Fue entonces cuando vio a Samia, que salía disparada del sucio hotel en impasse Ouestre. Puso primera, y le bloqueó el paso a Samia antes de que pudiera entrar en Jean Timbaud.
– ¡Entra! -le ordenó Aimée, y se inclinó y abrió la puerta.
Samia parpadeó, como un ciervo delante de los faros de un coche. Intentó retroceder, pero resbaló y se agarró a la puerta.
– No puedo…
El camión de la basura comenzó a pitar.
– Date prisa, tenemos que hablar -le dijo Aimée.
Samia buscó una vía de escape. La lluvia caía con más fuerza. Su única opción era el callejón del que había salido.
– ¡Ahora! -le gritó Aimée.
O la lluvia o el grito de Aimée la convencieron para que entrara en el coche. Bajaron por Jean Timbaud. Llegaron a passage de la Fonderie, un estrecho callejón con paredes cubiertas de enredaderas, y se metió dentro. Aparcó el coche y apagó el motor.
– No tienes muy buen aspecto.
– Qué lista -dijo Aimée, le cogió a Samia el bolso rosa con bolas bordadas y vació su contenido-. Teniendo en cuenta que me dispararon, no estoy nada mal.
Samia abrió los ojos de par en par.
– Las chicas listas no traicionan a sus amigos.
– No eres mi amiga -le dijo la chica, pero se estremeció cuando habló, Se quitó el agua de los hombros, salpicando así la tapicería.
– Ni siquiera está bien hacérselo a una conocida.
Samia bajó la mirada.
– Lo siento. Me dijeron… bueno, se suponía que no tenía que hacerte daño.
– ¿Por qué será que me resulta difícil creerte?
– Me dijeron que sólo te advertirían -dijo ella en un tono de voz hosco.
– ¿Quiénes?
– Déjame salir.
El callejón estaba vacío, sólo de vez en cuando se oían pisadas. Las ventanillas empañadas del Citroën las protegían de las miradas curiosas.
Aimée tenía que hacerle hablar.
– ¿Qué significa bent al haram?
– Bent al haram?-repitió Samia con los ojos cerrados como sí estuviera sumida en un pensamiento profundo-. «Puta entrometida» se acerca bastante.
Genial.
– ¿No le gusto al general?
Samia iba a abrir la puerta, pero Aimée sacó su Beretta.
– Ha sido una tarde dura, Samia -dijo ella-. Es hora de que me alegres el día.
Con la otra mano, echó un vistazo a lo que tenía la chica en el bolso: un paquete de condones rosas, las llaves de un hotel, una novela romántica de diez francos, ilustrada y de bolsillo y una horquilla con perlas. Aimée sacudió de nuevo el bolso, y de él cayó una mano de Fátima. Igual a la de Eugénie/Sylvie.
– ¿De dónde la has sacado?
– ¿La mano de Fátima? -preguntó Samia.
Aimée asintió.
– Perteneció a mi madre -respondió la chica-. La tiene mucha gente.
– ¿Cómo quién? -quiso saber ella.
– No creo que la sepas usar siquiera -dijo Samia mirando la Beretta por el espejo de cortesía de su asiento e ignorando la pregunta.
– Aunque tuviera mala puntería, sería difícil fallar teniéndote tan cerca. -Aimée amartilló su pistola-. ¿Quieres averiguarlo?
Samia se estremeció.
– Un flic ha grabado nuestras conversaciones -mintió Aimée. Cualquier cosa con tal de que hablara-. Estás bajo videovigilancia. Va detrás de mí, pero creo que de ti también. Sólo está esperando, Samia.
La bravuconería de la chica se marchitó.
– ¿El sargento Martaud?
Aimée asintió. El aire viciado que había dentro del coche y el perfume de Samia ya le estaba empezando a molestar.
– ¿Está aquí el número del general? -le preguntó Aimée, señalando una libreta de direcciones de pelo rosa-. Trataré con él directamente.
En los ojos de Samia se reflejó el miedo.
– Son grandes…
– ¿Quiénes?
– Déjalo estar -dijo ella.
– Samia, ¿no ves que mi dedo todavía está en el gatillo? -le dijo Aimée.
