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La mayoría de los hombres eran beurs. Y a juzgar por su aspecto, eran jóvenes y desempleados. De las ventanas abiertas salían olores aromáticos: especias y aceites, mezclado con flor de azahar y basura de la calle. Ella seguía en contacto con René mientras monitorizaba el ancho de banda de la zona.

– Dédé está hablando por teléfono, lo puedo ver -dijo ella.

– Tengo su ancho de banda -le dijo René.

Ella oyó clics, un zumbido, y entonces la voz de Dédé que a trompicones decía: «Nervioso, no aficionados… vaciaron el piso… haciendo preguntas… Eugénie… mover todo. El general… traed a Muktar».

– René, ha doblado la esquina en la rue du Senegal -le informó ella.

Las botas de Dédé taconeaban a lo lejos.

– Lo veo -dijo René-. Estoy debajo de la sinagoga en la rue Pali Kao. Ahora está yendo más rápido.

Cuando Aimée llegó a la esquina, apareció René.

– ¿Lo has perdido? -le preguntó ella.

Dédé le recordaba a una rata. A una bien gorda.

– Se ha esfumado -le dijo él-. Pero la manzana no es muy larga. Vamos.

Abrigados entre los viejos y deteriorados edificios de la calle, adoquinada y de fuertes pendientes, había unos nuevos y de forma angular. Unas vigas de madera sostenían los muros combados. A pesar de que las paredes se hallaban en un estado de inminente derrumbe, Aimée vio signos de que estaba habitado: los cordeles para la ropa y las macetas oxidadas de geranios.

– No te ofendas -los ojos de René brillaron-, pero es mejor que piense que eres una aficionada. ¿Lo intentamos aquí?

René hizo un gesto hacia el edificio más viejo, en el que unas vigas podridas apuntalaban sus húmedas paredes. Habían hecho pedazos algunas partes del patio, lleno de piedras, trozos de revoque y listones de madera.

– ¿Sabes algo que yo no sepa?

– Entró ahí -le dijo él.

Aimée oyó pisadas. Temerosa, le hizo un gesto a René para que retrocediera. Rápidamente, se escondieron en un portal abovedado.

Dédé pasó delante de ellos a toda prisa. Aimée contuvo la respiración, y contó las gotas de rocío que había en una aldaba oxidada. Los tacones de sus botas resonaron en las desconchadas paredes. Esperaron unos minutos antes de salir al patio.

– Supongo que tendré que ver lo que él no quiere que vea -sugirió ella.

René se quedó vigilando mientras Aimée se dirigió sin hacer ruido a la parte de atrás. Pasó frente a una silla de metal que estaba tirada en el suelo con la patas hacia arriba. Giró a la derecha y caminó por un húmedo pasadizo en forma de túnel hacia un haz de luz gris que entraba por algún sitio. Una escalera con la pintura desconchada daba al siguiente piso. El único sonido era el goteo de la lluvia que caía de una herrumbrosa canaleta de metal al agrietado hormigón.

A la derecha había puerta de un color verde desvaído, parcialmente visible bajo las escaleras. Fue entonces cuando vio la señal.

Había una huella de una mano, de un azul oscuro, estampada encima de la puerta. Como en el edificio de Samia.

Agitada, miró a su alrededor y escuchó. Sólo gotas de lluvia y, a lo lejos, un programa radiofónico de entrevistas.

Sacó la Beretta de sus vaqueros negros y la metió en el bolsillo de su chaqueta. Pensó con rapidez, y se le ocurrió un pretexto para entrar.

– Dédé -dijo ella, aunque sabía que no estaba-, siento llegar tarde.

No hubo respuesta. Se puso de puntillas, y pegó el oído a la puerta. Nada. La tocó, y se abrió con un chirrido. ¿No le había dicho Elymani que los maghrébins utilizaban sitios como ese?

