– ¿Quieres que saque mis propias conjeturas, o tienes preferencia por alguna teoría? -le preguntó ella, envolviéndose en la chaqueta para protegerse del aire frío. Era verdad que conocía la materia, pensó ella, pero es que era un periodista destacado.
– Argelia está sumida en una guerra civil -le explicó Yves. Sacó un pequeño cuaderno y apuntó unas notas rápidamente-. Una guerra que pasa desapercibida, sobre la que se informa de manera deficiente, o raras veces se destaca en la cnn. Es una lucha por el poder entre los militares radicales y las estrictas fuerzas islámicas que quieren gobernar el país.
Aimée asintió. Aquello tenía sentido.
– Les barbes, entre otros, alimentan esa guerra. Pero les barbes, los estudiantes religiosos y los predicadores desde sus mezquitas adoptan la túnica blanca, el solideo y la barba del mullah tradicional. La diferencia radica en su fanatismo. La marca del oeste del islamismo fundamentalista.
– ¿El gobierno argelino desautoriza a les barbes?-le preguntó ella.
– A veces -le contestó él-. Claro que nos acusan a nosotros, los periodistas, de simplificar excesivamente las conexiones políticas y religiosas, como que el Estado está estructurado de forma secular, enfrentado a los oponentes religiosos.
– No estoy segura de si te he entendido bien, Yves -le dijo ella-. Pero escúchame hasta el final.
Unas nubes que se movían veloces oscurecieron el sol de nuevo, dejándolos en la penumbra. Las chimeneas salpican los tejados. Tuvo una idea.
– ¿Y si Hamid ha perdido el control interno del afl? -dijo ella-. Digamos que una facción fundamentalista rebelde se escinde del grupo para ganar reconocimiento y publicidad. Pero Hamid admite la superioridad de la facción para que la causa no esté perdida, se encuentra, después de todo, en huelga de hambre y tiene principios, así que los fundamentalistas consiguen cobertura en los medios, y Hamid que los inmigrantes no sean deportados.
Aimée negó con la cabeza.
– No creo que sea tan simple, los acontecimientos no tienen lógica.
– Demasiado simple -asintió él.
– ¿Podría ser que esta crisis esté siendo una imitación de lo que está ocurriendo en Argelia?
– Buena observación -dijo Yves, y se encogió de hombros-. O todo podría ser humo y espejos.
De nuevo el humo y los espejos.
Hubo algo de lo que no hablaron. Se imaginó que su esposa le debía estar ocupando su tiempo. Tenía la terrible sensación de que las cosas con Yves llevaban a una pared de ladrillos. A un callejón sin salida. Deseaba no tener tantas ganas de que Yves pasara la noche de nuevo con ella.
Actúa inteligentemente. Sería mucho mejor cortar por lo sano, y alejarse. No esperes a que te diga que ha vuelto con su mujer.
Aimée se dio la vuelta y le dijo:
– Yves, tengo que irme.
– ¿Te estás haciendo de rogar, Aimée? -le dijo él con una sonrisa-. Eso te llevará muy lejos.
Él la atrajo hacia sí, y ella deseó que no lo hubiera hecho.
– No era eso lo que quería decir -dijo ella, que luchaba por encontrar las palabras adecuadas para expresar sus sentimientos. ¿Por qué no podía decirlo? Yves, que no dejaba de acariciarle el cuello, no ayudaba. En absoluto.
Un taxi frenó con un chirrido delante de ellos. Varios corresponsales y fotógrafos le gritaron a Yves para que se diera prisa y entrara si quería que lo llevaran al aeropuerto. El la besó con fuerza.
Y desapareció.
Había entrado y salido de su vida otra vez. Y ella le había dejado hacerlo.
Entró en el café más cercano, dejó su bolsa en el suelo, y pidió una copa de vin rouge. Quizá le ayudaría a ahogar su indecisión.
– Mademoiselle Leduc? -dijo tras ella una voz con un ligero acento.