– No sabes nada… -La chica hizo una pausa.
– ¿Sobre qué?
Los labios de Samia se tensaron.
– De acuerdo, le diré a Martaud que Zdanine es el proveedor del plastique. -Aimée suspiró, y se guardó la libreta-. Eso me sacará del atolladero.
Encendió el motor.
– Y como Zdanine está pidiendo asilo en la iglesia, tú eres el enlace perfecto.
Era una conjetura, pero, por la expresión de Samia, vio que había dado en el blanco.
– Attends-dijo ella-. Llamé a un número. Eso es todo. -Su respiración se aceleró. Cuando la miró, Aimée vio que se le había corrido el maquillaje-. No metas a mi hijo en esto, c'est compris?
Aimée se preguntó por qué diría eso Samia: ¿estaban usando a su hijo para mantenerla a raya? Sintió una punzada de remordimiento por utilizarla, una madre que no podía tener más de dieciocho años.
– Zdanine te usó, ¿verdad?
– Sólo dos veces -dijo ella-. Por eso no te creí.
– Quieres creer a Zdanine en vez de a mí… -Aimée dejó la frase en suspenso.
Se quedaron en silencio. Únicamente se oía el golpeteo de la lluvia sobre el parabrisas.
– Está a punto de pasar algo, ¿verdad?
Samia se encogió de hombros.
– ¿Cuál es la conexión de Eugénie?
Samia limpió la ventana empañada y apartó la mira.
– ¿Qué hora es?
– Por un momento, me fuiste de gran ayuda -le dijo Aimée. Se echó hacia delante, todavía empuñando la Beretta-. ¿Quién mató a Sylvie?
– Sylvie… ¿Quién es esa?
Aimée sintió cómo la ira se apoderaba de ella, para luego desvanecerse. ¿Por qué iba Samia a conocer su doble vida?
Cogió a la chica del mentón, e hizo que la mirara.
– ¿Fue el general? -le preguntó ella.
– ¿Quién es Sylvie?
Samia parpadeó varias veces.
Exasperada, Aimée aporreó el volante.
– ¿Qué tiene que ver Eugénie en todo esto?
– Se quedaba en el apartamento.
Las lágrimas rodaban por el rostro de Samia.
– ¿Quién iba a verla allí? -le preguntó Aimée. Sabía que tendría que sacarle información poco a poco.
– Le gente dejaba cosas -le dijo, y se secó las lágrimas-. No te he dicho nada. Nada.
– Por supuesto que no -le contestó ella en tono tranquilizador-. ¿Te está metiendo miedo alguien para que no me cuentes lo que sabes?
– Los maghrébins usaban ese sitio. Me dan miedo -le contó ella-. Se lo dije a Zdanine, que no quería tener nada que ver con ellos. Él sí.
– ¿Para qué?
– Tienen más sitios -dijo Samia-. Ya sabes, por todos lados, como un pulpo.
Aimée recordó el panfleto con «Youssef» escrito en él. Se sintió como si estuviera agarrando a un clavo ardiendo.
– ¿Mencionó Youssef a Eugénie? -preguntó ella.
– ¿Youssef? Creo que sí: alguien llamó a Zdanine mientras yo estaba allí. Pero sólo vi una vez a Eugénie -le dijo Samia-. Eso es todo.
– ¿Te dio ella esto? -le preguntó Aimée, mostrándole el pasador de perlas.
– Le debo cien francos -le contestó Samia en tono compungido-. Mira, es el cumpleaños de Marcus. Se sentirá dolido si no llego a su fiesta del colegio. Ni siquiera he tenido tiempo de comprarle un regalo.
Por la expresión de su rostro parecía como si se hubiera acabado el mundo.
Aimée metió la Beretta en su bolso, y se quedó mirando su reloj.
– Toma -dijo ella quitándose el reloj de la cara feliz-. Te pega más a ti que a mí. Dáselo a tu hijo.
Samia parpadeó. No parecía segura.
– Cógelo -insistió Aimée-. Pero no me tiendas más trampas.
– Chouette! -Su rostro se iluminó con una gran sonrisa, la de una niña grande, contenta con su nuevo juguete, que se lo puso entusiasmada-. Merci!