La recibió un olor a humedad. En el pequeño apartamento de techos bajos parecía que habían acampado vagabundos. De unos sacos de dormir empapados salía un tufo a moho; el suelo estaba cubierto de harapos y papeles. Unas bolsas de color verde oscuro hechas trizas, que cubrían la ventana abierta, se agitaban con fuerza.

Aimée se detuvo, y se preguntó cuál sería el propósito de Dédé al venir aquí. No se había quedado mucho tiempo. En el suelo se podían ver varias pisadas. ¿Había sido un centro de operaciones maghrébin? ¿Se había ido Dédé porque habían dejado el lugar?

Tropezó con una guía telefónica y se salvó de caer porque pudo agarrarse a un aparador que crujió peligrosamente. Se le quedó en la mano el fino pomo de madera, cubierto de hollín y astillado. Se le clavó en la mano, llena de cicatrices.

Casi no se percata del grueso directorio gubernamental, el Bottin Administratif, que había en el suelo alabeado de linóleo. Qué extraño que eso esté ahí, pensó ella. Haría falta una carretilla para llevar este pesado volumen.

Encontró su bolígrafo-linterna, y apuntó el suelo con ella. Sólo envases de yogures secos. Pero ni la capa de polvo ni de suciedad que esperaba de un sitio abandonado. Al lado de la vieja chimenea revestida de azulejos, había un antiguo cubo para el carbón. Aimée lo empujó hacia u lado con la bota; debajo encontró una trampilla de madera que daba a la carbonera. Tiró de la carcomida puerta, y alumbró con su linterna.

Era un lugar frío, muerto y vacío.

En la habitación de la parte de atrás, le echó un vistazo al colchón que había allí. Excrementos secos de rata. Trazos de revoque salpicaban el sucio suelo. En la pared, un viejo calendario con ilustraciones de santos estaba dado la vuelta.

Su walkie-talkie vibró en su cadera. Con un sobresalto, lo encendió.

– Tienes compañía -le informó René.

Miró a su alrededor con nerviosismo.

– ¿Dónde?

– Estaban llegando al patio trasero -le contestó René.

No le daba tiempo a volver por donde había venido.

– ¿Es Dédé?

– Unos maghrébins-le dijo René en un susurro gutural-. ¡Sal de ahí!

Cogió una silla y la puso debajo de la ventana. Se apoyó en el alféizar y tiró la silla de una patada. Clavó los dedos de los pies en la pared, y se subió. Rezó para que el edificio se sostuviera, y para que pudiera aterrizar en algún sitio.

Fuera, se encontró con un muro.

Un muro completamente mojado que no daba a ninguna parte.

Un olor a alcantarilla salía del frío y húmedo hueco que había entre los edificios, probablemente provenía de arriba, de un baño con alguna fuga, que rezumaba riachuelos de agua y moho. Debajo, tierra dura y fragmentos de cristal.

No había salida.

A ciegas, alargó el brazo y buscó una cornisa.

Nada.

Volvió a la habitación con las manos temblorosas.

¿Adónde podía ir?

Del pasillo venían voces y pasos. Miró la trampilla, corrió hacia ella y la abrió.

Se acurrucó dentro y cerró la puerta. El hollín llenó sus pulmones, y ese minúsculo espacio le produjo calambres en las piernas. Apenas podía respirar en esa gélida carbonera. Las pisadas retumbaban con fuerza sobre el suelo.

Deseó poder entender árabe porque, desde arriba la conversación le llegaba con claridad. Estaban justo encima de la trampilla de madera, que crujía y chirriaba del peso. Por el sonido metálico y chirriante que venía de arriba parecía como si estuvieran quitando azulejos o ladrillos de la chimenea. Entonces se dio cuenta de que podrían mirar dentro de la carbonera. Se echó hacia atrás en la oscuridad tanto como pudo, tan lejos como sus enredadas piernas le permitían. Deseó que sus manos no temblaran tanto; tenía miedo de que se le cayera la linterna. Oyó que entraba más gente en la habitación.