– Pégala bien, y no te pasará nada -dijo ella-. Sólo te he ayudado porque parecía que te podías caer.
– Claro.
Aimée se apoyó contra la pared de mármol hasta que dejó de temblar.
– Aquí viene todo tipo de gente: mecs, chanchulleros, estafadores de poca monta -le contó Inés-. Y para alguien listo que entra aquí, parece que no te han salido muy bien las cosas.
Inés era una fuente inagotable de información y consejos.
– Confié en la persona equivocada -le explicó Aimée.
Samia le había tendido una trampa, y ella había picado como una stupide. Y con ganas. Se suponía que tenía que proteger a Samia, pero fue a ella a quien le dispararon en la cadera.
Inés asintió.
– Mira -dijo ella señalando al espejo-. Ni rastro.
El bulto se había deshinchado bastante. Y el martilleo que sentía en la cabeza había bajado a un dolor razonable. Se había puesto esparadrapo en el costado, de un lado a otro. Se quitó las gafas, sacó el maquillaje, e hizo un buen trabajo de reparación en el ojo: lápiz de ojos y mucho corrector.
Aimée notó que Inés la miraba. De vuelta en el café, se sentó e intentó llamar de nuevo a Samia. No hubo respuesta.
– Magnesio -le dijo Inés, y le puso delante una ensalada verde-. Lo necesitas.
– Merci -le agradeció ella.
Picoteó un poco de la ensalada y las frites, y siguió llamando a Samia. Pensó en los elefantes, y en cómo uno de ellos casi la aplasta junto con el saco de arpillera.
– ¿Y qué me puedes decir del general? -le preguntó Aimée-. ¿Has oído hablar de él?
– ¿Y si no estás al nivel? -dijo Inés, con una sonrisa.
¿Le estaba el pastis nublando la percepción, o se había vuelto Inés una listilla?
Y sin mencionar la humillación total y absoluta. Primero, le tendieron una emboscada; después, una mujer que podía ser su madre le repetía lo tonta que había sido.
– Tómatelo como algo que está fuera de tu alcance -insistió Inés, arrugando los ojos.
Se estaba burlando de ella.
Patético.
Cerró los ojos y se rió.
– Hablando del general, no está ni en mi universo -dijo ella con una sonrisa-. Pero si no lo encuentro, lo volverá a hacer.
Inés cogió su crucigrama y se sentó a su lado.
– ¿Por qué no lo has dicho antes? -dijo ella-. Viene en esos coches que tienen matrículas especiales…
– ¿Matrículas diplomáticas? -la interrumpió Aimée.
– No le cae bien a nadie. -Inés se encogió de hombros-. Eso es lo único que sé.
Aimée apuntó su número de teléfono en una servilleta, y se levantó para marcharse.
– Llámame si vuelve, por favor.
– Vigila tu retaguardia -contestó ella.
Aimée se sentía mejor. «Mejor» era una palabra de significado relativo, pero los analgésicos estaban surtiendo efecto. Cruzó la estrecha calle, y entró por la parte de atrás del cirque.
En la pista, pasó al lado de un tragafuegos que usaba los dedos de los pies para regular el ángulo de la llamarada en la boquilla de un bidón de gasolina. Empezó a emanar calor, y el hombre aspiró el aire. Ella se echó hacia atrás con temor cuando el tragafuegos lanzó una ondulante llama blanca amarillenta por encima del serrín. Cuando se giró, Aimée vio que por la parte de atrás de la diminuta camisa le subía una manguera.
El público que había en el ensayo estaba formado sólo por técnicos. Buscó al hombre del regaliz y a su tropa, pero, lamentablemente, no estaban. Caminó entre los asientos de terciopelo rojo donde se habían sentado. Nada. Ni una colilla.
– Necesito un ayudante -dijo una voz de acento marcado desde el escenario pequeño.
Aimée levantó la vista, y vio que el que había pronunciado esas palabras era un hombre de rostro arrugado y cubierto de maquillaje color carne. Era alto y flaco, y llevaba un turbante con una brillante gema en el centro y una capa negra de satén. Ladeó su enorme cabeza, y centró su mirada en ella.
