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Oyó un fuerte estruendo, como un tren tgv. El pecho le retumbó cuando algo le golpeó en la espalda. Supo que le habían disparado. El chaleco antibalas no había absorbido todo el impacto de la bala. Sintió una quemazón en la cadera. Se tambaleó, pero no se cayó.

Le llovieron trozos del revoque de las paredes. No pienses en las balas, se dijo a sí misma presa del pánico, sigue corriendo. No te detengas. Se oyeron unos gritos, el sonido de alguien que chocaba contra los cubos de metal. A sus oídos le llegaron unos aplausos. El espectáculo había terminado, y el público salía al vestíbulo.

Pasó a toda prisa y chillando al lado de las cortinas de terciopelo, Aimée chocó contra algo enorme y peludo. El oso siberiano gruñó, y entonces lo único que oyó fue un silbido.

* * *

Aimée tomó conciencia del sabor extraño que tenía en la boca, de la arenilla en la cara, y de algo húmedo en el mentón. Saliva. Y en los fragmentos de oscuridad. Algo puntiagudo y crespo se le metía en las orejas y en la nariz. Heno.

Cuando se percató de que estaba debajo de un saco de arpillera, ya estaba saliendo de allí con la ayuda de sus uñas rojas rotas. La cabeza le estaba a punto de estallar. El suelo tembló. La tierra se movía, pero no de la forma que le gustaría a ella.

Al menos su mono de cuero le había protegido, y el oso ya no estaba.

Entonces empezó a recordar.

Se había metido en un comedero de animales, lo primero que había encontrado después de la entrada al escenario. Desenlazó las piernas y cogió su bolso, que todavía llevaba colgado del hombro. El costado le palpitaba del dolor. Respiró poco a poco, ya que si lo hacía profundamente le resultaba molesto. Tenía miedo de tocar la zona en la que había fallado el chaleco antibalas.

A pesar del dolor que sentía en la cabeza y en el cuerpo, el temblor del suelo la ayudó a ponerse de pie rápidamente. Se agarró a una cornisa que tenía cerca, y chocó contra la cola de un elefante gris. Logró escapar antes de que las patas se acercaran más a ella. La trompa del animal cogió el saco, lo arrojó de nuevo al suelo, y lo aplastó. Justo a tiempo, pensó Aimée, e intentó ignorar el punzante dolor de cabeza que sentía.

Un domador guiaba a una pareja de yeguas de color castaño por el suelo adoquinado. Chasqueó la lengua y pronunció unas palabras tranquilizadoras. Los siguió, y pasaron al lado del cartel que decía «Entrée des artistes», y se metió en el primer puesto vacío que vio. Había una división de madera que le llegaba a la altura de la cintura, y en la que no había nada aparte de una pila de heno aromático.

Se arrodilló, y se tocó la cabeza, con cautela. Le había salido un bulto tan grande como una cebolla. Con cuidado, se peinó el pelo con la mano, y sacó de la bolsa una gabardina gris de seda impermeable. Le temblaban las piernas.

Del puesto de al lado, oyó cómo un caballo bebía agua y espantaba las moscas, que zumbaban a su alrededor, con su áspero rabo. Se quitó los zapatos sin talón, que de alguna forma todavía llevaba puestos, y los cambió por las zapatillas rojas Converse que ató rápidamente. Como toque final, se puso unas gafas grandes de montura de carey. Antes de que le estallara la cabeza, iba a volver a entrar y averiguar quién le había atacado. Pero antes tenía que ocuparse de la bala que le latía en el costado.

Al llegar al Café des Artistes, que daba al callejón adoquinado que había detrás del Cirque d'Hiver, se apoyó en la barra. Le pidió a Inés, una mujer regordeta que estaba sentada en un rincón haciendo un crucigrama, un pastis y una aspirine.

– Para un ojo morado lo mejor es la carne de caballo -le dijo Inés, y le pasó dos pastillas blancas por la barra húmeda.

Inés se la quedó mirando.

– A los trapecistas les encanta -continuó la mujer-. Pide un steak tartare y yo invito a las frites.

