A Aimée le sorprendió lo infantil que parecía Samia cuando tenía las defensas bajadas. Por un momento, vio a la niña cuya madre trabajaba probablemente en horizontale, y que había crecido en un complejo de casas de protección oficial, y que después empezó a salir con un gusano como Zdanine. Recordó lo que Moliere había dicho sobre escribir: primero lo haces porque te gusta, después por algún amigo, y al final acabas haciéndolo por dinero.
Samia había bajado la visera de su asiento, y empezó a quitarse el maquillaje delante del espejo.
– Tengo que ir a Gare du Nord -le dijo-, y coger el tren de la una y media para llegar a la fiesta de Marcus.
De todo lo que le había contado ella, eso se lo creyó al cien por cien.
– Cuéntame más de camino a la estación -le dijo Aimée, y encendió el motor-. ¿Qué relación tienes con Morbier?
– ¿Con quién?
Sorprendida, Aimée siguió conduciendo. Decidió darle una descripción de él, de modo que si lo había visto no tenía por qué saber necesariamente que era un flic.
– Morbier es un mec mayor, con el pelo canoso, bigote y lleva tirantes por encima de la barriga.
– Me suena a uno de los amigos de mamá -dijo Samia-. Ella conocía a muchos carrozas.
Aimée se dio cuenta de que había usado el pasado.
– ¿Conocía?
– Murió -le explicó la chica.
– Lo siento -dijo ella.
Le picó la curiosidad, y quiso saber más. Por lo menos, averiguar por qué Morbier quería que ella protegiera a Samia. Rodeó la place de la République, y subió a toda velocidad por el bulevar de Magenta.
– ¿Cómo se llamaba tu madre? -le preguntó.
– Fouaz, como yo -contestó Samia. Su boca dibujaba una triste sonrisa.
Aimée estaba a punto de hacerle otra pregunta cuando la chica se volvió hacia ella.
– Que esto quede entre nosotras, pero cincuenta mil francos compra una toma de rehenes.
A Aimée le dio un vuelco el corazón. Agarró con fuerza el volante.
– Sigue.
El rostro de Samia, ya sin maquillaje, hacía que pareciera más joven de lo que probablemente era. Pudo ver que debajo del abrigo negro llevaba una recatada falda y un conjunto color melocotón. Aimée se preguntó cómo Samia podía tener la conciencia tranquila, bueno, de tenerla.
– ¿Quién pide este plastique?
– Zdanine dice que unos chiflados de los Balcanes que son aficionados a volarse unos a otros -le contestó Samia-. Hacen siempre esa mierda, de todas formas.
Aimée asintió. Qué lastima que no fuera verdad en su caso.
– ¿Fue Duplo la última vez? -le preguntó, esperando en vano que la chica lo supiera.
– El Semtex falla a veces, no es fiable. A los fundamentalistas no parece importarles -respondió Samia con total naturalidad-. Zdanine utiliza Duplo… «Sólo calidad», dice él.
– ¿Y qué me dices del general?
Samia se encogió de hombros.
– No sé.
– Pero ¿por qué eligieron a Eugénie?
– Fue una excepción. -Samia, recelosa, entrecerró los ojos-. Vende a gente de fuera, no de aquí. -Negó con la cabeza-. No me mires a mí. Zdanine estaba en la iglesia, así que no pudo haber sido él quien la hizo saltar por los aires.
La lluvia se deslizaba por el parabrisas en forma de riachuelos plateados, como mercurio. Aimée accionó los limpiaparabrisas para que fueran más deprisa. El tono despreocupado de Samia la enfadó. Pero tenía que mantener el tipo si no quería que la chica se cerrara en banda.
– Da miedo -dijo Aimée, y la miró de forma elocuente-. Quiero decir, mira lo que puede ocurrir.
– No hagas enfadar a nadie -dijo Samia, pero le temblaba el labio. Parecía inquieta-. Llamé a un número de busca… fue lo único que hice.
– ¿Cuándo?
