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– Junto con mis hermanos africanos, no consumo comida alguna -les explicó él, antes de que pudieran hablar siquiera-. Me mojo la lengua como único sustento. Muerto, no serviría para nada.

La boca de Hamid despedía un aliento ácido desagradable. Aimée sabía que esa era una característica del hambre extrema, que indicaba que en el cuerpo se estaba produciendo un equilibro negativo. Le dio un escalofrío. Esto lo causaba el hecho de que el cuerpo se estaba consumiendo a sí mismo, literalmente.

– Le agradecemos que nos conceda esta entrevista -le dijo Yves, y se sentó.

Aimée hizo lo mismo, y se agarró el velo mientras bajaba la cabeza. Hamid no parecía mayor, aunque no sabría decirlo.

– Su lema… -empezó a decir Yves.

– El lema del afl -lo interrumpió Hamid-, creado por gente oprimida que exige sus derechos, es el mismo.

– ¿Puedes comentarnos algo la situación? -le preguntó Yves-. ¿O quieres hacer algún comentario sobre las facciones fundamentalistas de las que se rumorea que están intentando tomar el control del afl?

– A veces uno tiene que doblegarse como la rama de un sauce a la voluntad de Alá o mantenerse firme como una barra de hierro.

Aimée estudió a Hamid mientras este hablaba. Fuera su actitud, el leve tic que tenía en los labios, o el sexto sentido de ella, dudaba de que él quisiera esas luchas internas o la publicidad. Hamid no mentía muy bien.

– ¿Te molesta el hecho de que tus seguidores se refieran a ti como a un mahgour, un intruso? -le preguntó Aimée.

– Todos somos hijos de Alá y, algunos, sus discípulos -dijo simplemente Hamid.

– Discúlpame -dijo Aimée mirando a Hamid, pero manteniendo la cabeza gacha-. ¿Cómo puede asegurarles a estos sans-papiers que 8e quedarán aquí?

– Estamos esperando a que el ministro actúe, seguros de nuestra» convicciones. -Los ojos oscuros de Hamid reflejaban dolor, y le fallaba la respiración-. El objetivo del afl es el mismo. La cooperación mutua resolverá este conflicto.

– ¿Conocías a Eugénie Grandet?

– Perdonadme, pero la fatiga me absorbe toda la energía -les dijo Hamid.

Frustrada, lo examinó. Sus pómulos hundidos le arrugaban la cara. Tenía los párpados casi cerrados, y el blanco absoluto de sus ojos brillaba de forma sobrecogedora bajo sus pupilas. Aimée vio cómo Hamid parpadeaba. ¿Estaba en trance o a punto de desmayarse del hambre?

Quería saber más sobre sus negocios con Eugénie.

– Hamid tiene que reservarse para la oración. Por favor, den por finalizada la entrevista-les dijo un ayudante.

– Respeto sus obligaciones, pero él accedió a este encuentro -le contestó Yves.

– Más tarde. Ahora debe descansar.

El ayudante se abrió paso hacia ellos.

A regañadientes, Yves se levantó, y Aimée hizo lo mismo.

– El Corán enseña al espíritu a vivir entre los hombres -le explicó Hamid a Yves, en un tono de voz apagado-. Es un código de vida no hacer daño a tus hermanos. Debes decirle eso a la gente.

El ayudante les hizo señas para que volvieran al vestíbulo. Se quedó vigilando hasta que los vio marchar.

– Ni siquiera han sido cinco minutos de entrevista -dijo Yves, afligido-. Parecía enfermo.

– Está débil -le dijo ella, y lo llevó aparte-. Pero está encubriendo algo.

– ¿Quieres decir que está mintiendo? -le preguntó él-. Los imanes tienen inmunidad, como los curas. Pueden ser creativos con la verdad, y sus seguidores se lo creen. Los periodistas, como yo, tenemos problemas con eso.