Poco después, tenía un trozo de carne de caballo en la sien, y el móvil en la otra oreja.

Nadie contestaba en casa de Samia. E Yves tampoco estaba en su apartamento.

Entró cojeando en el baño, se bajó el mono, y evaluó los daños. El chaleco de Kevlar había absorbido casi todo el impacto, excepto la dolorosa metralla que tenía incrustada aproximadamente un centímetro dentro de su cadera. La bala hueca se había fracturado con el balazo. La pegajosa sangre le rezumaba, lo que le producía mareos en el pequeño baño. Tenía que quitársela.

Sus pinzas ya eran historia, las había perdido en el patio cuando intentaba encender el ciclomotor. El único instrumento que se le ocurría eran las tenacillas para el azúcar que había sobre la barra de cinc. Tenía que pensar en algo mejor.

Aimée asomó la cabeza.

– ¿Tienes un botiquín? -le preguntó con una débil sonrisa.

Inés la miró, y le dijo:

– Quédate ahí.

Volvió con el kit y un vaso pequeño de chupito.

– Bébete esto -le aconsejó Inés.

Aimée se lo bebió de un golpe, y sintió que el güisqui de malta le quemaba la garganta, caliente y agradable.

– ¿Necesitas un médico…?

Aimée cogió el botiquín.

– Puedo yo sola.

Inés asintió, y su expresión no cambió cuando vio el estado penoso en el que se encontraba Aimée.

– ¿Y qué tal si te cojo si te caes?

– Trato hecho -dijo Aimée-. Pero sólo si me das otro trago de lo que sea que fuera eso.

Inés trajo la botella, y otro vaso de chupito, y bebió con ella. Se quedaron en el angosto baño. Aimée estaba sentada en el lavabo de mármol, e Inés apoyada contra la pared.

– Durante la batalla por la liberación de París, había luchas sin cuartel en todas las calles -le contó Inés a Aimée mientras esta sacaba una torunda y daba unos toques de antiséptico en las heridas para quitar la sangre-. Mucho antes, habían matado a los animales del circo para comer, pero mi madre se negó a hacer lo mismo con nuestro hurón.

– ¿Hurón? -preguntó Aimée mientras introducía las largas pinzas dentro del alcohol. Le gustaba oírla hablar, ya que le ayudaba a no pensar en lo que tenía que hacer.

– Era un animalillo gracioso -le explicó ella-. Pero para mi madre era casi como un tipo de creencia. Ni de coña iba a dejar que los boches se lo comieran o le dijeran que se deshiciera de él. ¡Así de simple!

– ¿Qué ocurrió? -le preguntó Aimée mientras tocaba ligeramente con alcohol alrededor del feo trozo de metralla que le sobresalía de la cadera, que el chaleco de Kevlar no tapaba.

– El estúpido murió incinerado por el lanzallamas de un panzer. -Inés le guiñó un ojo-. Maman estuvo muchos días enfadadísima. Creo que nunca les ha perdonado a los boches lo que hicieron.

– ¿Dónde estaba tu padre? -quiso saber Aimée, que cogió la metralla con las pinzas y respiró los más profundamente que pudo. Tiró de ella, y el dolor agudo que sintió le hizo soltar un grito ahogado.

– Nunca volvió del campo de trabajo que había cerca de Dusseldorf -respondió Inés-. No estamos seguras de adónde fue a parar. La ira de maman tuvo algo que ver con eso.

Aimée no sacó el fragmento al primer intento. Ni al segundo. La terca metralla había penetrado profundamente con la fuerza de la Mágnum. Sabía que el intenso dolor no sería nada comparado con la infección que tendría si no conseguía sacarlo entero.

– Puedo ver que eres una luchadora -le dijo Inés-. Y pareces que eres una mujer dura. ¿Por qué no has vigilado tu retaguardia?

Gracias por restregármelo, quiso decirle Aimée.

Decidida esta vez, cogió el fragmento de metralla, y tiró de él lentamente y hacia arriba, mientras intentaba soportar el punzante dolor que sentía.

Inmediatamente, Inés le puso encima una gasa grande.