– Me dijeron: «Llama dentro de cuatro horas… si no contestan, inténtalo de nuevo dos horas después». Alguien me devolvió la llamada y me dijo cuál era el lugar de entrega.
Aimée se detuvo detrás de una hilera de taxis. Tuvo una idea.
– Llama a Zdanine antes de irte.
Samia cogió el teléfono de Aimée y lo llamó.
Su voz cambió; no sólo era su actitud empalagosa y tranquilizadora hacia el proxeneta, sino su tono serio como si lo estuviera convenciendo de algo. Estuvo discutiendo dos minutos enteros en una mezcla de francés de los bajos fondos, verlan y árabe.
Bruscamente, cerró el móvil de Aimée.
– ¿Qué ha pasado? -preguntó Aimée.
– Al final cederá.
A Aimée no le importaba la lista de clientes potenciales de Zdanine; lo que quería eran los proveedores que habían estado en el Cirque d'Hiver.
– Zdanine dice que es demasiado peligroso, ¿verdad?
Samia negó con la cabeza.
– ¿Qué es entonces?
– Tu parte le parece demasiado grande -le dijo-. Cree que debería dividirse para que él se llevara una buena tajada. Después de todo, es el primo de Khalil, y los contacto son suyos.
Hablaba como un verdadero proxeneta, pensó Aimée. Si Samia se lo había traducido bien. Fuera, en la place Napoleón III, la gente salía de Gare du Nord, abría el paraguas, y corría a coger un taxi.
– No vamos a hacer nada hasta que le mande un telegrama a Khalil para que ponga el adelanto -le explicó Aimée-. ¿Cómo sé que tu gente va a tener el plastique?
– No son mi gente -le dijo Samia-. Ya te he dicho que no me gustan. Zdanine es el que lo lleva.
– Hasta que me des el nombre del proveedor, no voy a soltar ningún adelanto.
La chica se encogió de hombros. Se abotonó el abrigo, y agarró la manilla sin volverse.
– ¿Cuál es el número?
Samia abrió la puerta. Una cortina de lluvia salpicó el interior del coche.
– El colegio de Marc está en las afueras de París, aunque no muy lejos. Volveré enseguida.
Cerró la puerta de golpe, y desapareció en dirección a los andenes de la cavernosa estación.
Aimée apoyó la cabeza sobre el volante. La situación apestaba. Samia había hecho un trato. Tenía esa corazonada.
Allí estaba ella, en una parada de taxis al lado de Gare du Nord, con las ventanillas empañadas, y no más cerca que antes de Eugénie y de los proveedores del explosivo.
Su melancolía era igual de gris que la cortina de lluvia que atravesaba la plaza. Extraordinario… no recordaba un abril tan lluvioso. Había estado lloviendo sin parar toda la semana. Respiró profundamente varías veces y pensó que si aquellos hombres eran los proveedores de los explosivos, ¿por qué esperar a que volviera Samia?
Encendió el motor, y volvió a bajar por el bulevar de Magenta. En tiempo récord, aparcó en Cité de Crussol, en uno de los callejones que salía de detrás del Cirque d'Hiver.
Marcó el número de Morbier, que contestó después de que sonara varias veces.
– Morbier, llámalo intuición, pero Samia está jugando conmigo -le dijo ella-. ¡Por culpa de tu amiguita, me han disparado!
– ¿Disparado?
– Me he quitado la metralla, pero…
– Es joven, Leduc -dijo él-. Y los jóvenes no saben dónde está el bien y dónde el mal.
– Mejor dicho, no tienen conciencia -dijo ella.
– Bien sûr-le dijo-. Cuéntamelo.
Le contó lo del Cirque d'Hiver, y lo repentino de su marcha en Gare du Nord.
– No me gustaron los grandullones del circo.
– Un trabajo preliminar y una organización muy buenos -le dijo él.
Ella hizo una pausa, sorprendida por su comentario. Muy raras veces decía algo elogioso.
– Pero todavía sigo a oscuras. Samia se volvió servicial demasiado rápido.
– Hará lo que sea necesario.
Se preguntó por qué seguía justificándola.