De camino a la salida, Aimée vio a una mujer bereber, con las manos pintadas con henna y los pies descalzos y encallecidos, que se había quedado dormida apoyada en la pila de agua bendita. La mujer tenía la boca abierta, y metía y sacaba la lengua como si estuviera saboreando el aire, como hace una serpiente para buscar su camino. Quizá debería hacer lo mismo, pensó Aimée, y descubrir quién me atacó en el cirque y quién le puso la bomba a Sylvie.

De repente, la anciana abrió los ojos, y se sentó muy erguida, arrastrando su deshilachado caftán negro por el suelo. Miró furiosa a Aimée, y entonces la apuntó agitando el dedo. En su muñeca tatuada lleva un brazalete de plata, que destacaba sobre su piel oscura.

– Hittistes-le dijo ella, pronunciando la primera «s» de forma sibilante.

– Comment, madame?

La señora murmuró para sí. Yves le tiró de la manga a Aimée.

– Vámonos -le dijo él.

Cuando Aimée pasó a su lado, la mujer emitió una serie de lamentos desgarradores, unos espeluznantes ululatos. Por lo que sabía, la mujeres árabes hacían eso cuando estaban angustiadas o de luto.

Aimée se arrodilló sobre la fría piedra, y le puso la mano encima de la rodilla. Unas cicatrices recorrían los curtidos brazos de la mujer.

– Dígame qué quiere decir, por favor -le pidió ella.

La señora habló rápido en árabe gutural. Lo único que entendió fue hittiste y nahgar, que la mujer repetía una y otra vez. Puso su mano tatuada sobre la de Aimée, golpeó su corazón con la otra, y la soltó.

Fuera, cuando dejaron atrás la aglomeración de gente, se volvió hacia Yves. Estaban al otro lado de los autobuses aparcados en la place Chevalier. Yves apoyó su mochila en un montante de piedra, y metió dentro su grabadora y sus cuadernos.

– ¿Tienes idea de qué quería decir la mujer? -le preguntó Aimée.

– Los hittistes son los jóvenes desempleados que se pasan todo el día en la calle -le explicó él-. Vaguean por los bidonvilles al igual que hacen en Orán, Constantina y Argel.

Aimée se preguntó si los hittistes formaban la facción disidente que se había unido a la iglesia. Como Zdanine.

– ¿Y nahgar?

Frunció la boca, pensativo.

Ella recordó sus estrechas caderas, y cómo él le hacía sentir. Déjalo ya, se dijo a sí misma, y apartó esos pensamientos de la cabeza.

– Sé muy poco de árabe -le dijo él-, pero tiene algo que ver con humillar a la gente, con abusar del poder.

¿Había intentado decirle la mujer bereber que los hittistes estaban minando la causa de los inmigrantes?

– Pensaba que el gobierno argelino fomentaba un islam oficial compatible con los ideales sociales. O al menos lo intentaban.

Yves se encogió de hombros.

– Esto no es una simple protesta, es algo más, ¿verdad? -le preguntó ella.

– En Argelia -le contestó Yves-, los oponentes fundamentalistas acusan al grupo de Hamid de llevar a cabo operaciones de intercambio de armas por drogas en Europa, y de que está siendo apoyado por los regímenes islámicos más represivos del mundo árabe.

– Pero él no es así en absoluto. El afl financia la educación adulta y programas de comida.

Aimée buscó cigarrillos en el bolsillo de su chaqueta. No encontró ninguno. Se paró al lado de Yves en la esquina de la rue du Liban y encontró chicles Nicorette en el bolsillo. Las palabras de él tenían sentido, pero no estaba segura de hasta qué punto. Se metió un chicle en la boca y masticó con furia.

Yves continuó.

– Muchos creen que el objetivo a largo plazo de los fundamentalistas es crear la umma islamiyya, un imperio islámico, como respuesta al depravado Occidente, que para ellos está condenado al infierno, aunque lo utilicen como refugio y como vía de acceso a los medios de comunicación.