– ¿Me podrías ayudar?
– Lo intentaré -le contestó ella, inundada de repente por la magia del circo. Se sentía igual que cuando, sentada al lado de su abuelo, este le susurraba al oído: «Míralo bien, Aimée… mira las mangas del mago… ¿puedes ver cómo lo hace?». Pero no pudo hacerlo, nunca pudo descubrir el truco del prestidigitador.
Blandió un pañuelo tornasolado, lo agitó en el aire, e hizo una bola con él. Dio unas palmadas, y se las enseñó. Vacías.
– Humo y espejos, ¿no? -dijo ella.
– No tengo humo-le dijo él-. Y a mi edad… nada de espejos, por favor.
Su capa negra de satén destelló cuando sacó el pañuelo de detrás de las orejas de Aimée.
Se quedó boquiabierta. ¿Cómo lo había hecho?
El sonrió al ver su reacción.
– ¿Stanislav, el Colosal?-le preguntó ella.
El hizo una reverencia.
– La tercera maravilla de Budapest está disponible para fiestas, comidas de negocios, o para esa velada especial que requiere un toque mágico.
– ¿No formas parte del cirque?
– Mi actuación necesita de un entorno más íntimo -le contestó él haciendo un gesto hacia las filas de asiento de terciopelo rojo-. Cerramos una sección del cirque para convertirlo en un semicírculo, y actuar en esa plataforma.
Un obrero daba martillazos al lado de la pista.
– Aquellos hombres que estaban sentados ahí-le dijo ella señalando el lugar donde habían estado los militares-. ¿Sabes dónde están? Se supone que he quedado con ellos… -Aimée dejó la frase en suspenso, esperando que Stanislav terminara la frase por ella.
– ¿El general? -preguntó él.
Ella asintió.
– Un tipo raro, el general-dijo Stanislav-. Mis seguidores son leales.
– ¿El general es admirador suyo?
– Tengo mucho éxito entre los argelinos.
¿Con los militares argelinos? Aimée controló su sorpresa.
El obrero apareció, y le dio golpecitos en la muñeca, intentando llamar la atención del mago.
– Has sido una ayudante encantadora, pero, si me disculpas, debo seguir -le comunicó Stanislav en un ensayado tono de voz entrecortado, que indicaba que estaba muy ocupado y que se daba prisa para tener siquiera una pizca más de tiempo.
Aimée bajó de la plataforma cubierta de serrín, dándole vueltas a la cabeza para hallar una forma de obtener más información sobre el general.
– Va a pensar que soy una inútil, pero me robaron en el bolso en el que tenía la agenda de direcciones, y no sé cómo encontrarla -le explicó ella volviendo a la pista.
– Ojalá pudiera ser de más ayuda -dijo él siguiendo al carpintero.
Curioseó un rato más entre bambalinas, pero nadie sabía nada del general -y si lo sabían, no se lo iban a contar. Ni siquiera el entrenador de caballos. -Me fijo en las mujeres bellas -le dijo él con un guiño-. Como usted.
Aimée condujo hasta el apartamento de Samia. No hubo respuesta. El hammam estaba cerrado, y comenzó a llover. Le dolía la cabeza, y su estado de ánimo iba acorde con el lluvioso día gris. Se quedó sentada en el coche de René cerca de la place Jean Timbaud, mientras la lluvia golpeaba el cristal del parabrisas. La gente que salía del metro levantaba el cuello de sus abrigos y bajaban corriendo la calle. Debió de quedarse traspuesta porque lo siguiente que oyó fue que alguien golpeaba con fuerza la ventanilla del conductor.
– Allez-y! -gritaba un égoutier vestido de verde, con su oscuro rostro mojado por la lluvia-. Muévase. No puede pasar el camión.
– Pardon -dijo ella, y encendió el motor del Citroën, que con un rugido volvió a la vida, y le dio a los limpiaparabrisas.