanco y negro de pierrot. Aimée se fijó en que el oso pedaleaba también al ritmo de los platillos.
Aimée se levantó, y se dirigió al vestíbulo. En la puerta del baño había colgado un cartel que decía «Cerrado por limpieza». Aun así asomó la cabeza.
– ¿Samia?
No hubo respuesta. Sólo el goteo del agua resonando en los azulejos.
Se preguntó si sería una trampa. Entrar sería buscar problemas. Aunque estaba preocupada por Samia.
Caminó hacia las cortinas de terciopelo rojo que daban a la entrada entre bastidores, y se dio un tiempo para pensar. Esa parte del arque estaba desierta, a excepción de una aspiradora estilo años sesenta, cromada y achaparrada, apoyada contra la pared al lado de cubos y detergentes. En la tenue luz, pudo distinguir una salida.
Y fue entonces cuando, a su izquierda, oyó el inconfundible clic de un seguro. Su corazón latía deprisa cuando se apartó y buscó su Beretta. Pero, por detrás, una enorme mano caliente se cerró alrededor de la suya. No alcanzó a gritar porque otra mano le cerró la boca.
Intentó echar la pierna hacia atrás para darle una coz y zafarse. Chocó contra la madera, con fuerza. Sintió una presión candente en la cabeza.
Daba patadas al aire, y no a la entrepierna de quienquiera o lo que fuera que le estaba haciendo una llave de cabeza. Se plegó como un cortaplumas, y se giró hasta que sus afilados tacones impactaron en el músculo de la corva. Oyó el alarido de dolor, y clavó los tacones más profundamente.
Algo brilló. Por un instante vio una mano enorme, con un anillo de diamante en forma de estrella. Entonces se giró y le dio otra patada. Cualquier cosa con tal de aliviar la presión que sentía en la cabeza. Aimée gritó para intentar llamar la atención o conseguir ayuda.
Intentó rodar, pero sus piernas no la obedecían.
Entonces empezó a dar codazos, y golpeó el aire hasta que chocó contra tejido blando. Le llegó el grito de un hombre. Le había acertado o en el ojo o en los testículos. Fuera lo que fuera, tuvo que dolerle. Aimée estaba en el suelo, con la cara encima de una horrible moqueta roja floreada de los años cuarenta. Sus piernas ya le respondían, e intentó levantarse.
«Bent al haram», le susurró una voz al oído.
Con todas sus fuerzas, lanzó un codazo y se puso de pie como pudo. Oyó que el hombre chocaba contra los cubos metálicos y maldecía. Aunque corría y se caía, no se detuvo en su huida.