Cuando se dio la vuelta, vio a Kaseem Nwar sonriendo a su lado en la barra. Había varios hombres y mujeres allí de pie, y por un instante no sabía de qué lo conocía. Y entonces lo supo. Era más atractivo de lo que recordaba, con un abrigo largo de lana encima de una djellaba. Como si la hubieran diseñado para él. La forma en la que vestía revelaba un orgullo por sus orígenes. A Aimée le gustó eso.
– Posiblemente no te acuerdas de mí -dijo él. Ahora su sonrisa era de vergüenza-. Siento molestarte.
– Mais bien sûr, nos conocimos en casa de Philippe de Froissart -le dijo ella, triste al recordar su conversación con Philippe.
– Parecías afectada -dijo él.
Ella esbozó una sonrisa.
– Anaïs estaba enferma, era una situación difícil.
– Sé a lo que te refieres -dijo él con el ceño fruncido-. Philippe y Anaïs son amigos míos desde la Sorbona.
Aimée le hizo un hueco a Kaseem en la barra, y bebió un trago de la copa.
– ¿Te apetece un poco de vino?
Él negó con la cabeza, y llamó al camarero.
– Tomaré un Perrier.
Se había olvidado de que los musulmanes no tomaban alcohol.
– ¿Vives por la zona? -quiso saber ella, preguntándose por qué se lo había encontrado allí.
Su expresión se tornó grave con su pregunta.
– Por favor, entiéndeme, no tengo afiliación política alguna con el afl -dijo con rostro serio-, pero algunos de los familiares de mi ex mujer pidieron asilo, así que les he traído ropa y comida. Es importante que los ayude, personalmente.
Aimée se preguntó si podría él hacer más que lo que estaba haciendo.
– ¿Puedes ayudarlos a que se queden? -dijo ella, y notó cómo la luz tenue del café jugaba con su rasgos.
– No con la ley actual. -Kaseem se encogió de hombros, una respuesta muy francesa-. Mi esposa era francesa, pero yo soy naturalizado. No puedo ser de más ayuda. Ese es el problema.
Llegó su agua mineral, y pagó las consumiciones con una seguridad que se ganaba la atención de la gente. Kaseem parecía cómodo en muchos mundos, aunque no era presuntuoso.
– Merci -dijo ella.
Le gustaba estar en un café charlando con un hombre interesante. Tenía que afrontarlo, admitió ella, Kaseem no era feo. Y no se marchaba a toda prisa al aeropuerto.
– Cuéntame lo de tu proyecto con la misión humanitaria -le pidió Aimée.
– Principalmente, exporto e importo -le explicó él, mientras agitaba su mano de largos dedos-. La vida en el campo es dura -siguió-. Hacemos lo que podemos.
Mientras él hablaba, se le iluminó la mirada, y le prestó toda su atención a Aimée. Como si cada uno de sus pensamientos importara.
– Al tener un pie en cada mundo, soy simplemente un conducto -dijo Kaseem-. Pero me siento responsable. Especialmente, desde que conozco a Philippe. Quizá pueda ayudar de una manera en la que otros no pueden.
Recordó a los tipos militares entre la delegación de comercio en la casa de Philippe. Sacar indirectamente el tema parecía la única opción.
– Mi sobrino quiere alistarse -le dijo ella con una sonrisa-. Ya sabes cómo son los chicos. ¿No conoces a nadie en el ejército?
Kaseem le devolvió la sonrisa.
– Lo siento, soy un simple comerciante.
Puso su brazo encima del de ella.
– Ahora mismo quien me preocupa es Anaïs -le interrumpió él-. Philippe actúa de manera estoica, pero tú eres su amiga. Por favor, quiero ayudar, pero ni siquiera sé dónde está.
– Ya somos dos, Kaseem -dijo ella mirando el reloj del café-. Tengo que volver al trabajo.
Se ofreció a llevarla a su oficina. ¿Por qué no? Parecía cómodo consigo mismo, una cualidad que no veía en muchos hombres. Excepto en Yves. Pero Yves ya no estaba, y a ella le gustaba que Kaseem le prestara atención.
De camino a su oficina, Kaseem le dijo que sabía dónde se tomaba el mejor falafel de Belleville, así que hicieron una parada y comieron en la calle.